domingo, 28 de junio de 2009

María Eloisa de Elía, El Castillo y mucho más

Las generaciones jóvenes no la conocen. Los mayores la recuerdan como profesora de Dibujo y la asocian con un legado emblemático que dejó a Gualeguaychú: el castillo del río. Esta nota tiene por objeto rememorar todo lo demás que nos dejó y rescatar de un injusto olvido a esta mujer admirable.


No era oriunda de nuestra ciudad; nació el 6 de febrero de 1894, en Concepción del Uruguay, hija de Policarpo de Elía y Matilde Gaillard. Sus ascendientes maternos habían llegado a Entre Ríos con la inmigración de los cantones suizos que se instalaron en San José. Su abuelo Gaillard era herrero artístico y su madre suiza integró la primera promoción de maestras de la Escuela Normal de esa ciudad. Ella la inició en el amor a la pintura y le enseñó los tres idiomas que dominaba.

Con sus padres y su hermana menor, Matilde, se trasladó a Paraná en cuya Escuela Normal se graduó de Profesora de Enseñanza Secundaria. Paralelamente estudió pintura con el uruguayo Ángel Prieto, célebre miniaturista. También estudió caligrafía. En marzo de 1911 la familia se traslada a Gualeguaychú donde ingresa como Profesora de Dibujo y Caligrafía en la recién inaugurada Escuela Normal. En 1916 se incorpora como docente al Colegio Nacional que acababa de oficializarse. Curiosamente, su hermana menor, egresó con esa primera promoción. Matilde tiene hoy 106 años. El 20 de Agosto de 1931 María Eloisa se casó con José Sala Hernández. Tuvieron dos hijos: José, que murió a los 14 años de una enfermedad congénita y Rafael.

En el Colegio, trabó amistad con su colega docente Don Horacio Rébori y cuando éste compró toda la Isla de la Libertad en 1917, mucho antes de lotearla, le regaló a María Eloisa el solar conocido como "peñón del puerto". Allí hizo construir con David Angelini el chalet "Edelweiss" que ella misma dibujara: mezcla de anglo normando con toques de neogótico; combinación de castillo y casa de muñecas, jugando graciosamente con los volúmenes. Dejó de habitarlo en 1959, cuando se jubiló y coincidentemente se produjo la gran creciente. Y ahí quedó para la admiración de las nuevas generaciones, lugareños y turistas.

Pero hizo muchas cosas más: Algunas las vemos a diario, sin saber que salieron de su manos. Otras permanecen a la espera de la difusión que merecen. En 1948 el R. P. Pedro Blasón, le encargó que diseñara el camarino de la Virgen del Rosario, elemento central del altar mayor de la actual Catedral. Ella lo bosquejó en estilo renacimiento italiano, con rosas y hojas de acanto en bajorrelieve. Hizo traer de San Luis el ónix para las columnas y la cúpula del templete, que semeja una filigrana, se hizo con bronce donado por muchas familias de Gualeguaychú, en el taller de arte religioso del orfebre José Turletto de Buenos Aires. No es la única obra suya en ese templo.

En la parte exterior del ábside, sobre calle Rosario, se conserva intacta una mayólica que representa a la Virgen Patrona, realizada también por María Eloisa. El R. P. José Schachtel le encargó que diseñara el piso para del templo de Santa Teresita. Lo hizo como una guía de rosas en forma de óvalo. Lamentablemente la obra no se pudo realizar, pero el modelo -realizado por López Hermanos- todavía luce en el pasillo central de ese templo.

Diseñó magníficos pergaminos para acontecimientos importantes, como las bodas de oro del Padre Colombo, con texto de Luis Doello Jurado o el álbum conmemorativo de los 25 años de la Escuela Normal y el pergamino para igual aniversario del Colegio Nacional. Este magnífico trabajo de 1940 sobre seda, se conserva en su Rectoría y en él se aprecian las dotes de la eximia miniaturista.

En 1937 inscribió a alumnos suyos en un concurso internacional de cátedras de dibujo a realizarse en París, para colegios secundarios. Desde aquí se enviaron excelentes trabajos sobre motivos botánicos que obtuvieron Primer Premio para el Colegio Nacional de Gualeguaychú. Uno de sus alumnos más brillantes fue Tato Jeandett a quien años después, conocí en Buenos Aires.

