domingo, 7 de junio de 2009

Diola y las Bibliotecas


Las dificultades crónicas que padecen las bibliotecas populares entrerrianas para recibir los aportes estatales y otros problemas conexos, fueron tema de la asamblea de la Federación de Bibliotecas Populares de Entre Ríos - FEBIPOER- realizada ayer en Colón.

Esa circunstancia despertó nuestro recuerdo sobre los inicios de la federación y el papel preponderante que jugó Diola Barel de Franchini. Y otros datos sobre la personalidad de esta mujer extraordinaria que hizo tanto por la cultura de Gualeguaychú.

En nuestro país, las bibliotecas populares son fruto de la prédica de Sarmiento, quien fue su impulsor a través de la Ley N° 419 de su autoría, en 1870. Por algo nuestra Sarmiento -la más antigua de E. Ríos y una de las pioneras en el país lleva -como muchas otras- su nombre. Fue fundada por inspiración de Olegario V. Andrade en 1869: un año antes de la mencionada ley.

Para 1980 había muchas bibliotecas por toda la provincia y cada una se las arreglaba como podía.
Si bien ya existía la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares, instituida por la Ley Sarmiento y la Confederación Argentina de Bibliotecas Populares, en Entre Ríos no había una entidad provincial como la que existía, p. ej., en Santa Fe. La CONABIP, Comisión Nacional de Bibliotecas Populares, se instituyó en 1986 con la nueva Ley, 23.351 que además, estableció un fondo especial.

Ante la necesidad de crear una entidad entrerriana, se iniciaron los contactos entre las bibliotecas, lo cual contó con el apoyo del Ministro de Gobierno de E. Ríos, Dr. Ricardo Maxit. La cruzada dio sus frutos y en una asamblea celebrada en el salón municipal Villaguay se fundó, el 17 de Octubre de 1981 la Federación Entrerriana de Bibliotecas Populares. Estuvieron presentes : Fiat Lux, de Colón; Sarmiento de La Paz; Onésimo Leguizamón de Rosario del Tala; Justo José de Urquiza de Paraná; Mariano Moreno de Mansilla; Mitre de Villa Elisa, Esteban Zorraquín de Villa Zorraquín; Gral. Urquiza de San José; Popular de Nogoyá; O. V. Andrade y Sarmiento de Gualeguaychú, Carlos Mastronardi de Gualeguay; Justo José de Urquiza de Federal; El Porvenir de C. del Uruguay; Juan José Paso de Colón; Alvarez Condarco de Chajarí; Domingo F. Sarmiento de Ubajay; Popular Urquiza de Chajarí; Barón Hirsch de Villa Clara; O. V. Andrade de Concordia; Sarmiento de Villa Domínguez y Urquiza de Sta. Elena. Además del Ministro, el Intendente de Villaguay, Patricio F. Dunne y la Directora Provincial de Cultura Celina Migoni, estuvieron presentes representantes de la Federación Santafesina y la Confederación Argentina.

Resuelta la fundación, se eligieron autoridades provisorias. La Presidencia no se discutió: en el ánimo de todos –menos en el de la interesada, por su clásico bajo perfil- estaba el nombre de la persona más reconocida y respetada: Diola Barel de Franchini. Obviamente, ella representaba la biblioteca O. V. Andrade del Instituto Magnasco. La Secretaría recayó en la Sra. Emerciana de Oliveira de Badaracco representante de nuestra Biblioteca Sarmiento. Después cumplieron esa función, otras dos amazonas de nuestra cultura: María de la Mercedes González de Rivero, Mamita, y Yolí Bortairy de Rébori.

En diciembre de 1981 se reúnen en la Biblioteca Mitre de Villaguay y eligen la Junta Ejecutiva, confirmando a Diola en la Presidencia, cargo que desempeñó hasta 1984, porque declinó ser reelecta cuando todas las miradas convergían nuevamente sobre ella.

La entidad se inició con el impulso de la entusiasta Presidenta. Ella instaba a las bibliotecas a que comprometieran el apoyo de sus Municipalidades y tomó contacto con la Confederación, las demás federaciones y la Secretaría de Cultura de la Nación. La federación consiguió exenciones en la certificación de balances y otros beneficios, promovió la capacitación de las bibliotecarias en catalogación y varios cursos itinerantes. Pese a estos logros, en la provincia se recuerda a la gestión Diola por dos acciones. Una, la ahora clásica Semana del Libro para Niños que se realiza en todas las bibliotecas de la provincia. La primera edición se realizó en 1984 y desde entonces, anualmente renueva su éxito.

La otra, fue la gestión por una ley que amparara a las bibliotecas populares de E. Ríos. Al proyecto lo ingresó en 1984 por el Senado, su sucesora Graciela W. Vergara Carrasco (de Villaguay) pero todos saben que la iniciativa fue de Diola. Es por ello que con esa ley ocurre algo singular: en lugar de asociarla al apellido de su autor, se la recuerda por el nombre de su inspiradora. Es la Ley Diola; no se necesita apellido para identificar su autoría.

Pero no fue fácil conseguir la ley y menos aún, su efectiva aplicación, después de sancionada. Ingresó a la Legislatura por la vía antedicha y el Senado la aprobó rápidamente en Julio de 1984. Pasó en revisión a Diputados, donde sufrió una prolongada demora y recién se sancionó en 1988, pese a la empeñosa insistencia de la Federación. Fue promulgada por el P. E. el 3 de Agosto de 1988 con el N° 8092 y debía ser reglamentada en treinta días, previa conformación de una comisión, según su art. 5.

Transcurrido un año, la bendita comisión no había sido integrada, lo cual no resultó ser lo más preocupante. Porque han transcurrido 21 años y la Ley de Amparo de Bibliotecas Populares de Entre Ríos, aún hoy está a la espera de su reglamentación.

