domingo, 26 de abril de 2009

José María Colombo, un Cura Civilizador.


Al igual que muchos pueblos del interior y de países vecinos, nuestra historia registra el aporte de grandes curas, cuyo sólo recuerdo despierta gratitud. En nuestro caso, muchos no eran oriundos de Gualeguaychú, pero la eligieron para quedarse y le dedicaron el resto de sus vidas.

En algunos, su obra revistió inmenso valor espiritual; en otros, enriqueció las letras, la educación, la construcción de templos y otras realizaciones civiles. Uno de ellos fue José María Colombo y el rasgo saliente de su prolífera labor es la vastedad de facetas, ya que cubre casi todas las mencionadas.

Nació en Concepción del Uruguay, en 1875. Ingresó al Seminario Conciliar de Santa Fe en 1888 y fue ordenado sacerdote en la Iglesia San Ignacio de Bs. As, el 18 de diciembre de 1897. El 1° de enero de 1898 celebró la primera misa en su ciudad natal, donde permaneció un breve tiempo como Teniente Cura. Entre otras actividades, dicta la cátedra de latín en el Histórico Colegio y luego se traslada a Paraná, como Prosecretario del Obispado, a cargo de Mons. Rosendo de la Lastra y Gordillo. No era común que tal designación recayera en un sacerdote ordenado hacía seis meses.

Durante siete años acompañó al Obispo en sus giras por la Diócesis, que incluía a Corrientes y el Territorio Nacional de Misiones. También lo acompañó a Roma, al Concilio de Obispos Americanos y a su regreso es ascendido a Secretario, cargo que desempeña hasta el 28 de Abril de 1905, en que llega a Gualeguaychú como Cura Párroco.

Colombo tenía una versación muy vasta, aunque como todo hombre culto, no hacía alarde de su erudición y sabía ponerse a la altura de su interlocutor. Esa amplia formación lo habilitaba para dictar varias materias: Geografía, Historia Oriental, Literatura, Zoología e idiomas, ya que además del latín, hablaba inglés, francés e italiano, que enseñaba en los niveles superiores del Colegio que fundó. Era un orador brillante: reflexivo unas veces, enérgico otras, le imprimía a sus discursos acertados matices de tono, que resultaban siempre persuasivos. Citaba lo necesario, sin rebuscamiento ni alardes. Su hablar era sobrio y conciso: llegaba a todos.

En Gualeguaychú, su obra se orientó a procurar a los niños -sin distinción de clases- capacitación diversa y "armas para defenderse en la vida".

Pensando en los más humildes, fundó algunas escuelas primarias en las zonas de chacras que más las necesitaban: la del Sagrado Corazón, en el Oeste, casa de Don Rafael Pérez; la San Vicente, frente a la estación del ferrocarril; la del Socorro en el Barrio del Gas y la San Antonio cerca del Cementerio. El empeñoso cura se encargaba de conseguir la casa para la escuela: algunas en propiedad, otras en préstamo. Luego recorría los hogares, para pedir a los padres que le mandaran sus niños y con la obra ya en marcha, él mismo concurría -a veces a pie- para dictar sus clases.

También lo preocupaba la educación de los niños de clase media, pues por no existir acá otro establecimiento secundario que la Escuela Normal de Maestros, los que querían cursar bachillerato, debían trasladarse hasta C. del Uruguay, con el enorme sacrificio que ello imponía. Es así que en 1913, Colombo funda un Colegio Secundario privado, incorporado a la enseñanza oficial.

Por imperio de la Ley 934 de Enseñanza Libre, los alumnos concurrían al Histórico para rendir sus materias: era un avance. En 1915 el Colegio es reconocido oficialmente, convirtiéndose en el que hoy lleva el nombre de Luis Clavarino, por la donación del edificio que en su memoria hizo su esposa, Malvina Seguí.

Pensando en el futuro de los niños de la calle, se dispuso a enseñarles oficios de concreta aplicación para sacarlos de la pobreza.

Con el generoso aporte de Don Joaquín Goldaracena, quien le donó la amplia finca de calle 9 de Julio y Francia (hoy J. M. Colombo, en su homenaje) funda en mayo de 1920, la Escuela de Artes y Oficios Justo José de Urquiza. Inaugurada el 20 de junio de ese año, su actividad cubría el nivel primario. Además de las primeras letras, los alumnos recibían preparación teórica y práctica en especialidades como: mecánica, herrería, panadería, escobería, zapatería, etc. Además, se enseñaba contabilidad y dibujo. Para ello, trajo maestros de Concepción del Uruguay que luego se quedaron aquí para siempre; entre ellos, Don Martín Scotto.

Tenía internado y comedor escolar para los niños que lo necesitaran. Realizaban actividades extraescolares: deportes y actividades al aire libre. El padre Colombo y sus niños de la Escuela de Artes y Oficios, figuran entre los primeros gualeguaychuenses que concurrían los fines de semana al Parque Unzué, cuando no existía el puente y había que cruzar el río en balsas a cadena.

También formaron una Banda de Música que, dirigida por el célebre Maestro Don José Sgrizzi, pronto alcanzó renombre en la ciudad. Con aquellos alumnos, inició el scoutismo en Gualeguaychú.

Muchos niños sin hogar fueron sacados del abandono por Colombo y educados en su escuela, donde no sólo aprendieron un oficio, sino que recibieron una formación integral basada en principios morales y cristianos. Muchos de ellos hoy son abuelos, fundadores de muy dignos hogares de la ciudad, sustentados en la honradez y el trabajo.

La Escuela pasó en 1948 a la Nación como Escuela. Fábrica N° 93 y hoy día es Escuela Provincial de Enseñanza Técnica N° 2 que lleva su nombre, de la que anualmente egresan peritos en numerosas especialidades.

Junto a la Escuela hizo construir la Capilla San Ignacio, como ámbito de culto para los alumnos y frente al Hospital Centenario, la de La Sagrada Familia, que recordaremos en próxima nota.
También construyó la Capilla del Cementerio Norte y como éste carecía de una entrada apropiada, en la colecta -cuotas de $ 0,30- que organizó con la colaboración de la Pía Unión de San Antonio de Padua, previó lo necesario para dotar al Cementerio, del hermoso pórtico de columnas que hoy ostenta, diseño del prestigioso arquitecto argentino Juan Antonio Buschiazzo.

Sin embargo, no fue ésa su principal obra edilicia. Entre 1905 y 1906, recién llegado a Gualeguaychú, se dedicó a terminar la Parroquia San José, completando la obra del Padre Luis N. Palma: refacción del templo, terminación del altar en 1909, para inaugurarlo solemnemente en 1910, año del Centenario. Las nuevas etapas comprendían la construcción de las dos torres, incluyendo el reloj que todavía funciona, adquirido -junto con el de la Municipalidad- por una colecta popular organizada por el Dr. Emilio Marchini y Don Antonio J. Galia. Concluidas esas obras, se dedicó a hacer la Casa Parroquial. Entre otras iniciativas solidarias, se recuerda el Hospicio de Mendigos que proyectó en 1922, para lo cual nuevamente su gran benefactor, Don Joaquín Goldaracena, le donó otro inmueble, conocido como el ex Lazareto. También organizó el Círculo de Obreros Católicos, que ocupó el Teatro 1° de Mayo, durante los últimos años de ese tradicional edificio, en cuya sala hacían representaciones mensuales de obras teatrales filodramáticas. El Círculo llegó a reunir a más de 500 socios.