Pero casualmente su obra más admirable, la que más tiempo le insumió y en la que dejó registrada su amplísima ilustración sobre temas de la cultura, es la menos conocida. A principios de la década de 1940 concibió la idea de condensar en un libro destinado a sus alumnos, la Historia del Arte. Abarcaba las principales manifestaciones del arte universal, desde las civilizaciones más antiguas. No llegó a completarla, pero la parte que concretó abarca desde el período paleolítico hasta Grecia y Roma, pasando por Asiria, Caldea, Creta y Egipto. Mucho material lo había recogido en un prolongado viaje por Europa en el que tomó contacto con las fuentes originales de algunas de esas culturas. Ella misma presentó la primera parte de esa obra, en una brillante conferencia sobre el arte, dictada en la Universidad Popular.

La enciclopedia abarca tres tomos escritos a máquina, con abundantes ilustraciones. El contenido es enjundioso, aunque su texto es ágil y de fácil lectura, dedicado a público general. En las atractivas ilustraciones aparece su detallismo miniaturista en todo su esplendor. A simple vista, muchas de ellas parecen fotografías, pero están hechas en lápiz o tinta china.

Ya jubilada, en 1960 se trasladó a Bs. Aires y allá trabajó como restauradora de importantes museos. Veinte años después, unos meses antes de morir -3 de Julio de 1981- volvió a su querido Gualeguaychú. Visitó el Instituto Magnasco y expresó su voluntad de que su Historia del Arte quedara en esa casa. También su deseo de descansar definitivamente entre nosotros, sus vecinos, sus alumnos. No se cumplió íntegramente: cuando sus restos fueron traídos, hubo muy poca gente. Estamos en deuda.

Al año siguiente, su hermana Matilde fue portadora del legado bibliográfico y desde entonces, los tres tomos están en el Magnasco. En 1983 con motivo del centenario de la ciudad, se realizó una exposición parcial de la obra, presentada con un magnífico discurso de Diola Barel, cuyos datos hemos consultado.

Finalmente tres sugerencias: 1) Cuando se hagan los circuitos culturales en el Cementerio Norte no se olviden de incluir su tumba. 2) Algún mecenas podría completar la obra, financiando su digitalización para que ese tesoro cultural pueda llegar a todos, como ella quería. 3) Y si una calle o espacio público lleno de naturaleza y colorido anduviera buscando nombre: ¡Paseo de María Eloisa! Será justicia.

domingo, 21 de junio de 2009

Sebastián Petisco: pintura, música, carrozas y carnaval


Las nuevas generaciones no lo recuerdan. Pero en un tiempo, sus murales adornaban muchas paredes; ninguna se conservó. Fue además, músico, carnavalero y pionero de las carrozas: bien a lo Gualeguaychú, aunque era uruguayo. He aquí el personaje.

En una ciudad que ha cobrado prestigio por su carnaval y carrozas, no podemos dejar en el olvido a uno de los personajes más pintorescos que conoció Gualeguaychú. Se trata de Don Sebastián Petisco, de origen uruguayo, aunque pasó gran parte de su vida en nuestra ciudad.

Vivía en el barrio sudoeste; su modesta vivienda estaba en calle Buenos Aires, entre Pasteur y Avellaneda. Era negro de raza, casi puro y popularmente conocido en todos los ámbitos, tanto por su oficio principal, como por otras manifestaciones.

Ejercía su profesión de pintor de paredes con algunas peculiaridades que contribuyeron a su fama. Porque cada trabajo suyo, a diferencia del de sus colegas, no se limitaba a cubrir con el pincel una superficie, sino que realizaba una creación artística multicolor. Para él, pintar una pared no era simplemente tomar la brocha, sino componer un tema y desarrollarlo en grandes dimensiones. Obviamente distaba de ser un muralista de fuste: era un humilde pintor de pueblo.

Sin embargo, sus obras tenían un toque muy particular, casi inconfundible: colores luminosos y un estilo con algo de naif. Solía usar una regla para trazar sus líneas, lo que le daba cierta prolijidad, aunque a veces cometía algún error en el sombreado o las perspectivas. Aunque eso ayudaba a identificarlo. Pintaba lo que le encomendaban, pero si el tema debía elegirlo él, denotaba especial predilección por San Martín, Gardel, Perón y Evita.

También era muy habilidoso para los filetes, especialidad en declive hasta que en Buenos Aires la revalorizaron algunos eximios cultores, como Martiniano Arce. Muchos carros y camiones de fruteros -habituales clientes de esa modalidad- ostentaban los cargados filetes de Petisco. Más tarde, estos también decoraron algunos colectivos de nuestras líneas urbanas.

Su obra más emblemática en Gualeguaychú de antaño, estuvo en el legendario "Copetin al Paso" de Mario González cuyas paredes lucían sus famosos "frescos", que le daban un toque artístico a ese ámbito bohemio, poblado de tan singulares parroquianos. Dicen que a cierta hora de la noche, los únicos que permanecían "frescos", eran los murales de Petisco.