Cuán justiciero homenaje para Diola sería que por fin se reglamentara esa Ley. El aporte móvil mensual allí previsto, equivalente al sueldo de un maestro, les evitaría a las sacrificadas bibliotecas, tan inmerecido padecimiento.

Algún día llegará, pero mientras tanto, recordaremos un poco más de ella, transcribiendo algunos conceptos vertidos en El Argentino con motivo de su 80° cumpleaños, bajo el título ¡Aguante Diola!: “Fue la última exponente de aquella pléyade femenina que conoció a Camila Nievas y que tanto hicieron por el Magnasco y la ciudad. Filucha Obispo le contagió la admiración por Camila y Pitina Salvarregui la introdujo en el Instituto”. Estaba sólidamente preparada para suceder a aquellas grandes: A su graduación como Maestra Normal, agregó los estudios de piano, francés e italiano. Esa era la base sobre la cual, por su condición de buceadora curiosa y sensible, cultivó el hábito de las buenas lecturas y la apreciación de todas las manifestaciones del arte, desde la pintura a la música y del teatro al ballet. Eso es en definitiva la cultura: la asimilación de los valores, a través de las diferentes formas de la estética. Con esa formación, ingresó a la Comisión Directiva del Instituto Magnasco, hace 50 años.

Desde entonces, Diola se convirtió en uno de los puntales o referentes como se dice ahora, de la entidad centenaria. Su obra en pro de la cultura de nuestro pueblo fue para ella, una tarea cotidiana. Podríamos decir un trabajo hormiga, de esos en que la perseverancia adquiere una dimensión admirable.

Aunque cueste creer, fue Presidenta del Magnasco por un sólo período. No obstante, siguió ocupando cargos en su Comisión Directiva: Secretaria, Tesorera y Vocal y con el paso de los años, se constituyó en fuente inagotable de inquietudes e iniciativas en bien de la entidad. Nadie conocía como ella, la rica historia del Magnasco: era su memoria viva.

Todo eso hubiera alcanzado para justificar nuestra admiración por Diola. Pero otra virtud le sumó un valor adicional a esa proverbial figura de andar cansino y de ojos tristes que iluminaban una sonrisa, cada vez que caía el telón y un cerrado aplauso coronaba alguna exitosa velada de cultura.

Era realmente modesta. Y no solamente rehuía los cargos y la figuración, sino que se sentía más cómoda actuando entre bambalinas. Publicó centenares de colaboraciones, siempre con las iniciales D.B.F. En varias oportunidades hacíamos con Diola una especie de sociedad, en la que yo aparecía en escena pero ella aportaba la letra, con tal profusión de datos, que hasta sobraba paño. Si salía bien, eso le era suficiente gratificación y más aún, si en su infaltable grabador quedaba registrado el testimonio.

Su cultura general era admirable. Pero no la exponía con urgencia, sino que fluía natural, respetando siempre a su interlocutor. No perdió nunca la sensibilidad ni la capacidad de conmoverse ante lo estéticamente valioso. Tampoco su afán porque todos pudieran acceder a la cultura: la que se va generando con los exponentes de la belleza y la armonía, a través de todas las vertientes, a través de todos los tiempos.

A una semana del Día del Libro, le brindamos esta recordación en su homenaje.

Instituto Magnasco y Anfiteatro "Diola Barel de Franchini"

sábado, 30 de mayo de 2009

El Padre Borques, nuestro primer historiador.


Sabemos que hay una calle Borques. Pero no mucho más. Seguramente los vecinos que viven en ella, poco recuerdan del personaje a quién alude ese nombre.

Juan Carlos Borques, como otros grandes curas que se quedaron en Gualeguaychú para siempre –Luis N. Palma y José María Colombo- no era nativo de nuestra ciudad. Nació en Montevideo en 1858 y vino muy joven a nuestro país para educarse con los jesuitas en el Colegio Inmaculada Concepción de Santa Fe. Allí se incorporó al seminario pero aún antes de ordenarse, el Obispo Santafesino, José María Gelabert y Crespo lo envió a Córdoba. Allí conoció al Obispo de esa ciudad Fray Mamerto Esquiú, quien lo recibió y hospedó con el trato propio de un familiar.

Regresa para completar su preparación y ya ordenado –en 1882- fue destinado por tres años a la Catedral de Paraná. Luego de su paso por Goya (Corrientes) y Rosario, (Santa Fe) como teniente cura, es designado canónigo por el Obispo de Paraná, Rosendo de la Lastra y Gordillo. En 1.899 viaja a Roma con 10 obispos y fue recibido por el Papa León XIII, autor de la célebre encíclica Rerum Novarum.

Desde 1910 fue Canónigo de la iglesia de La Merced en Buenos Aires y finalmente en 1915 viene a Gualeguaychú con sus padres Juan Manuel Borques y María Sánchez. Nunca más se fue de esta ciudad y aquí descansa junto a ellos desde su fallecimiento, el 6 de Septiembre de 1931.

Algo le vio el Obispo Santafesino para enviarlo a Córdoba antes de ordenarse; algo advirtió en él, el gran religioso franciscano y autor del célebre Sermón de la Constitución (1853) para alojarlo en su diócesis. Es que el joven cura era ante todo, un gran estudioso.

En todos sus destinos pastorales incursionaba en la documentación eclesiástica y ello le alumbraba el pasado de cada comunidad. Luego recurría a otras fuentes y así, sin haberse disciplinado en historia, devino un serio investigador.

Cuando llegó a Gualeguaychú, siguió complementando su tarea sacerdotal con la averiguación de nuestro pasado. Sin quererlo, se convirtió así en nuestro primer historiador, título que con toda justicia le confirió otro gran cultor de nuestro pasado: Don Horacio Romero.