Y para terminar, vayan dos anécdotas de su larga vida -falleció el 28 de Julio de 1950- que lo pintan de cuerpo entero: En 1922, con motivo de sus bodas de plata sacerdotales, le organizaban un banquete y la tarjeta costaba diez pesos. Cuando fueron a invitarlo, logró que a cambio del banquete, le donaran el importe recaudado. Con ese dinero, Colombo dio de comer a los niños de la Escuela de Artes y Oficios ¡durante ocho meses!

La otra: En 1943, un vecino ganó el premio mayor de la Lotería. Entre las cartas que recibía, con ofrecimientos, negocios fantásticos y "pechazos" de todo tipo, encuentra una muy breve y sencilla. Simplemente lo felicitaba y anunciaba que iba a rogar a Dios para que lo disfrutara junto a la familia que acababa de fundar. Nada más. Aquel vecino tiró las demás al cesto y al habilidoso autor de esa carta, le hizo un donativo equivalente a la suma de los pedidos que había desestimado. El suertudo era nuestro padre, Don Andrés R. Rivas, a quien el cura -autor de la esquela- había casado dos semanas antes, con Lía Elsa Piaggio, nuestra madre, en su Capilla San Ignacio.

Finalmente, buscando una palabra que sintetizara sus múltiples realizaciones, hemos encontrado que ninguna lo define como la que elegimos para el título: un cura civilizador.




De Maria Eloisa y el Castillo del Río



No solo era la postal clásica de nuestro paisaje ribereño. El castillo  era también un hito para los gurises que nadábamos la vuelta de la isla hace cuarenta años. Está enclavado donde el río forma una garganta y  baja con mas fuerza. Superar ese paso  era para nosotros la certeza de alcanzar la meta. Y así dejábamos atrás el hoy casi centenario castillo con su belleza y misterio. 

Han pasado los años; hacía mas de veinte que no daba  la clásica vuelta. Pero el viejo castillo sigue ahí. Mientras tanto, nuestra vida cambió de rumbo: cambiamos  la actividad física  por otras mas espirituales; dejamos de bucear  en el agua para sumergirnos en el pasado lugareño a través de libros, archivos y testimonios orales. Imposible entonces eludir una investigación sobre el singular castillo, el cual, corridos algunos velos que lo tornaban enigmático, se nos aparece ahora mas subyugante. 

Sigue siendo una referencia y concita nuestra admiración, pero ahora conociéndolo un poco mas,  podemos asociar su singular y austera belleza con la figura de su creadora,  ya que ambas se refunden en una misma historia, que dice así:

Allá por 1911 se radicó en Gualeguaychú una joven profesora (21 años) de dibujo y pintura nacida en Concepción del Uruguay el 6 de Febrero de 1890. Se llamaba María Eloisa D'Elía . Había culminado su profesorado secundario en Paraná y recibió lecciones de pintura del maestro Prieto, célebre artista  uruguayo  discípulo de Juan Manuel Blanes, el pintor de Urquiza. También era profesora de caligrafía y francés. Se inició como profesora en la Escuela Normal inaugurada un año antes. En 1916 pasó a desempeñarse en el Colegio Nacional de reciente creación. Allí trabó amistad con  su colega profesor Don Horacio Rébori. 

En 1917 este compró  la Isla hoy llamada de la Libertd y en 1920 le regaló a Maria Eloisa el llamado peñón del puerto. Enseguida ella convoca a David Angelini  (que había realizado obras en el Frigorífico) y le encarga la realización de su proyecto. Había dibujado en su tablero un castillito. Al reducir en escala las dimensiones de las viejas fortalezas europeas, hizo algunos cambios: jugó con una armoniosa superposición de volúmenes, logrando amalgamar en bellos contornos las formas clásicas de un castillo medioeval, con la gracia de una casa de muñecas extraída de un cuento de hadas. Y lo dotó de los elementos sustanciales del modelo: en la parte superior de lo que sería la torre del homenaje colocó el clásico reborde de almenas. Pero la  torre contenía por dentro un generoso tanque de agua. Sobre una de las habitaciones del fondo colocó otro reborde superior de almenas  logrando el símil con una torre mas baja. En ambos lados de la torre-tanque  dibujó una hendiduras verticales. Son las saeteras de los viejos castillos,  través de los cuales sus defensores arrojaban flechas. El estilo del hermoso conjunto es  anglo-normando  con algunas concesiones magistralmente dosificadas. 

Con su ladrillo a la vista y sus techos de tejas,  combina el fondo antedicho con elementos del tudor. Pero con un toque audaz y certero le  agregó algunos elementos góticos que  -lejos de desentonar- le otorgan gracia al conjunto: los arcos ojivales en el frente, en la ventana alta del lado norte y en las aberturas del nivel inferior (que dejan pasar el agua en época de repuntes) que se complementan con ornamentos del mismo estilo en el frente. La orientación no sigue  la línea costera. Lo hizo en función de un mejor aprovechamiento de la luz natural y la defensa contra los vientos. Por esta razón, mientras tres aristas de la torre son ángulos rectos, la que apunta al pampero está facetada.

Los materiales fueron transportados en  botes que los cargaban en una escalera de piedra del viejo puerto. No existía  la gran explanada de hormigón y el viejo muelle de madera era mas bajo. Por eso el castillo se divisaba desde la calle del Tonelero (actual Del Valle) en todo su esplendor desde varias cuadras. Y aunque el terreno no era extenso, realzaba su belleza el fondo natural de una frondosa arboleda: Ya era una postal.

Lo ocupó en los primeros años con su hermana Matilde (quien ya centenaria aun vive, es la viuda del Dr. Félix Etchegoyen y madre del no menos prestigioso Dr. Poly Etchegoyen) y luego con sus esposo de origen español José Sala Hernández. La decoración interior, el mobiliario, la carpintería y cortinados  eran propias de un castillo por su fineza: pisos de pino tea, puertas con vitrales, camas de bronce y excelente mantelería. El matrimonio tuvo dos hijos Pepito y Rafael. Ambos heredaron la inteligencia y cultura de la madre. Pero mientras Rafael -quien al igual que su madre hablaba varios idiomas- se  graduó como Ingeniero Industrial, Pepito casi no pudo salir de su casa: padecía hidrocefalia, enfermedad que provocó su muerte a los 14 años. Era un lector apasionado y había alcanzado una gran cultura.  Entre la chismografía pueblerina, se decía que María Eloisa hecho construir el castillo, con el fin mantener aislado a su hijo hidrocefálico. Nada mas erróneo, dado que la construcción se hizo cuando todavía era soltera.

Pero un hecho ocurrido en el castillo allá por 1935, disparó no ya el chimento popular, sino toda una historia de fantasmas que contribuyeron, especialmente desde su abandono por la dueña, a darle ese hálito de misterio que tiene desde entonces. Una mañana de domingo apareció degollada en su habitación, la empleada doméstica que ocupaba una habitación del lado sur. Se llamaba Blanca Sosa, de 25 años. La encontró el joven lechero Lote Heredia a quien le llamó la atención no encontrar el recipiente que diariamente Blanca dejaba. Con el Sr. Lozano, encargado del chalet de Enrique Rossi fueron hacia su habitación y trepándose  a una ventana alta se encontraron con el cadáver yaciente de la doméstica. Luego con intervención del marinero Laratro, fue derribada la puerta que estaba cerrada desde adentro. El cadáver aparecía vestido con una muda de ropa nueva. Todo indicaba un suicidio y así se cerró la causa sobre un dictamen del médico de  policía. Sin embargo, salpicaduras de sangre  se insinuaban como indicios de un asesinato y a partir de allí se tejieron mil historias de las que se nutrió la leyenda del castillo, en las que el alma en pena de Blanca Sosa era protagonista.