Era un pintor con humor. Una vez le encargaron que pintara un tigre y él preguntó al cliente si lo quería "encadenado", porque había una sensible diferencia en el precio. El comitente, un tanto escaso de recursos, optó por la variante más económica y así el artista entregó su obra, que le fue abonada al contado. Pero al día siguiente, el tigre no estaba más: una copiosa lluvia se había llevado toda la obra y la pared lucía como antes.

Cuando el furioso cliente le reclamó, Petisco le contestó muy suelto de cuerpo que él le había encomendado un tigre sin cadena y por esa razón debía asumir el riesgo de que "abandonara" la pared. Claro, la diferencia estaba en la calidad de la pintura.

En otras facetas, alcanzó verdaderamente el nivel de personaje con cualidades que le otorgaron singularidad. Fue uno de los clásicos animadores en los viejos corsos de la calle 25 ya que se presentaba de una manera muy peculiar: construía una carroza sobre su bicicleta y con ella marchaba al corso acompañado de su bandoneón. En el trayecto desde su casa al centro, iba haciendo escalas en los clásicos almacenes (de Etchegoyen, Serulle y otros) o casas de familia donde lo convidaban con algún trago y así llegaba a destino bien "adobado".

Los motivos más usuales de su ornamentación carrocera eran flores, peces o pájaros que construía con habilidad y pintaba con vistosos colores. Todo eso ocurría mucho antes de que Gualeguaychú conociera el desfile de carrozas.

Lamentablemente, de toda la obra de Petisco en Gualeguaychú, sólo ha quedado un pequeño cuadro pintado en 1963 que representa una casa en la calle Edison en su barrio: es la sede actual del Club Sarmiento. También se perdió una escena con vacas que existía en el interior de la antigua carnicería de Ramón Garra, en calle Urquiza y Paraguay. Los gualeguaychuenses no hemos sido buenos conservacionistas. En cambio Fray Bentos, conserva muchas obras de Petisco, como los cuadros que adornaban las paredes de la tradicional parrilla "La Enramada" -ahora cerrada- y varios más en distintos comercios. En algunas estancias de los departamentos Río Negro y Soriano, sus dueños conservan celosamente antiguos murales pintados por Petisco.

Vivió casi noventa años y murió en Buenos Aires, hace más de 30.

Sirva este recuerdo para rescatar del olvido a aquel singular personaje de un Gualeguaychú que ya se fue.

domingo, 7 de junio de 2009

Diola y las Bibliotecas


Las dificultades crónicas que padecen las bibliotecas populares entrerrianas para recibir los aportes estatales y otros problemas conexos, fueron tema de la asamblea de la Federación de Bibliotecas Populares de Entre Ríos - FEBIPOER- realizada ayer en Colón.

Esa circunstancia despertó nuestro recuerdo sobre los inicios de la federación y el papel preponderante que jugó Diola Barel de Franchini. Y otros datos sobre la personalidad de esta mujer extraordinaria que hizo tanto por la cultura de Gualeguaychú.

En nuestro país, las bibliotecas populares son fruto de la prédica de Sarmiento, quien fue su impulsor a través de la Ley N° 419 de su autoría, en 1870. Por algo nuestra Sarmiento -la más antigua de E. Ríos y una de las pioneras en el país lleva -como muchas otras- su nombre. Fue fundada por inspiración de Olegario V. Andrade en 1869: un año antes de la mencionada ley.

Para 1980 había muchas bibliotecas por toda la provincia y cada una se las arreglaba como podía.
Si bien ya existía la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares, instituida por la Ley Sarmiento y la Confederación Argentina de Bibliotecas Populares, en Entre Ríos no había una entidad provincial como la que existía, p. ej., en Santa Fe. La CONABIP, Comisión Nacional de Bibliotecas Populares, se instituyó en 1986 con la nueva Ley, 23.351 que además, estableció un fondo especial.