En su trato humano, Borques tenía una gran sensibilidad gustaba de la buena lectura, la poesía, la música y la naturaleza. Esto último seguramente lo determinó a adquirir una chacra en el antiguo camino al cementerio. Pero su primera residencia estuvo en la esquina de calle 25 y la que desde 1974 lleva su nombre.

Se interesaba por muchos temas y era asiduo concurrente a tertulias en las que dialogaba largamente, sea con su amigo el Dr. Emilio Marchini, Don Luis Doello Jurado -su vecino- o tantos amigos que frecuentaba.

Entre lo mucho que escribió hay una exhaustiva investigación sobre la fundación de Rosario. Hizo importantes contribuciones sobre la fundación de Gualeguaychú y rescató valiosas cartas de Fray Sebastián Malvar y Pinto, primer Obispo del Río de la Plata, en las que se preocupaba por el abandono de las capillas de nuestra zona.

Aportó también muchos datos sobre la vida de Fray Mamerto Esquiú, que volcó en su libro Reminiscencias.

Sobre nuestro pasado, hizo múltiples investigaciones: la vida del Padre Vicente Martínez (quien en 1863 inició la obra de nuestro templo mayor) y una cantidad de trabajos monográficos sobre diversos temas de la ciudad, sus instituciones y personajes que sería largo de enumerar en esta nota. La mayor parte de esas investigaciones quedó inédita y su documentación se conserva en las numerosas carpetas de su archivo.

Seguramente cuando por fin se acometa la gran tarea colectiva de recopilar, sistematizar y publicar la historia de Gualeguaychú, la valiosa colección del Padre Borques será una de las fuentes más preciadas por los investigadores.

Pero sin duda el trabajo más valioso fue volcado en su libro "Ensayo Histórico sobre el Periodismo de Gualeguaychú -1849-1870", editado en 1919. Él había tenido acceso a los pocos ejemplares que quedaban de los primeros periódicos de nuestra ciudad, a partir de El Progreso de Entre Ríos que dirigía Don Isidoro de María (uruguayo como él) desde 1849 y los que le sucedieron, durante la vida de Urquiza. Es bueno tenerlo presente, justamente a una semana de celebrarse el Día del Periodista.

Tan calificado lector no podía tener una biblioteca menor: reunió 2600 ejemplares. En 1931, después de su muerte, según su última voluntad, todos sus libros, numerosas carpetas, manuscritos y la valiosa documentación referida, fueron entregados por sus familiares al Instituto O. Magnasco después de su muerte. Pero la colección Borques tenía “una yapa” que nadie se imaginaba: entre los libros antiguos había un incunable impreso en 1489. Posiblemente esa reliquia bibliográfica equivalga al resto de la biblioteca. Fue descubierto con gran sorpresa por Camila Nievas a su regreso de Europa, cuando visitara la Biblioteca de Berlín.

Sus restos descansan en el Cementerio Norte junto a sus padres en una tumba que fue declarada histórica por Ordenanza del Honorable Concejo Deliberante a mediados de 2005.
Previamente en 1974, el H. Concejo, había impuesto su nombre a la ex calle Villaguay.

El 17 de Noviembre de 2007, la Municipalidad de Gualeguaychú y un grupo de instituciones y vecinos de la ciudad, impulsados por su gran admirador el Padre Luis Jeannot Sueyro, le tributó un homenaje junto a su tumba recién restaurada, previa reposición de la lápida recordatoria. Lástima que éramos pocos.

Ultima residencia de Borques en la esquina de Rivadavia y San José (esq. NE)
(Ex Coca Cola. Hoy Supermercado Dia)
La primera casa que compró cuando vino en 1915, fue la de 25 y Villaguay (hoy Borques). Despues se mudó a Luis N Palma y Santiago Diaz donde lo tuvo de vecino a Luis Doello Jurado.

domingo, 24 de mayo de 2009

Amor y Primavera, Madre de Orquestas



Noventa años atrás, Gualeguaychú ya experimentaba el progreso generado por la producción del campo, con el esfuerzo común de sus hijos, criollos y adoptivos. Calles empedradas, ferrocarril, tranvía, teléfono, telégrafo, electricidad y algunos edificios de dos plantas. A las numerosas escuelas primarias se habían sumado dos establecimientos secundarios y contábamos con hospital, bibliotecas, teatro, frigorífico, molinos y otras industrias. Un grupo de vecinos, iniciaba por entonces la quijotada que nos daría después comunicación terrestre con Buenos Aires.

Numerosos clubes deportivos se habían fundado en la década del centenario y la vida social también tuvo sus cambios. Desde mucho antes existían las sociedades de bailes, creadas a ese exclusivo fin. La música había estado a cargo de sucesivos conjuntos en los cuales, los inmigrantes aportaban sus instrumentos y virtuosismo. Así se formaron las bandas del pueblo, las de las distintas colectividades o de alguna escuela, como la de Artes y Oficios.

Pero fue en la década de 1920 cuando Gualeguaychú tuvo su primera gran orquesta: Amor y Primavera. No podían haberle puesto un nombre más romántico y representativo de aquella belle epoque.

Tan en serio fue el emprendimiento de aquel grupo de músicos, que no sólo crearon el conjunto musical en sí, sino una asociación civil con todas las formalidades legales, que se llamó Sociedad Filarmónica Amor y Primavera. La palabra “filarmónica” significa “amigos de la música” y era usual la creación de este tipo de entidades. Esa denominación de la sociedad aludía, más al espíritu y objetivos de sus fundadores, que al tipo de música que ejecutaban, que por cierto, era de muy amplio repertorio. Tenía domicilio social, su sede en una casa alquilada, estatutos, comisión directiva, órgano revisor, libros de actas, balances, inventarios y reglamento.