Pasaron los años y María Eloisa se jubiló después de haber tributado durante medio siglo su inestimable aporte a la cultura de Gualeguaychú. Como calígrafa, confeccionó numerosos pergaminos, entre ellos realizado sobre seda, que con redacción de Luis Doello Jurado se le obsequió al padre José María Colombo al cumplir 50 años. También hizo el álbum para las bodas de plata de la ENOVA. Fue ella quien diseñó el templete de la Virgen del Rosario del  altar mayor de nuestra Catedral San José. Lo hizo en estilo renacimiento italiano, con cúpula dorada, hojas de acanto recubiertas en oro enmarcadas por dos pilastras de ónix, material que hizo traer de San Luis. El trabajo encomendado por el padre Pedro Blasón, fue hecho en 1948. Por su parte el padre  José Schechtel le encargó el diseño del piso de la parroquia Santa Teresita que llegó a bosquejar con un motivo de guirnaldas de rosas aunque no llegó a concretarse.

Poseedora de una amplísima cultura, viajó dos veces por Europa y un grupo de  alumnos suyos envió un trabajo de pintura relacionado  con las ciencias naturales que fue premiado en París. Uno de ellos alcanzó luego relieve nacional: Tato Jeandet a quien conocí por ser amigo de mi padre. Otros aportes hizo la prolífera artista de la Isla: en 1943 y 1944 dictó varias conferencias en la Universidad Popular sobre el arte a través de los tiempos. En el Instituto Magnasco se conservan algunos cuadros de su autoría, pero de mayor valor resultan las valiosas carpetas que había confeccionado con paciencia a través de los años, sobre la historia del arte a través de los tiempos. Están prolijamente ilustradas y escritas con claridad y sencillez para que estén al alcance de todos, ya que su objetivo de vida era difundir la cultura para todos. Hasta el final de su carrera gozó del respeto unánime de sus alumnos y en su legajo siempre tuvo concepto "excelente". 

La creciente de 1959 inundó totalmente el castillo y María Eloisa lo abandonó ya para no volver. Esa desgracia fue casi coincidente con su jubilación. Se trasladó a Bs. Aires donde siguió trabajando como restauradora para los mas prestigiosos museos nacionales. Murió allá el 3 de Julio de 1983 pero su restos descansan en Gualeguaychú. Su último viaje a nuestra ciudad lo había hecho en Diciembre de 1982 para entregar el Magnasco las  valiosas carpetas.

Este verano he vuelto a nadar la clásica vuelta. Pero al pasar por el castillo una fuerza misteriosa me retuvo para contemplarlo desde el agua. Reflejado en el espejo del río, su gracia y belleza son incomparables. En la imagen que sin los lentes veía difusa, me parecía verla a María Eloisa plácidamente sentada en la terraza-patio de armas. Y continué mi marcha  mientras pensaba en aquella mujer heroica que nos regaló a los gualeguaychuenses esa pincelada de belleza y que las generaciones futuras deberán preservar, además de su aporte generoso a la cultura de Gualeguaychú. Que todavía le debe su homenaje.




domingo, 19 de abril de 2009

Cómo se hundió la Draga



El 15 de abril de 1990, el autor visitó la draga hundida en el canal de acceso al río Gualeguaychú, acompañado por Don Lote Heredia, uno de los protagonistas del siniestro, cuyo relato es el tema de esta nota.

El 17 de abril de 1959 llegaban las primeras noticias del naufragio de la draga. La confirmación de las muertes de tripulantes, algunos de ellos, vecinos de Gualeguaychú, se sumaban al drama de centenares de inundados de la ciudad y la zona sur. Yo tenía 14 años, edad en que la mente registra para siempre ese tipo de vivencias. Desde entonces, cada vez que pasaba por la misteriosa draga hundida, volvía al recuerdo de aquellos días. Y la curiosidad por saber cómo había sucedido. Treinta y un años después, la memoria prodigiosa de Don Lote y su condición de tripulante, hicieron que pudiera develar aquellas dudas. He aquí todo lo que él contó:

La draga y sus tripulantes

Era la "2 C" del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, con casco de fierro y cubierta de madera; tenía 56 m de eslora y 12 de manga. Funcionaba a vapor, generado por una caldera alimentada a petróleo crudo, que almacenaba en dos tanques de 90 toneladas. La fuerza de esa máquina se distribuía en dos hélices que trabajaban combinadas. Su sistema de dragado era del antiguo "tipo noria", con baldes que cargaban ¾ m3 de barro. La dotación completa era de 20 hombres bajo el mando del Capitán Agenor Rojas. Pedro Chiche era el primer maquinista; el contramaestre, Pedro Martínez. En el resto de la tripulación revistaban: Teodoro Heredia, Gelós, Alcaraz, Fernández, González, Aguirre, Bravo y Casafuz, entre otros.

Cómo trabajaba: En aquella ocasión estaban dragando el canal de acceso al río Gualeguaychú, entre la boya Km. 90 del Uruguay (por entonces fija) que es a la vez, Km. 0 de nuestro río. Para el trabajo de la noria, la draga debía sujetarse desde distintos puntos, como si fuera una araña, con seis anclas, 3 en proa y 3 en popa, aunque en esa oportunidad tenía 5: faltaba una de popa. El barro extraído era transferido a dos chatas barreras que se apareaban al costado alternativamente y luego lo llevaban aguas afuera, con el Remolcador 226, de 25 m de eslora.

Las circunstancias previas

El 13 de abril, viendo que el tiempo desmejoraba y el Uruguay crecía mucho, habían fondeado las chatas en el paso "La Correntina", del río Gualeguaychú. En cuanto a la draga, su Capitán se negó a entrarla pese a que el Sr. Fausto Briozzo, a cargo del remolcador, le había ofrecido ayuda. Por tal motivo, el 226 prosiguió ese día hacia en arroyo Ñancay, en servicio para la Prefectura. Al día siguiente, el remolcador pasó de regreso y nuevamente se le sugirió al capital Rojas guarecerse en el Gualeguaychú, lo que fue nuevamente rehusado. El miércoles 15 (día del naufragio del Titanic, en 1912) el panorama se había complicado: el Uruguay crecía, la sudestada arreciaba y el peligro era extremo. Por ese motivo, Don Lote, con Torito Bravo, González y Casafuz insistieron ante su capitán para guarecerse aguas adentro pero él se mantuvo en su negativa. Mientras tanto los barcos pedregulleros, que venían del norte, al aproximarse a la boya 90, viraban y se dirigían a recalar en Fray Bentos. Al advertir el peligro, Don Lote logra milagrosamente, en medio de la tormenta, saltar al remolcador Ni su capitán había advertido la riesgosa peripecia de Lote y dos compañeros que también "la venían venir". Por eso hoy está vivo para contarla.