Ante la necesidad de crear una entidad entrerriana, se iniciaron los contactos entre las bibliotecas, lo cual contó con el apoyo del Ministro de Gobierno de E. Ríos, Dr. Ricardo Maxit. La cruzada dio sus frutos y en una asamblea celebrada en el salón municipal Villaguay se fundó, el 17 de Octubre de 1981 la Federación Entrerriana de Bibliotecas Populares. Estuvieron presentes : Fiat Lux, de Colón; Sarmiento de La Paz; Onésimo Leguizamón de Rosario del Tala; Justo José de Urquiza de Paraná; Mariano Moreno de Mansilla; Mitre de Villa Elisa, Esteban Zorraquín de Villa Zorraquín; Gral. Urquiza de San José; Popular de Nogoyá; O. V. Andrade y Sarmiento de Gualeguaychú, Carlos Mastronardi de Gualeguay; Justo José de Urquiza de Federal; El Porvenir de C. del Uruguay; Juan José Paso de Colón; Alvarez Condarco de Chajarí; Domingo F. Sarmiento de Ubajay; Popular Urquiza de Chajarí; Barón Hirsch de Villa Clara; O. V. Andrade de Concordia; Sarmiento de Villa Domínguez y Urquiza de Sta. Elena. Además del Ministro, el Intendente de Villaguay, Patricio F. Dunne y la Directora Provincial de Cultura Celina Migoni, estuvieron presentes representantes de la Federación Santafesina y la Confederación Argentina.

Resuelta la fundación, se eligieron autoridades provisorias. La Presidencia no se discutió: en el ánimo de todos –menos en el de la interesada, por su clásico bajo perfil- estaba el nombre de la persona más reconocida y respetada: Diola Barel de Franchini. Obviamente, ella representaba la biblioteca O. V. Andrade del Instituto Magnasco. La Secretaría recayó en la Sra. Emerciana de Oliveira de Badaracco representante de nuestra Biblioteca Sarmiento. Después cumplieron esa función, otras dos amazonas de nuestra cultura: María de la Mercedes González de Rivero, Mamita, y Yolí Bortairy de Rébori.

En diciembre de 1981 se reúnen en la Biblioteca Mitre de Villaguay y eligen la Junta Ejecutiva, confirmando a Diola en la Presidencia, cargo que desempeñó hasta 1984, porque declinó ser reelecta cuando todas las miradas convergían nuevamente sobre ella.

La entidad se inició con el impulso de la entusiasta Presidenta. Ella instaba a las bibliotecas a que comprometieran el apoyo de sus Municipalidades y tomó contacto con la Confederación, las demás federaciones y la Secretaría de Cultura de la Nación. La federación consiguió exenciones en la certificación de balances y otros beneficios, promovió la capacitación de las bibliotecarias en catalogación y varios cursos itinerantes. Pese a estos logros, en la provincia se recuerda a la gestión Diola por dos acciones. Una, la ahora clásica Semana del Libro para Niños que se realiza en todas las bibliotecas de la provincia. La primera edición se realizó en 1984 y desde entonces, anualmente renueva su éxito.

La otra, fue la gestión por una ley que amparara a las bibliotecas populares de E. Ríos. Al proyecto lo ingresó en 1984 por el Senado, su sucesora Graciela W. Vergara Carrasco (de Villaguay) pero todos saben que la iniciativa fue de Diola. Es por ello que con esa ley ocurre algo singular: en lugar de asociarla al apellido de su autor, se la recuerda por el nombre de su inspiradora. Es la Ley Diola; no se necesita apellido para identificar su autoría.

Pero no fue fácil conseguir la ley y menos aún, su efectiva aplicación, después de sancionada. Ingresó a la Legislatura por la vía antedicha y el Senado la aprobó rápidamente en Julio de 1984. Pasó en revisión a Diputados, donde sufrió una prolongada demora y recién se sancionó en 1988, pese a la empeñosa insistencia de la Federación. Fue promulgada por el P. E. el 3 de Agosto de 1988 con el N° 8092 y debía ser reglamentada en treinta días, previa conformación de una comisión, según su art. 5.

Transcurrido un año, la bendita comisión no había sido integrada, lo cual no resultó ser lo más preocupante. Porque han transcurrido 21 años y la Ley de Amparo de Bibliotecas Populares de Entre Ríos, aún hoy está a la espera de su reglamentación.

Cuán justiciero homenaje para Diola sería que por fin se reglamentara esa Ley. El aporte móvil mensual allí previsto, equivalente al sueldo de un maestro, les evitaría a las sacrificadas bibliotecas, tan inmerecido padecimiento.