Entre sus miembros directivos podemos mencionar a los siguientes músicos: Américo Spoturno, Ismael Rébora, Alejandro Jano Denegri, Kuroki S. Murúa, José María Bozzano, Adrián V. Ríos, Joaquín Godoy, Eduardo Fernández, Miguel Echandi y Juan Carlos Behigo, entre otros. Cada actuación se trataba y resolvía en reunión de Comisión Directiva, los días viernes; los ensayos se realizaban los martes.

El motivo del enorme prestigio alcanzado, es que cada uno de estos músicos era un virtuoso en su respectivo instrumento, es decir que juntos constituían una especie de selección. Sin perjuicio de que algunos brillaron en distintos instrumentos, como el caso de Kuroki Murúa que en esta orquesta tocaba guitarra y en las décadas siguientes fue un consagrado bandoneonista.

Interpretaban la música que gustaba en la época: valses, pasodobles, tangos y milongas, polkas, rancheras, shotís. Y un ritmo novedoso que comenzaba a imponerse: el fox trot. Amor y Primavera tenía una amplia gama de compromisos que abarcaban las veladas de las entidades recreativas de bailes como La Lira (que funcionaba en el local de la Societé Fracaise en Luis N. Palma, a media cuadra de la Plaza), La Aurora (funcionaba en el imponente local de Argentinos y Orientales en la misma calle), La Juventud (que no tenía relación con el club del mismo nombre) Sociedad Operari Italiana y otras. También en escuelas, de la ciudad y del campo, casas de familia, teatros y otros auditorios.

Pero sin duda el mayor protagonismo lo adquiría en los corsos de la época. Era el período de los palcos engalanados en la calle 25 de Mayo y coincidente con el auge de la más prestigiosa agrupación carnavalera de la época: La Comparsa de Nerón. Precisamente, ésta con Amor y Primavera eran los máximos atractivos de aquellos fastuosos carnavales.

En el carnaval de de 1927, por ejemplo, luego de acordar las condiciones con la Comisión Municipal de Corsos, la orquesta requirió el préstamo de algunos instrumentos de refuerzo para la ocasión, como un trombón que facilitó el Sr. José Sgrizzi y le fue adjudicado para su ejecución a Juan Centurión. También hubo que incorporar un flautista: Juan Antonio Rébora. En consecuencia, ese año la orquesta se integró para el carnaval con los siguientes músicos: violines, José M. Bozzano, Américo Sopturno, Juan Carlos Behigo, Ismael Rébora y Alfredo Sgrizzi. Trombón: Juan Centurión; flauta: Juan Antonio Rébora, mandolín: Eduardo Fernández; guitarras: Joaquín Godoy, Kuroki Murúa, Juan Del Valle y Salvador Rébora.

Para la ocasión contrataron el camión del Sr. Juan Antonio Uriarte¸ quien no cobró por su alquiler, a cambio de solventarle algunas reparaciones. El vehículo era engalanado para las salidas en carnaval; algunas veces lo adornaban con una lira u otro instrumento; en otras ocasiones lo carrozaban con la figura de un cisne.

Entre las escuelas que más visitaban, se recuerda a la de la Srta. Torrilla que organizaba bazares a beneficio del establecimiento. También concurrían seguido a la escuela del Barrio Franco que dirigía la Sra. Ángela G. de Gavazzo. Para esas actuaciones fijaban un precio especial: $ 60. También amenizaban casamientos, bailes en el campo, viajaban a Urdinarrain y otras localidades vecinas y actuaban en casas de familia, como p, ej., en las del Sr. Ricardo Nieto y Don Ernesto Rossi, entre otros.

Para la década del 30 la sociedad Amor y Primavera se había disuelto. Sin embargo, algunos de sus músicos continuaron actuando junto a otros colegas, en diferentes agrupaciones estables o espontáneas, algunas sin nombre. Para entonces se habían incorporado José P. S. Merello (Palito), Alfredo Angerosa, Elizondo, Cachicho Delmagro y otros. De esos continuadores surgieron las dos grandes orquestas que ocuparían la escena en las décadas siguientes: las de Kuroki Murúa y Alfredo Orlando Angerosa. Algunos de los eximios integrantes de Amor y Primavera aparecen en los años subsiguientes integrando la célebre orquesta del Maestro Luis Quaranta que incursionó en la música clásica.

Nos ocuparemos de esas otras orquestas más adelante, pero queríamos recordar hoy a la prestigiosa agrupación de los años veinte, madre y modelo de sus continuadoras.

El entonces suntuoso edificio de "Entre Argentinos y Orientales" que aún subsiste en calle Palma. En su salón de plata alta se realizaban los bailes de "La Aurora".

sábado, 16 de mayo de 2009

Don Saturnino y el Parque

Vista aérea del Parque Unuzé

A principios del siglo pasado, Saturnino Jacinto Unzué poseía una gran extensión de campo sobre el Río Uruguay, incluidas algunas islas. Quienes lo navegaban sabían que el paso por esa propiedad, insumía ¡10 horas de navegación! Comenzaban en la Isla San Lorenzo en el km. 132 -que custodiara don Demetrio Ovcherenko- y terminaban en la boca del Gualeguaychú. No eran tierras carentes de mejoras: tenían instalaciones, como la barraca que regenteara don Guillermo Schaumann y la lechería, tambo frente a la Isla Libertad.

Pero su mayor emprendimiento fue la construcción, del Puerto Unzué, en un lugar estratégico de aguas profundas sobre el km. 104. O sea, al norte del actual Puente General San Martín, frente a la Isla Abrigo. Aunque la obra no pudo terminarse, se emplazó un muro de contención, desde el cual salía un muelle de madera que avanzaba sobre el río. Hubo que hacer un balizamiento, pues el canal de navegación pasaba cerca de la costa.