La posición de la draga

Estaba fondeada dentro del veril del canal de acceso, un poco más allá de la boya Km 2,6. La proa miraba hacia la boya 90, es decir contra el viento sudeste. Las olas rompían de frente, levemente a estribor (derecha). En circunstancias así, anclar de proa y popa constituye el mayor peligro. Porque anclada de proa, la embarcación siempre apunta contra el viento y se defiende, de cualquier sector que éste venga. Pero si además está sujeta de popa y el viento cambia, al no virar, lo puede recibir de costado con lo que la defensa es nula. Como no podían ya levar las anclas, habían optado por soltarlas. Para ello, cada 25 m la cadena tiene un grillete (eslabón extraíble) y al separarla se le coloca una boya (orinque) a fin de poder ubicarla luego. Las pesadas cadenas se sueltan con un malacate movido por la fuerza de la caldera.

Las condiciones empeoran

En la madrugada del 16, un fortísimo pampero arrastró la draga con sus 5 anclas unos 200 m fuera del canal (hacia el Norte). Ante ello, por fin el capitán decidió moverse. Pero cuando quisieron soltar las anclas, era tarde: la cantidad de agua que se había colado por la cubierta había enfriado la caldera y ya no tenía fuerza ni para el malacate. Porque el viento ¡había arrancado de cuajo los tambuchos abulonados! Intentaron cortarlas con apoyo en una bigornia, pero fue imposible: ésta se les corría para todos lados.

El final

La draga cargada de agua, trabada por su anclaje, presa de la sudestada y las olas, comenzó a hundirse de popa, por lo que los tripulantes atinaron a subirse a la torreta. Finalmente, una fuerte racha le provocó una vuelta campana. La hora del hundimiento quedó registrada en el reloj de la draga y en los de las víctimas: entre una y media y dos de la mañana de aquel 16 de abril.

Algunos murieron dentro de la embarcación. Otros, aunque pudieron llegar a nado a la costa de Ñandubaysal, encontraron la muerte por una causa inesperada. Allí se habían arremolinado los durmientes que venían flotando, recientemente extraídos del puerto de F. Bentos; al llegar, los náufragos morían azotados por esos durmientes que batían las enfurecidas aguas del Uruguay.

Después de la desgracia

Al día siguiente (17) todavía no se conocía la infausta noticia. El Destacamento Boca había sido evacuado por la gran creciente; desde el campamento de pescadores de Lapuente no se divisaba nada: las olas no dejaban ver. Recién cuando el río bajó y dejó a la vista la enorme panza de la draga, se tuvo la confirmación de la desgracia que todos presentían. De ahí en más, se hicieron recorridas hasta la boca del Ñancay en busca de los cadáveres y hasta la misma, draga para recoger objetos. Las pesadas boyas del canal de entrada aparecieron en medio del campo en Ñandubaysal. Recién el 15 de Mayo, Don Lote pudo encontrar el cuerpo de su compañero, el foguista Fernández, que permanecía dentro de la draga.

La draga hoy

Todavía yace ahí la legendaria draga. Hace treinta años, intentaron reflotarla pero fue imposible. No sólo porque venció las leyes de la física, sino porque pareciera que es su destino quedar allí para siempre. Visible desde lejos, de día y de noche, se ha constituido en una referencia para los navegantes; les ayuda a prevenir desgracias como la que terminó con ella. La seguirán viendo las futuras generaciones; a su historia la conocerán lugareños y turistas. Y perdurará en la memoria colectiva, su dramático final aquella aciaga noche de 1959.


domingo, 12 de abril de 2009

La Bandera Entrerriana



PREGUNTAS FRECUENTES

Muchos foráneos nos preguntan por la bandera entrerriana; a algunos no les convence que tengamos bandera propia, como desconfiando de algún proyecto nuestro de separación. Les decimos que no se alarmen; muchas provincias tienen la suya, como también su escudo y no son pocas las ciudades que ostentan sus propios símbolos. También quieren saber por qué de este lado del río tenemos la bandera de Artigas. Les explicamos que actualmente es la enseña de la Provincia pero que en su origen fue la de los Pueblos Libres; que es anterior a la Independencia y que al enarbolarse en 1815, no pretendía representar el separatismo, sinoque sólo era partidista.

Como algunos persisten en su curiosidad, vamos a recordarla historia de nuestra bandera entrerriana y algunos hasta podrían recortarla y tenerla a mano para cuando se tope con algún turista curioso, que dicho de paso, son los mejores.

EL ORIGEN

En realidad no nació como bandera entrerriana. Fue creada por José Gervasio Artigas en1814, cuando ya enfrentado con las fuerzas directoriales de Bs. Aires, se erigía en todo el litoral como el "Protector de los Pueblos Libres", que se constituyeron en Liga. Prueba de que no era secesionista, es el haberle puesto los mismos colores que había elegido Manuel Belgrano para la Nacional (que la autoridad capitalina no había autorizado a usar, como tampoco se animaron a instituirla, junto con los otros símbolos patrios aprobados en la Asamblea del Año 13. A los colores de la de Belgrano, Artigas le agregó primero dos franjas rojas superpuestas sobre las azules. Luego las trazó en diagonal y finalmente, para una mejor identificación visual, las unificó en una sola franja como la que hoy conocemos. Ese rojo expresaba el federalismo, pero también -según su creador- la sangre derramada por estos pueblos en defensa de su libertad. Era también el emblema del protagonismo de estos pueblos y su actitud valiente frente a la madre patria y al invasor portugués (que increíblemente Buenos Aires alentaba).

Se enarboló por primera vez en el Uruguay luego de la batalla de Guayabo (afluente del Río Arerunguá, Dpto. Salto) en la que Fructuoso Rivera venció a las tropas directoriales en Enero de 1815.

EN NUESTRAS PROVINCIAS

También a principios de 1815 la izó en Entre Ríos el caudillo José Eusebio Hereñú que había vencido a las tropas directoriales del Barón de Holmberg en El Espinillo. En Santa Fé fue utilizada para festejar la victoria sobre José Eustaquio Díaz Velez, gobernador delegado directorial depuesto, al asumir en su lugar Francisco Antonio Candiotti, en Abril de 1815. En Corrientes fue instituida en Enero de 1815 por el Gobernador José Silva y mantenía los dos listones rojos horizontales de los inicios. En Misiones presidió la célebre batalla de Apóstoles en 1817, con los tres colores en sendas franjas horizontales.

El ascendiente de Artigas sobre nuestros pueblos, se cimentaba en tres pilares: Independencia, República y Federalismo, siendo estos dos últimos, los que Buenos Aires desdeñaba más, en su ensoñación con la monarquía y el unitarismo. Pero además Artigas tenía muy claros conceptos sobre: soberanía popular, división de poderes, sana administración, educación, política poblacional, uso de la tierra, justicia tributaria y promoción de la industria. Así lo destacan sus biógrafos y uno de los más citados es Isidoro de María, autor de una Historia del Uruguay de 6 tomos. Pero no es un homónimo del fundador de nuestro primer periódico gualeguaychuenseen 1849: ¡es el mismo!

El lugarteniente de Artigas en Entre Ríos era un joven de treinta años que compartía los mismos principios: Francisco Ramírez. Lamentablemente un choque de ambiciones los enfrentó después y el "Supremo Entrerriano" al vencerlo, ocupó su lugar como conductor.