Para compensar la depresión que separaba el puerto de las tierras altas, se hizo un terraplén a pala de buey y un puente sobre el Arroyo Laguna del Tigre. Ambas obras, figuran en las cartas de navegación. Esta comunicación era para unir el muelle con los galpones. El trayecto sería cubierto por zorras de carga, para lo cual se efectuó un gran acopio de durmientes.

Unzué afectó 6 hectáreas a la fabricación de ladrillos, bajo la dirección del Sr. Zoilo. Este visionario proyecto, no sólo hubiera servido a los intereses de su realizador, sino a la economía regional, durante el tiempo en que carecimos de vinculación terrestre con Buenos Aires. Aún hoy, esa posibilidad no ha dejado de tener vigencia. Sin embargo quedó trunca, porque incidieron otros intereses, a los que les resultó fácil activar la máquina de impedir de la burocracia capitalina. También Unzué poseía la barraca de Friendenberg y la balsa que manipulaba don Joaquín Gorosterrazú, cotidiana protagonista en nuestro río.

Saturnino y su esposa, Inés Dorrego, eran católicos y practicaban la caridad cristiana. Proveían la carne para el Asilo La Caridad y colaboraban con la Sociedad de Beneficencia. Muchos chicos humildes de la costa, eran bautizados con el padrinazgo de don Saturnino, quien cumplía ese rol, no precisamente como un padrino pelado.

En vida, Saturnino se ocupó del destino de sus tierras. Contrató un ingeniero inglés para dividir su campo en 6 lotes, a repartir entre sus hermanas, ya que no tenía hijos, aunque adoptó a Juanita Díaz Unzué, luego duquesa de Luynnes. Pero en verdad tenía 7 lotes porque el séptimo era don Teodoro "Lote" Heredia, uno de sus ahijados, acompañante en las recorridas camperas. Hoy, con 97 años, Lote surca a remo las aguas del río, con igual vitalidad que cuando era repartidor de la lechería.

Cantado destino, el del memorioso Lote, cuyos relatos nos ilustran sobre el Sr. Unzué. Porque de chico fue su boyero -niño ayudante- y de grande, el boyero mayor de toda la zona, ya que como empleado del Ministerio de O. Públicas, se encargaba de mantener las boyas del bajo Uruguay y el Gualeguaychú.

Al distribuir sus propiedades, en 1920, Saturnino tuvo otro un de generosidad hacia la ciudad: donó a la Municipalidad una extensión de 115 hectáreas, frente al casco urbano, para paseo público. Lo entregó alambrado, con el compromiso de la comuna, de hacer obras complementarias.

El Parque era una zona baja, con su monte de árboles silvestres, zanjones, y juncales. Mientras permaneció así, pocos vecinos cruzaban: iban los pescadores, el Negro Albariño -uno de los boxeadores que surgieron después de Firpo-Dempsey (1923) quien colgaba su puching-ball en un tala. Pero su cliente más conocido era el Padre Colombo, quien concurría con los niños de su Escuela de Artes y Oficios. Para las familias de la ciudad, ir al parque de picnic, constituía una travesía que se hacía de vez en cuando.

Después de la donación, transcurrieron 10 años sin que la Municipalidad realizara las obras prometidas. Ello ocasionó un planteo Saturnino, quien llegó a hablar de revocación. Entonces se dio una confluencia de circunstancias: por una parte, en 1931, la habilitación del puente y como consecuencia, el Intendente Bernardo Luis Peyret, prestigioso docente, ex Director de la Escuela Normal tomó la determinación de remodelar el Parque.

Grande fue la tarea, que contó con el aporte de una comisión de vecinos. Hicieron hacer terraplenes, rellenaron esteros, hubo que desmalezar, limpiar, nivelar y reforestar algunos sectores agrestes. Contó Peyret con los servicios de parquero que se quedó para siempre: don Ramón Barzola. Es justo recordar entonces a quien plantó tantos eucaliptos, tipas y otras especies. Más tarde, durante la Intendencia de Pedro Jurado, el vivero se trasladó al parque y don Ramón lo siguió atendiendo. Conocía tan bien su oficio, que no hubo exposición en la cual no ganara premios con sus plantas.

La habilitación del puente insufló vida al parque, que se convirtió en el gran paseo de Gualeguaychú. El pueblo se volcó primero al Parque Chico, que cobró impulso no sólo por las obras de urbanización, sino también por los clubes, a los que se les otorgaron solares en concesión.

Así, en 1931, el grupo que presidía el Dr. Mario García Reynoso funda el Club Náutico, una de cuyas primeras instalaciones fue la casilla antes afectada a la balsa que atendía Joaquín Gorosterrazú. A principios de 1935, un grupo de jóvenes, que practicaba deportes náuticos en la Isla Libertad, funda el Club Neptunia. La nueva entidad organiza festivales con nadadores paranaenses y santafesinos, que culminaban con brillantes demostraciones de saltos ornamentales a cargo de Julio Bibé y Alberto Buschiazzo.

A partir de 1937, Neptunia organizó carreras de autos que congregaban mucho público. En ellas, Topa Oppen, Pito Rossi, Herman Fandrich, Chelo Murature, Florencio Sturla y Corcho Pérez Chiama, protagonizaron vibrantes competencias.


Inauguración del Balneario del Club Náutico - 1931

En 1939 el Racing Club habilitó su cancha de fútbol donde también organizó festivales artísticos. Allí nació el vals A Gualeguaychú.

En 1942, durante la Intendencia de Claudio Méndez Casariego, con un monumental baile, se inaugura el Chateau Vert. Otra velada bailable inolvidable el Neptunia en diciembre del 46, con la actuación de Francisco Canaro y su cantor Roberto Rufino. Tocaba el piano un jovencito: Mariano Mores.