Luego de la batalla de Cepeda, en Febrero de 1820, que provoca la caída del Directorio, el fin de los sueños monárquicos y el nacimiento de Bs. Aires como Provincia, Ramírez constituye con los territorios bajo su influencia (E. Ríos, Corrientes y Misiones) la "República de Entre Ríos". Tampoco era esta una experiencia separatista. Se llamaba "República" por contraposición a la forma monárquica, pero no buscaba la secesión del resto de las Provincias Unidas. En la organización de la misma y en su gobierno, Ramírez demostró, al igual que Artigas, que distaba mucho de la imagen cerril o semi-bárbara con que lo pintaban en Bs. Aires. Dictó una Constitución que por primera vez hablaba de "enseñanza pública, obligatoria y gratuita" para los humildes. Pero además se empeñó -30 años antes que Urquiza- en establecer un Colegio Preparatorio en Corrientes. Introdujo la primera imprenta de Entre Ríos, ordenó las finanzas y el gasto público, hizo las primeras elecciones para Gobernador, trajo al sabio francés Amado Bompland -amigo de Humboldt- todo éllo con el asesoramiento de un valioso equipo de colaboradores.

LOS CAMBIOS POSTERIORES

Al instituir los símbolos de la República, Ramírez mantuvo los colores de la "Bandera Federal de los Pueblos Libres", aunque suprimiendo la faja diagonal y distribuyendo el rojo en la primera mitad de cada banda celeste. También creó el escudo, con una simple pluma de ñandú.

Traicionado por Lucio Norberto Mansilla y muerto en Río Seco por esa causa (10-7-1821), aquel se hace del gobierno provincial e instituye nuevos símbolos para la renaciente Provincia de E. Ríos, ya desmantelada la fugaz República. La nueva bandera entrerriana era igual la nacional, pero agregando el escudo provincial verde y rojo, aprobado por Ley del 12 de Marzo de 1822. En 1824, tras la renuncia de Mansilla, la Bandera originaria de la Liga Federal fue restablecida durante el gobierno de León Sola. En los años subsiguientes -de mucha confusión- no hubo unanimidad respecto de la bandera entrerriana oficial, hasta que en 1833 el Gobernador Pacual Echagüe adopta una nueva con el escudo entrerriano pero se usó con variantes de ese escudo, o sin él.

ABANDONO DE LA BANDERA

Así llegamos hasta 1853. Constituida la Confederación Argentina con sede gubernamental en Paraná, dejó de usarse la bandera entrerriana, ya que nuestra Provincia, al federalizarse como capital todo su territorio, había desaparecido momentáneamente como tal.

No obstante y recuperado el territorio en 1860, Ricardo López Jordán la rescató como emblema de su revolución desde Abril de 1870. Luego volvió a caer en desuso y para fines del siglo 19, sólo algunos vecinos paranaenses la ponían en el frente de sus casas para las fechas patrias.

Desde entonces, el uso de la bandera entrerriana había quedado en el recuerdo de aquellas lejanas épocas.

LA REINSTAURACIÓN

Finalmente, el 5 de Marzo de 1987, el por entonces Gobernador Sergio Montieldicta el Decreto N° 879 publicado el día 13 (nacimiento deRamírez en 1786) por el cual se la vuelve a instituir como Bandera de Entre Ríos. Otras provincias del litoral crearon las suyas y casi todas llevan los colores de la bandera madre, gloriosa enseña representativa de la Independencia, la República y la Federación, principios que costaron tanta sangre entrerriana y argentina.

domingo, 18 de enero de 2009

Hotel Comercio



Un pedazo de nuestra historia

El 24 de Junio se cumplen 40 años de su cierre. Quedaban atrás casi cien años de existencia como emblema edilicio, comercial y social, tan enraizado en la "belle epòque" de Gualeguaychú, que constituye un tramo valioso de nuestro pasado.


Se rifa un hotel: Sito en 25 de Mayo y 3 de Febrero, tuvo larga vida. Su origen se remonta a 1870, al construirse su parte mas antigua. En 1877 Benita R. de Galeano lo vende a Jacinto Raffo Como Hotel Argentino. En 1880 ¡una rifa lo tuvo como premio!. El billete constaba 5 bolivianos y valía 17.045 $ fuertes. En 1885 pasa a Saturnino Morón y Alejandra L de Morón.

Era uno de los edificios mas importantes y lindaba con el Teatro 1º de Mayo. Ambos tenían plantas altas, algo poco usual. Sus paredes estructurales de ladrillos tenían 60 cm y las restantes, eran de 45.

Al principio la iluminación se hacía con candiles, luego le vino el alumbrado a gas en 1898 y en 1907 tuvo luz eléctrica.

Las calles de tierra, luego se empedraron (con adoquines de madera la 25) y finalmente el pavimento. 3 de Febrero, seguía empedrada a su cierre. Los tranvías a caballo pasaban por allí.

Llegan los Della Chiesa: En 1905 lo compran Donato, Domingo y David Della Chiesa -inmigrantes de Lombardía- ya con el nombre HOTEL COMERCIO y así figura en los almanaques El Censor de 1903. El edificio de dos plantas en estilo italiano, se extendía hasta mitad de cuadra por 3 de Febrero con cinco puertas y ventanas mas balcón en la planta alta; por 25 tenía dos. Para 1910 le anexaron "la parte nueva", mas alta, en estilo francés.

Hotel de categoría

Tenía 54 habitaciones y era prestigioso en la provincia. Si bien no eran usuales los baños privados, las habitaciones tenían un lavatorio (como los hoteles ingleses) y algunos se conservan. La red de agua se surtía de un gran tanque alimentado por un pozo semisurgente de 30 metros. Antes de haber de obras sanitarias (1927), abastecía de agua a los vecinos.

No existía la categorización, pero por sus servicios, era de primer rango: La fama de su cocina excedía los límites de la ciudad y cuando alguien organizaba un banquete recurría al Hotel Comercio: despedidas de solteros, de Jefes de Regimiento o Policía, reuniones políticas, se hacían en el salón comedor. En verano se usaba el patio (donde había una cabina telefónica).

La cocina a leña era de hierro, con grandes hornallas -nos recuerda a la del Palacio San José- amplias parrillas y horno con tapa curva rebatible. La instalaciones tenían capacidad para cientos de comensales. Los depósitos de leña e insumos, tenían acceso por 3 de Febrero. En la llamada "segunda cocina", se lavaba y guardaba la vajilla.

En el subsuelo había una bodega abarrotada con vinos chiantis, espumantes italianos, borgoñas y champagnes franceses, wiskys escoceses etc., que sus dueños importaban. El gran comedor, en el centro tenía pisos de pino tea, paredes de boisseries, espejos biselados y columnas revestidas en madera. Vajilla italiana, platería, cristalería, mantelería con monogramas del hotel. En la sala de recibo sobre 25, había pianola y piano.

El amplio salón-bar de la esquina (con piso de baldosas blancas y negras) tenía una gran heladera a hielo de serpentina, choppera de 4 picos, mesa de billar (en él que se destacaban Don Antonio Barel, Jorge Karam, los hermanos De Zan) con servicio de café express abastecido por una vistosa máquina de vapor. Tenía cochera propia, lustrado de zapatos a máquina (que atendían Víctor Dikinson y el enano Dutruel, quien también lustraba en la peluquería de Juan Giovanetti, habitúe del hotel), lavandería y servicio de autos de alquiler.
(Pedro Ferreyra, Mariano Neyra, Mario Vela, Pulido y Taffarel).

Algunos transportes de pasajeros tenían allí su salida: Patoruzú de Roberto Duré que iba a Gualeguay (si no llovía) y La Zeta hacía el viaje a Bs. Aires por Pto. Constanza.