La Isla de la Libertad también empezó a poblarse, en base al loteo hecho por su dueño, Horacio Rébori, por 1940. Hacia los fondos de Racing, funcionó el primer Balneario Municipal, de cuyas instalaciones se conserva el característico tanque. Viniendo por la costa, se encontraba el Lusera, cerca de El Tanque y Los Sauces.

Más al Norte, calle de por medio, estaba el recreo El Tala, de los Roldán. Por las tardecitas las familias llevaban sus hijos a tomar leche al pie de la vaca. Lástima que los chicos puebleros de hoy, no puedan revivir esa maravillosa experiencia.

Los juegos infantiles entretenían a los niños; los palomares de las cercanías llenaban el cielo de alas y bellas estatuas y monumentos ornamentaron el parque. La red de parlantes instalada por Enrique Betolaza, uno de los comerciantes más progresistas que conoció Gualeguaychú, propalaba música y avisos. Por $ 0,20 podía alquilarse una charrette y dar un paseo; también había mateos y hasta ponies. Los fines de semana se sumaba otra atracción muy novedosa: cine al aire libre en el Chateau. Las películas eran proyectadas por un personaje emblemático: Carlos Aurelio -el Pato- Cepeda.

Antigua Cantina del Club Náutico

Como lo recordara Enrique Piaggio, recién en esa época, el público descubrió las bondades del río, ya que no había sido utilizado como lugar de recreación. Contribuyó mucho a ello el Lobo Pérez, a quien se recuerda como el hombre que enseñó a nadar a los gualeguaychuenses. Fue el pionero de ese deporte en nuestro medio; impartía sus clases en la punta de la Isla.

En la década del 40, ya era intensa la vida nocturna del Parque: desde las kermesses de Racing, hasta los bailes del Tanque o Los Sauces, las actuaciones de los cuartetos en El Tala y la pista de baile del Neptunia. Aquella seguidilla de tertulias, le dio al Parque Unzué una intensidad de actividades sociales y deportivas, que hasta hoy no ha recuperado.

Acceso al CNG con el Henry J de Kuki Risso

sábado, 9 de mayo de 2009

Gervasio Méndez, Poeta Desde El Dolor



Cuesta imaginar que cualquiera de nosotros, estando enfermo, escriba desde la cama. Menos aún, si se padece dolor. ¿Quién podría inspirarse en esas condiciones? Si además, la postración perdura casi treinta años y se agrava con parálisis progresiva, resulta imposible imaginar que pueda nacer la motivación artística. Si embargo, eso es lo que hizo Gervasio Méndez, en la mayor parte de su vida.

Su nombre completo era Gervasio Bibiano; había nacido en Gualeguaychú el 30 de Diciembre de 1843, en calles Urquiza y Comercio (actual Mitre) ángulo SE, luego local de la confitería De La cruz Hermanos y en el siglo siguiente, del Bar Mitre. Justamente donde hoy vive quien acá lo está recordando.

Era hijo de Ambrosia de León, nieta de Agustín José De León, uno de los primeros habitantes de Gualeguaychú. Su padre era Gervasio Méndez.

Fue poco a la escuela porque debió ayudar a su madre que no tenía recursos y por ello trabajó desde niño en algunos comercios de la ciudad: una venta de baratijas frente a la Farmacia El Globo (actual Urquiza y Perón) y también en la zapatería de Yorio. Años después, instaló en la misma zona, su propio negocio de mercería.

Era muy apuesto, o fachudo, como se dice ahora, lo suficiente para hacer suspirar a más de una chica. Y como en aquella época, el amor se conquistaba por vía de las palabras bellas y el piropo bien adornado, él contaba con la ventaja adicional de ser un buen decidor de cosas lindas.

A los dieciséis años empezó a escribir poemas y prosa. En 1863, es decir, a los veinte años, ya colaboraba- junto a Emilio Onrubia, Manuel Olazábal y Laurindo Lafuente- en el combativo diario La Democracia que dirigía Eulogio Enciso, periodista de Bs. Aires, traído como refuerzo para enfrentar a su rival El Pueblo Entrerriano, que contaba con las plumas de Olegario V. Andrade, Eugenio Gómez y Marcos Emilio Funes.

De esa época data su poema suyo de amor A María, que permaneció inédito, hasta que lo transcribió el Padre J. C. Borques en su Ensayo Histórico sobre el Periodismo de Gualeguaychú.

En 1868 Gervasio Méndez, como muchos gualeguaychuenses, vive un drama que lo impresiona hondamente: la gran epidemia de cólera que ocasionó centenares de muertos. A tal punto, que para los enterramientos, debieron improvisarse fosas comunes y zanjeos en los campos y suburbios. A fin de ayudar a los familiares de los muertos y sus huérfanos, se creó la Sociedad de Salud y Socorro que presidía Bernardo Goyri e integraban Mariano Jurado, Nicolás Martínez Fonte, Juan Mac Dougall, Luis Clavarino y los curas Inocencio Rosetti y Vicente Martínez. Este último, que tuvo a su cargo la primera parte de la construcción de la Parroquia San José, organizó una gran procesión alrededor de la Plaza Independencia (actual San Martín) llamada Súplica de Piedad para pedir por los enfermos. Gervasio, que participaba, quedó profundamente conmovido al ver aquel sacerdote arrodillarse muchas veces, clamando a la Virgen del Rosario misericordia y perdón. Lo volcó en un poema, en una de cuyas estrofas decía:

Vibran señor en mi oído
El místico y dolorido
Acento de la oración
Conque a Dios le suplicabas
Y de rodillas clamabas
Misericordia y perdón!