La época de esplendor: DON PABLO BASSI

En la primera década del siglo, lavaba las copas en el hotel un niño -Pedro Pablo Bassi- nacido en 1900 y criado en Urdinarrain.
Luego fue aprendiz de cocina, destacándose hasta convertirse en el gran cheff que le dio fama a la casa durante 40 años. También fue cocinero de Donato Della Chiesa. Entre los platos mas apetecidos de Don Pablo, se recuerdan el Pejerrey Gran Paraná, los caracoles al vino y las ranas (que cazaba Pinto Saldaña). Tenía un pescador de mojarras para servirlas fritas en aceite y grasa de cerdo, como guarnición de los aperitivos.

Gustaban sus pastas, especialmente ravioles con tuco, canelones y también el puchero a la española, pavita, surubí, consomé, menestrón etc. El servicio de repostería incluía una torta rusa que era el orgullo de la casa.

Don Pablo llegó a ser titular del hotel, aunque no del edificio, con socios como Tiragallo, Manuel Munilla, Manuel Pesado y Rafael Finondo y cuando sacó la lotería, compró las partes a sus socios. Pese a que nunca aprendió a leer, poseía una cautivante personalidad; tenía amistad con algunos de los encumbrados pasajeros o clientes del hotel. Era un hombre de bien, hecho en el trabajo y una conducta intachable. No negaba su origen humilde y era generoso con los pobres: A dos recordados personajes de la calle, por orden de Don Pablo se les servía la comida: Ricardo Irigoitía (el linyera culto) y Paco ("el inundado"). A los chicos descalzos en invierno, les compraba zapatillas en la vecina tienda de Benvenaste. Era muy atento con todos y en algunas oportunidades hasta al mensajero que traía telegramas, lo invitaba con una picada.
Condujo el hotel con gran acierto. Por la sabiduría de sus los años, cuando sus empleados bajaban a la bodega, se recordaba, conocedor de humanas tentaciones: "Bajen , pero que sea silvando....".

Con su desaparición, ya blanco en canas, en 1957 se clausuraba la época de esplendor, que coincidió con el casi medio siglo que estuvo al frente. En la cocina lo sucedió su hermano José María.

El personal

Pasaron por la gerencia Rosendo Rearden, el uruguayo Lázaro Rodríguez (en Gualeguay regenteaba el Hotel Ferrecchio) y Juan Francisco Márpez. Un selecto equipo de mozos atendía el comedor, Alberto Silva, Ramón Ramírez Sarrasqueta (que trabajó casi hasta los 70 años) Héctor Munilla y Omar Gauna.

En la cafetería, Pedro Bassi, Oscar de la Cruz y un hermano de Gauna Para el servicio a las habitaciones: Juan Francisco Domínguez, Alberto González y Herrera. Fueron serenos: Estanislao Lozano, Emilio Deus y José Larrosa (también jockey).

Pasajeros y concurrentes de prestigio

El prestigio del hotel, se cimentó en el de sus pasajeros: Hipólito Irigoyen durante sus campañas y el Presidente Agustín P. Justo en 1937. Su comitiva ocupó las habitaciones 37, 38 y 39. Desde el balcón de la 38 -planta alta en la esquina- Justo saludaba a la concurrencia. Entre los hombres de letras se recuerda a Pedro B. Palacios (Almafuerte) que vino en 1915 y Roberto J. Payró en visitas a su amigo Luis Doello Jurado.

También pasaron Nicolás Repetto líder del socialismo, el Dr. Gallardo embajador en Italia, Juanita Larrauri y el dirigente entrerriano Manuel Visca.

Durante su período como Gobernador (1946-50) Héctor D. Maya se alojó con su familia y también sus hermanos Antonio y Carlos. En los últimos años lo frecuentaba el Dr. Carlos H. Perette que fuera Vicepresidente de Illía. Algunos vecinos concurrían a comer: el Prof. de música Schemezzérico Cristiano, el Prof. Bernabé Fernández Barrios, Francisco Duboscq, el pintoresco Oficial de Justicia Ruggero Cuerito Giudici, el pianista Leo Capdevila con su esposa, Camila Nievas o con el Alférez José Ma. Sobral, el dentista Tito Martínez, los Sres Azcárate y su gerente Julio Cesar Guzmán (Barato Argentino), Raúl y Justo Saenz Valiente, Alberto Alazard, Tito Caballero, Leonardo Mendoza, Alfredo Garbino (Cuto) Pablo J. Daneri, Mateo Dumón Quesada, el Ing. Ambrosio Vismara (constructor) y Lionel Drabble que concurría con su Sra. Estela atraídos por los caracoles al vino, que se extraían con pinzas.

Cuando Carlitos Rossi llegó a Gchú. se alojaba allí, al igual que el Ing. Carlos Pérez Tiribelli. El otorrinolaringólogo Juan Manuel Tato, periódicamente atendía en el hotel.
Mayordomos de estancias vivían allí: Manuel Bustos y Victoriano Amestoy (habitación alta de la esquina) con sus hijos "Mocito" y "Chapete". Otros los hacían periódicamente, como Ernesto Antonio Bunge, dueño de la estancia Landa o Eduardo Parra, de Centella. En sus recintos se hacían reuniones políticas y empresarias.

En las primeras décadas del siglo, los banquetes de la Sociedad Rural se hacían allí con presencia de Gobernadores (Laurencena, Mihura, Echevehere) En una de ellas Saturnino J. Unzué anunció la donación de las 115 Has a la Municipalidad. Aquella primacía en el servicio de gastronomía tiene su explicación: no había en Gualeguaychú otro que pudiera competirle en calidad y menos, para tantos comensales.

En la Intendencia de Pedro Fernández Ohyamburu el C. Deliberante cenaba en la sala de recibo. Solía acompañarlos el padre Manuel Vasallo, o Dr. Enrique Gutiérrez. Otro Intendente, Luis Fernández, concurría a jugar al mus o muselga. Las reuniones del Rotary en sus primeras épocas se realizaban allí.

También se reunían a cenar Directores del Frigorífico Gchú. como Juan Labayen, Juan Goldaracena, acompañados por el joven Secretario Clemente Risso o ingleses de firmas compradoras. Y los rabinos que venían de Israel a hacer la matanza conforme a sus ritos.

Artistas famosos

Quienes dieron fama y glamour a la casa, fueron los artistas que pasaron como Carlos Gardel, el dúo de Agustín Magaldi y Pedro Noda en los años 30 (este volvió con Nicolás Trimani y compusieron el Vals a Gualeguaychú). Luego vinieron otras celebridades: Luis Sandrini, Tita Merello, Jean Duval (y su órgano de ensueño). Alberto Castillo, solía quedarse unos días y frecuentaba los bares de Calavera Orué o Tanicho Indart. También Fernando Ochoa, Libertad Lamarque, Azucena Maizani, Alberto Margall, Héctor Varela, Atiliano Ortega Saenz (Pichirica) con su compañía de teatro popular, Edmundo Rivero, Enrique Mora, Feliciano Brunelli, Hector Basilio, Héctor Gagliardi, Yamandú Rodríguez, Claudio Martínez Paiva, el concertista de piano Abel Flaurí, la bailarina Ana María Palumbo (la trajo Asoc. Amigos del Arte) el conductor radial Felix Mutarelli (Gran Pensión El campeonato) Roberto Escalada, el bandoneonista Pedro Mafía, el cantante de boleros Mario Clavel, Gregorio Barrios y otros.

Una noche de tormenta estuvo un coro de negros estadounidenses enviado por Saúl Zoilo de Aerolíneas Argentinas, porque su avión debió bajar en Gchú y salieron cantando por la 25.