Dos años después -1870- al conocerse acá el asesinato de Urquiza, para enfrentar a las tropas de López Jordán se funda el Batallón 15 de Abril al mando de Reynaldo Villar y allí encontramos a Gervasio Méndez junto a Inocencio Furques, Polidoro Espinosa, Eleuterio Grané, Policarpo de la Cruz, Juan Casacuberta, Ladislao Barañao, Bautista Latallada, Félix Jurado, Asencio Muñoz y Luis Luciano, entre otros. Fue el que sostuvo el Combate de la Isla en Noviembre de 1870, al que hemos referido en otra nota. Olegario V. Andrade, amigo de Gervasio, decía que aquel soldado-poeta, llevaba los versos en la cartuchera.

Poco tiempo después empieza a sentir los primeros síntomas de la grave enfermedad. Viaja a Buenos Aires en procura de mejor atención; regresa, pero en 1876 se va allá definitivamente.
Entre los que se acercan a visitarlo están: Martín Coronado, Horacio Mendizábal, Carlos Guido Spano, Rafael Obligado y por supuesto Olegario Andrade y su hija Agustina. Vivía en calle Paraná entre Charcas y Santa Fe y durante muchos años lo amparó su hermana Inés Méndez de Cufré.

Enfermo y pobre, inspiraba lástima. Eso era precisamente lo que nunca había querido y por ello lo expresó de este modo:

Pobre! dicen algunos,
Así, con cierto desprecio
Al mirar la cadena
Que paraliza mi cuerpo.
Y yo exclamo al oírlos
Con el desdén que inspira el necio
Más pobres seréis vosotros
Que tenéis paralítico el cerebro.

En Gualeguaychú, sus amigos organizan una colecta para ayudarlo. Eran iniciativas habituales, tanto para el templo, una escuela, caridad o para un poeta enfermo. Entre los organizadores estaban: Delfín Camejo, Honoré Roustán, Dolores Jurado y Modesta Jurado de Doello.

Ayudado por sus amigos, en 1878 funda -desde la cama- la revista El Álbum del Hogar y pese a su estado, crece su fama en Buenos Aires. Agustín García Merou relataba en Recuerdos Literarios, que lo encontró un día haciendo cigarros para una cigarrería de calle Florida.

A principios de 1878 lo visita Bartolito Mitre y Vedia, en nombre de la comisión popular que impulsaba la repatriación de los restos de José de San Martín. Le pide a Gervasio que escriba un poema alusivo y éste le contesta vehemente: ¡Yo no escribo versos! El joven Mitre insiste: pero su nombre no puede estar ausente..

-¿Qué debo hacer? interrumpe el poeta en actitud de ceder. Luego lo apestilla: ¿lo leerá usted? Bartolito lo leyó magistralmente el 28 de Mayo de 1878 en el viejo Teatro Colón:

¡No podía morir, cupo en la tumba
la gigantesca talla de su cuerpo.
¡Para encerrar su nombre y su memoria,
el hogar de la muerte era pequeño!

Sucesivos aplausos lo interrumpían y Mitre continuaba:

¡No cabía su espíritu grandioso
En la mansión eterna del silencio!...

Al otro día, todo Buenos Aires hablaba de Gervasio Méndez; fue una hora de felicidad, en 25 años de tormento.

Rubén Darío quiso visitarlo pero Miguel Escalada lo disuadió: no vaya, es un semicadáver...El gran nicaragüense, posteriormente describió aquel drama por comparación: Baudaleire (Charles, el poeta maldito) entristece, Heine da pena, Méndez espanta".

En 1882 cuando muere su amigo Andrade, hace su única salida. En La Recoleta sorprende a la muchedumbre, abriéndose paso en su silla de ruedas. Lleva en sus manos una corona de laureles, ganada en un importante certamen literario; la coloca sobre el féretro e inicia su emocionante despedida:

Condensada en mis lágrimas te dejo
Todo el triste poema de la muerte
Y este laurel que es símbolo de gloria
¡Arrancado a mi sien para tu frente!

Murió en Bs. Aires el 18 de Abril de 1897. En la década siguiente se impone su nombre a la escuela provincial fundada en 1908 en la Plaza de Frutos que en 1936 se traslada a su actual ubicación en la antigua casa de la familia Cepeda. Aquel mismo año 1908, por iniciativa de los concejales Pedro Olaechea y Jerónimo Vela, se impone su nombre a la antigua calle Uruguay. Sus restos fueron traídos el 23 de Mayo de 1943, con motivo del centenario de su nacimiento.

Un año antes, Trimani y Noda incluían su nombre en el hermoso Vals a Gualeguaychú, junto a los otros vates que cimentan nuestra fama de ciudad de los poetas: Olegario V. Andrade y Luis N. Palma. Un busto suyo integra el Rincón de los Poetas, inaugurado el 20 de octubre de 1965, en la Plaza San Martín, a metros de su casa natal.

Sería interesante que los circuitos histórico-culturales proyectados en el Cementerio Norte, incluyan su tumba. Así, cada visitante que pase, pueda tomar conocimiento de la fortaleza moral de este gualeguaychuense heroico cuyo espíritu le inspiró versos inolvidables, con los cuales le puso alas a su cruel inmovilidad.

domingo, 3 de mayo de 2009

¡Felices Noventa! Sagrada Familia


A principios del siglo pasado, la ciudad crecía hacia el Oeste, más que hacia otras direcciones. Numerosas familias se radicaban en esa zona y los negocios se establecían sobre la calle 25 de Mayo, que servía como eje de la expansión.

Al fondo, el importante edificio del nuevo hospital, se destacaba sobre el nivel del caserío de la época. Las damas de la Sociedad de Beneficencia, habían costeado su construcción, que venía a ser el logro mayor, luego de una serie de obras concretadas en la larga presidencia de Doña Cornelia Villar de Seguí, una de sus fundadoras.

El año de inicio -1910- de trascendente significado histórico, inspiró el nombre de "Centenario" impuesto al nuevo Hospital, que reemplazó al anterior, llamado "de la Caridad", por la humanitaria entrega, tanto de las integrantes de la Sociedad de Beneficencia como de las Hermanas Vicentinas que allí socorrían a los enfermos, bajo la tutela espiritual de los curas capellanes.

Habían pasado seis años de la inauguración del hospital (30-8-1913) y no cesaba el constante crecimiento de la actividad, su consecuente ampliación edilicia y sobre todo el aumento poblacional de la zona que se integraba con las quintas de los alrededores, donde luego se construyeron los nuevos barrios. Muchos de los vecinos de esa zona oeste eran de origen inmigratorio, por lo que predominaban los apellidos españoles e italianos, todos fervientes católicos, que enviaban sus hijos a la escuelita de las Hermanas Vicenta y Luisa, frente al Hospital (hoy Escuela Mercedes San Martín de Balcarce). Los piadosos padres Aniceto y Juan Treserra, recorrían la creciente barriada, manteniendo contacto con su grey.

Pero los días domingos, las familias enteras debían trasladarse hasta la Parroquia San José, que era por entonces la única del pueblo. Fue en aquella época, que nació la idea de fundar una capilla que sirviera como sede a la capellanía del hospital, residencia del Capellán y a la vez, templo para la comunidad católica de toda la zona Oeste. Por entonces, era Párroco en Gualeguaychú -desde 1905- el hombre que más obras humanitarias realizó durante la primera mitad del siglo: el R. P. José María Colombo.

Cuando recibió la inquietud por parte del Capellán y algunos vecinos del Barrio Oeste, el Padre Colombo, como visionario y ejecutivo que era, se constituyó en gestor y entusiasta impulsor de la idea. En pocas semanas solucionó el problema del costo y puso la obra en marcha; el terreno, de 25 de Mayo y actual Pasteur, fue donado por los esposos Pedro Borrajo y Felipa Irazusta -Pipa- hermana de una gran Presidenta que tuviera la Sociedad de Beneficencia Doña Lola Irazusta de De Deken.

La construcción de la capilla fue costeada íntegramente por la señorita Martina Duarte, que pertenecía a una familia tradicional de nuestra ciudad, cuya residencia era la finca de 25 de Mayo y Humberto Primo (actual Italia) adquirida en 1943 por Don Isaac Manuel Álvarez. El proyecto y la ejecución de la obra estuvieron a cargo de la empresa Millet de Buenos Aires, aunque algunos trabajos los hizo el constructor local David Angelini. El diseño del edificio fue concebido en un estilo de reminiscencias góticas, de aspecto sobrio y líneas sencillas. En el interior se destacan su bello altar, construido en mármol de carrara (luego remodelado, en épocas del Padre Locatelli), las escenas del Vía Crucis y los hermosos vitrales dedicados a la Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, con escenas de su aparición ante Sor Catalina Labouré.

La inauguración tuvo lugar en la histórica jornada del 3 de Mayo de 1919; hace hoy exactamente noventa años. Ese acontecimiento significó para Gualeguaychú una jornada memorable, que bien podría compararse con la de la Iglesia San José o la llegada del primer ferrocarril, importantes sucesos de treinta años antes, que habían tenido como figura protagónica al Padre Luis N. Palma.

Para bendecir la nueva Capilla, que nacía bajo la advocación de La Sagrada Familia, concurrió a Gualeguaychú el Obispo Auxiliar de Paraná, Monseñor Nicolás Di Carlo. El acto de ese 3 de Mayo se realizó con toda solemnidad y constituyó un importante acontecimiento religioso y social para la época. A mediodía, en esa jornada inaugural, se sirvió un almuerzo en el local del Colegio de la Inmaculada, del que participaron autoridades, invitados y vecinos. Por la larde, el Obispo Di Carlo pronunció un sermón que puso de manifiesto sus extraordinarias dotes oratorias.

La nueva Capilla fue muy bien recibida por todos, ya que respondía a una real necesidad espiritual de esa zona. Desde ese momento, sus vecinos tuvieron un templo cercano al cual asistir. Hasta hoy, la concurrencia continúa desbordando el recinto.

La breve visita inaugural bastó para que la perspicacia de Monseñor Di Carlo previera que esa capilla no sería suficiente. Al punto que en la propia Acta de Creación de la Capilla, el Obispo señala la necesidad de ponerse a trabajar para dotar al barrio de una Parroquia. Y antes de emprender su regreso a Paraná, imparte instrucciones precisas al primer Capellán de La Sagrada Familia, el Padre José De Luca, para que inicie esa campaña.

Cinco años después, el 22 de Diciembre de 1924, se dispone desde el Obispado, la creación de la nueva Parroquia para el barrio Oeste: eso ocurrió el 1° de Enero de 1925. Como todavía no se tenía el edificio, Monseñor Abel Bazán y Bustos, determinó que la nueva Parroquia, funcionara provisoriamente en el edificio de la capilla La Sagrada Familia. Diez años de trabajo demandó la construcción del nuevo templo, cuyas dimensiones, en aquella época, eran una verdadera avanzada para la zona. Por fin, en 1934, la cristiandad del barrio Oeste vive su jornada más trascendente, al inaugurar el nuevo templo de Nuestra Señora de los Dolores y Santa Teresita, que quedó a cargo del Párroco José Schachtel.

Desde entonces, tiene allí su asiento la Parroquia creada en 1925. Y el templo de La Sagrada Familia volvió a su originaria condición de Capilla. Luego del Padre José De Luca, que se desempeñó desde la inauguración hasta 1929, fueron capellanes: el Padre José Schachtel hasta 1934; Juan Treserra, Andrés David, Marcos Panozzo, Mario Vela, Luis Rechner, Juan Carlos Locatelli y en estos últimos dos años, el Padre Horacio Carlés, por cuya sencillez y firmeza espiritual, la feligresía del barrio Oeste, lo considera un digno sucesor de aquellos admirables capellanes.