Era común que la presencia de artistas, convocara al público frente al hotel sobre todo, quienes no podían pagar la entrada. Hoy ese fenómeno no se da: los ídolos hacen giras cubriendo varias ciudades por noche. Generalmente salían a saludar entre los aplausos de sus admiradores. La nota mas recordada ocurrió cuando vino Libertad Lamarque. Miguel A. Chacón le dio una serenata con su piano montado en un camión. La artista, conmovida, no sólo salió a saludar, sino que desde lo alto entonó una canción para delirio de los concurrentes.

Deportistas y viajantes

De los deportistas notorios, se recuerda a Juan Manuel Fangio y Domingo Marimón (Toscanito). También los boxeadores Rafael Merentino y el rosarino Piceda.
Entre los viajantes, sobresale el de la bebida caña "La Loca". Era un caso singular: aquel viajante era el dueño de la fábrica, Don Federico Firpo, cuyo Lincoln deslumbraba a los transeúntes y a nosotros los niños del barrio. Don Federico era amigo de Pablo Bassi y sus estadas duraban varios días. También se recuerda a José María López (Lopecito) de Café La Virginia (traía boxeadores) y Julio Bernatemé de Cusenier. Con ellos alternaba el locuaz Mártires Calventos (con su auto sacado en una rifa) quien escribía poesías.

El final

En los últimos años, su esplendor fue decayendo y nuevos hoteles iban surgiendo. El frío llegaba, hasta que el tercer día del invierno de 1964, el centenarias hotel cerró sus puertas. para siempre.

Hubo mucha tristeza en el barrio aquel 24 de Junio. Cada vez que pasaba para la Escuela Normal, extrañaba no ver el acarreo de la leña, no oír el vapor de las cafeteras, la algarabía de los parroquianos y el ruido febril en la gigantesca cocina.
Atrás quedaba una larga historia de visitantes ilustres, banquetes de gala, veladas artísticas y animadas reuniones. Durante algunos años permaneció en silencio y seguramente sus paredes atesoraban los ecos de aplausos, risas y bullangueras embajadas de artistas noctámbulos.
Años después, el edificio le fue adjudicado a la Sra. Macedonia Peralta viuda de Luis Della Chiesa, (hijo de Don David) quien lo vendió luego a Alejandro Benvenaste.

Pero el paso del tiempo no ha vencido a la vieja construcción, que hoy -aunque horriblemente mutilada- vuelve a cobrar vida con otros ocupantes y clientes muy distintos. Sin embargo, hay un lazo de continuidad entre sus antiguos y actuales moradores: la célebre bodega tiene por sucesora a una vinoteca; las delicias de la cocina italiana han revertido en pizzas del mismo origen, los fulgurantes artistas reaparecerán convertidos en continuadores que exponen su creatividad y aquellos personajes del mundillo político ya no se alojarán, pero otros pasarán por la emisora de FM, que difundirá su macaneo. ¿Será el karma del legendario hotel, que se niega a morir y retorna bajo una nueva vida?.



domingo, 11 de enero de 2009

Gualeguaychuenses en la Frater



Hasta la década de 1910 Gualeguaychú no tuvo colegios secundarios. Por ello, la mayor parte de los pocos que accedían a ese nivel concurrían al Histórico Colegio del Uruguay. Entre los más brillantes de la época del Rector Alberto Larroque, se recuerda a Olegario V. Andrade.

En la generación siguiente -fundadora de esta entidad- se destaca Fray Mocho, aunque eran ya numerosos los copoblanos que se educaban en el Colegio. Tan era así, que en los documentos fundacionales de 1877 se registran los nombres de Emilio Marchini, José A. Casacuberta, Facundo Grané entre otros. Y aunque su nombre no está consignado en el acta de la histórica asamblea del Teatro 1 de Mayo, nadie ignora el papel de "fogonoero" que tuvo el altruista y soñador Juan F. Bidart.

En los tiempos siguientes, muchos gualeguaychuenses de prestigio pasaron por el Colegio y la Fraternidad. Entre ellos podemos recordar a Eduardo Goñi, Antonio y Rogelio Babuglia, Daniel Elías, Félix Etchegoyen, Angel Fontana, Domingo Chichizola, Pedro Jurado, Francisco P. Duboscq, Eric Otto Kunath, Juan José , Pastor E. y Adolfo Britos.

EL SIMBOLO DE LA FRATERNIDAD.

Es interesante recordar el papel de dos estudiantes gualeguaychuenses en el nacimiento de la figura que desde hace 110 años se constituyó en el emblema de la Fraternidad. Obviamente nos referimos a las dos figuras jóvenes que elevan una antorcha simbolizando magníficamente la asociación entre la juventud y el saber. Gracias a la colaboración de los Dres. Germán Duboscq, Hugo Bacigalupo y su Sra. Maria Laura Amatriain hemos podido rescatar esta interesante anécdota.

Allá por 1897, durante el Rectorado de José Benjamín Zubiaur , el Director de la Casa de Internos Cipriano de Urquiza elige a dos fraternales de Gualeguaychú, para concurrir a tomarse una fotografía con vista al símbolo en ciernes. Los alumnos eran Luis María Daneri del cuarto año y Pedro Olaechea de tercero. Seguramente que el buen ojo de Don Cipriano se posó en ellos, no sólo por su aspecto personal, sino además por su vivacidad, a juzgar por lo que luego ocurrió. Con sus mejores ropas domingueras concurrieron a la casa de fotografía del francés Lachaise. Mientras éste hacía sus aprontes, los modelos vieron un tubo de cartón que por entonces servía como envase para los rollos de negativos. También había en un cesto un poco de viruta de papel y fue entonces cuando a Luis María se le ocurrió armar con esos elementos una antorcha que elevada en la mano derecha de Pedro, ambos miraban en el momento del fogonazo de magnesio.


Así nació el símbolo de la Frater en el que Gualeguaychú estuvo presente través de dos avispados estudiantes. Luego el francés los citó para regalarles a cada uno una copia de la foto. Con el correr de los años Luis María Daneri a quien conocí ya octogenario allá por 1960, fue un brillante abogado, eximio orador, Diputado Nacional y constituyente entrerriano en 1932. El fuste intelectual de Pedro Olaechea no pudo en cambio dar sus frutos, porque murió al filo de los 40 años cuando en 1923 regresaba luego de presenciar la pelea Firpo- Dempsey en EEUU y sus restos fueron arrojados al mar.

Pasados muchos años de la histórica fotografía, Luis Maria Daneri envió una carta a su amigo Florencio López en la que relataba esta anécdota y obsequió su foto a la entidad.

La interesante misiva fue transcripta en la edición especial para el Centenario que publicó La Calle en Mayo de 1977

Todo esto significa que la vinculación actual que muchos gualeguaychuense tenemos con la Frater nos viene de vieja data.


domingo, 4 de enero de 2009

¡Yo voy a llegar por tierra a Buentos Aires!


Bajando el Fiat de Don David Della Chiesa

CÓMO LA VISIÓN DE UN PIONERO CAMBIÓ LA HISTORIA

Mucho se habla hoy del espíritu de lucha que caracteriza a los gualeguaychenses. No hay que olvidar que esa condición nos viene de lejos y nuestra patria chica registra valiosos antecedentes del empeño de nuestros abuelos. Hoy les contamos la increíble historia de Don David Della Chiesa a quien, un día de 1928, se le antojó llegar por tierra a Buenos Aires.


Fue uno de los tantos italianos que llegó a estas tierras en procura de trabajo y libertad. Con apenas 5 año, allá por 1880. Pero no era un inmigrante más: a los veinte años ya había construido una lancha para pasajeros en los talleres metalúrgicos Boggiano -donde trabajaba- y le puso por nombre "La Primera".

En 1905 compra - en sociedad con sus hermanos Donato y Domingo- el Hotel Comercio, que en su trayectoria casi centenaria llegó a ser uno de los más prestigiosos de la Provincia. Luego incursionó en las tareas agropecuarias, arrendando y colonizando campos en Urdinarrain, Villa Lila , Pehuajó, y al sur del departamento. En esa tarea fue un pionero: introdujo en esta zona el cultivo del arroz, trajo la primera cosechadora mecánica y ensayó plantaciones experimentales de yute, algodón y azafrán. También fue un adelantado, al introducir en esta ciudad el primer automóvil; era uno de ruedas duras, comprado en la tradicional casa Agar Cross de Bs. Aires. Seguramente que al conducir su auto, ya pensaba en las rutas que aquel invento iba a generar al expandirse.

Integrado plenamente a la vida comunitaria, participó en múltiples entidades locales y zonales: Sociedad Rural Gualeguaychú, Comisión Provincial de Turismo; de Canalización del Río Gualeguaychú, Comisión de Puentes y Caminos y Junta de Ayuda a los Pobres.

En 1926 viajó por su tierra natal -era lombardo- y otros países europeos; regresó impresionado por las carreteras que había visto y ya soñaba con hacerlas acá.
Como no era hombre de quedarse meditando, fundó en 1928 un consorcio de vecinos con el que se lanza a la construcción de la ruta a Médanos. Tenían un camioncito Ford "A" que ostentaba el letrero Gualeguaychú- Médanos. Pero su proyecto iba mucho mas allá; sólo que se lo reservaba para que no pensaran que estaba loco. De modo que cuando el camino llegó al punto final (eso creían) les anunció muy convencido a sus consocios (Elías Martinolich, José Riera, Juan Goldaracena, Eduardo Berisso y otros) que ahí la cosa no terminaba, sino que en realidad era un comienzo. Sin mediar palabra, bajó tranquilamente el cartel del camión y en su lugar, colgó con gran convicción y ante el estupor de todos, otro que decía: Gualeguaychú-Buenos Aires(¡). Algunos se miraban desconcertados; otros llegaron a dudar efectivamente de su equilibrio mental. Pero sabían que cuando Don David se metía en algo grande no era de "andar reculando" y por las dudas, terminaron sumándose a la aventura.

No fue fácil; por delante sólo se veía monte tupido, bañados y pajonales de una zona a la que Fray Mocho por algo había bautizado "el país de los matreros". La obra se inició, allá por 1929. Contaban con los fondos aportados por los vecinos, más la ayuda del Gobierno Provincial de Don Luis Etchevehere y también con el aporte del Gobierno Nacional que presidía Hipólito Irigoyen.

Sólo aquel puñado de hombres supo lo intenso de la lucha por vencer a la naturaleza indómita, que les oponía todo tipo de resistencia: terraplenes que se derruían y había que volver a levantar, puentes precarios que se llevaba la fuerte corriente de los arroyos Sagastume, Perico y Malambo; inesperados repuntes que atrasaban los trabajos. Pero a fuerza de machetazos y al golpe de las hachas, se iba abriendo trabajosamente la ruta hacia el sur. Don David avanzaba por la brecha en un zulky de ruedas muy altas con sus hombres de consulta, como el Sr. Negrette, viejo conocedor de la zona que le proporcionaba las orientaciones y el geógrafo Wibert que iba confeccionando los planos

Mas atrás, venían haciendo su trabajo máquinas motoniveladoras que muchos lugareños nunca habían visto antes. Fueron cinco años de lucha titánica con las fuerzas de la naturaleza, hasta que un día de 1933 cayeron los últimos gajos, para permitirle a Don David contemplar desde la costa el majestuoso Paraná Guazú.

En poco tiempo los trabajos complementarios le permitieron cumplir la promesa con que había desafiado al nuevo Presidente de la Nación: llegar a la Plaza de Mayo en su auto. Y llegó finalmente el 12 de Junio de 1933, fecha en que Don David emprendió la travesía. En la zona de Puerto Ninfas (luego Pto. Constanza) lo esperaba Don Lázaro Giusto con su lancha ya lista para cargar el pesado Fiat, sujetado fuertemente en la cubierta.

Así cruzaron hasta Zárate donde amarraron frente al viejo edificio de la Aduana. El auto fue atado con lingas y luego elevado con un guinche que lo depositó en sus escalinatas para terminar de ser subido. Con la seguridad de la meta cercana, Don David se puso en marcha nuevamente y recién se detuvo cuando llegó a la Plaza de Mayo. Se bajó con la displicencia de cualquier porteño que estaciona su automóvil. Pero él no era un porteño: era un entrerriano que había iniciado su viaje ¡en Gualeguaychú! y que al pisar la Casa Rosada pudo haber dicho como su poderoso ancestro: VENI, VIDI, VICI.

Fue recibido con todos los honores y con justa admiración por el entonces Presidente de la Nación Gral. Agustín P. Justo acompañado de los miembros de su gabinete. Ahora le tocaba a Justo cumplir la apuesta: en poco tiempo las máquinas del Ministerio Obras Públicas de la Nación completaban la obra y después la gestión del Diputado Juan Francisco Morrogh Bernard, daba concreción al nuevo servicio de balsas.

La culminación de la ruta y el viaje inaugural de Don David tuvieron amplia repercusión en los medios locales, provinciales y capitalinos. La finalización llegó con celeridad y para 1936 ya se viajaba a Buenos Aires por la nueva ruta, con lo que la duración del viaje se reducía a una cuarta parte de lo que hasta entonces insumía el trayecto por agua.

Las consecuencias se notaron casi de inmediato; a comienzos de la década siguiente una parte sensible de la producción zonal era trasladada a Buenos Aires por la nueva vía. Los primeros transportadores de pasajeros: Alfredo Castro, Ulises Luciano, Pablo Bendrich y Herman Fandrich, no sólo acercaron las distancias para nuestros copoblanos; muchos viajantes empezaban a incluirnos en sus trayectos y así nuevos hoteles empezaban a competir con el viejo y señorial Comercio. Prestigiosas embajadas artísticas llegaban a Gualeguaychú, y así, entre otros músicos de renombre, se recuerda a Nicolás Trimani y Pedrito Noda, que le dejaron a la ciudad un tributo de gratitud con el hermoso vals que lleva su nombre.

Luego vino el ripio, el puente de hierro del Paranacito, la rectificación del trayecto por puerto Brazo Largo y finalmente los grandes puentes inaugurados en 1977.

Seguramente que todo esto ya daba vueltas en los sueños juveniles de Don David, que se fue este mundo en 1944.

Los miles de pasajeros que viajan a diario no saben de él, ni desde cuando se abrió la ruta. Pero los Gualeguaychuenses lo recordaremos siempre, como aquel hombre visionario y luchador, que no descansó hasta culminar la obra que nos cambió la historia.

Sería bueno que las generaciones actuales lo recuerden siempre y cada vez que algún foráneo se admire de nuestro espíritu indómito y voluntad de lucha, les transmitan la página gloriosa que escribiera aquel heroico inmigrante.