Algún día llegará, pero mientras tanto, recordaremos un poco más de ella, transcribiendo algunos conceptos vertidos en El Argentino con motivo de su 80° cumpleaños, bajo el título ¡Aguante Diola!: “Fue la última exponente de aquella pléyade femenina que conoció a Camila Nievas y que tanto hicieron por el Magnasco y la ciudad. Filucha Obispo le contagió la admiración por Camila y Pitina Salvarregui la introdujo en el Instituto”. Estaba sólidamente preparada para suceder a aquellas grandes: A su graduación como Maestra Normal, agregó los estudios de piano, francés e italiano. Esa era la base sobre la cual, por su condición de buceadora curiosa y sensible, cultivó el hábito de las buenas lecturas y la apreciación de todas las manifestaciones del arte, desde la pintura a la música y del teatro al ballet. Eso es en definitiva la cultura: la asimilación de los valores, a través de las diferentes formas de la estética. Con esa formación, ingresó a la Comisión Directiva del Instituto Magnasco, hace 50 años.

Desde entonces, Diola se convirtió en uno de los puntales o referentes como se dice ahora, de la entidad centenaria. Su obra en pro de la cultura de nuestro pueblo fue para ella, una tarea cotidiana. Podríamos decir un trabajo hormiga, de esos en que la perseverancia adquiere una dimensión admirable.

Aunque cueste creer, fue Presidenta del Magnasco por un sólo período. No obstante, siguió ocupando cargos en su Comisión Directiva: Secretaria, Tesorera y Vocal y con el paso de los años, se constituyó en fuente inagotable de inquietudes e iniciativas en bien de la entidad. Nadie conocía como ella, la rica historia del Magnasco: era su memoria viva.

Todo eso hubiera alcanzado para justificar nuestra admiración por Diola. Pero otra virtud le sumó un valor adicional a esa proverbial figura de andar cansino y de ojos tristes que iluminaban una sonrisa, cada vez que caía el telón y un cerrado aplauso coronaba alguna exitosa velada de cultura.

Era realmente modesta. Y no solamente rehuía los cargos y la figuración, sino que se sentía más cómoda actuando entre bambalinas. Publicó centenares de colaboraciones, siempre con las iniciales D.B.F. En varias oportunidades hacíamos con Diola una especie de sociedad, en la que yo aparecía en escena pero ella aportaba la letra, con tal profusión de datos, que hasta sobraba paño. Si salía bien, eso le era suficiente gratificación y más aún, si en su infaltable grabador quedaba registrado el testimonio.

Su cultura general era admirable. Pero no la exponía con urgencia, sino que fluía natural, respetando siempre a su interlocutor. No perdió nunca la sensibilidad ni la capacidad de conmoverse ante lo estéticamente valioso. Tampoco su afán porque todos pudieran acceder a la cultura: la que se va generando con los exponentes de la belleza y la armonía, a través de todas las vertientes, a través de todos los tiempos.

A una semana del Día del Libro, le brindamos esta recordación en su homenaje.

Instituto Magnasco y Anfiteatro "Diola Barel de Franchini"

sábado, 30 de mayo de 2009

El Padre Borques, nuestro primer historiador.


Sabemos que hay una calle Borques. Pero no mucho más. Seguramente los vecinos que viven en ella, poco recuerdan del personaje a quién alude ese nombre.

Juan Carlos Borques, como otros grandes curas que se quedaron en Gualeguaychú para siempre –Luis N. Palma y José María Colombo- no era nativo de nuestra ciudad. Nació en Montevideo en 1858 y vino muy joven a nuestro país para educarse con los jesuitas en el Colegio Inmaculada Concepción de Santa Fe. Allí se incorporó al seminario pero aún antes de ordenarse, el Obispo Santafesino, José María Gelabert y Crespo lo envió a Córdoba. Allí conoció al Obispo de esa ciudad Fray Mamerto Esquiú, quien lo recibió y hospedó con el trato propio de un familiar.

Regresa para completar su preparación y ya ordenado –en 1882- fue destinado por tres años a la Catedral de Paraná. Luego de su paso por Goya (Corrientes) y Rosario, (Santa Fe) como teniente cura, es designado canónigo por el Obispo de Paraná, Rosendo de la Lastra y Gordillo. En 1.899 viaja a Roma con 10 obispos y fue recibido por el Papa León XIII, autor de la célebre encíclica Rerum Novarum.

Desde 1910 fue Canónigo de la iglesia de La Merced en Buenos Aires y finalmente en 1915 viene a Gualeguaychú con sus padres Juan Manuel Borques y María Sánchez. Nunca más se fue de esta ciudad y aquí descansa junto a ellos desde su fallecimiento, el 6 de Septiembre de 1931.

Algo le vio el Obispo Santafesino para enviarlo a Córdoba antes de ordenarse; algo advirtió en él, el gran religioso franciscano y autor del célebre Sermón de la Constitución (1853) para alojarlo en su diócesis. Es que el joven cura era ante todo, un gran estudioso.

En todos sus destinos pastorales incursionaba en la documentación eclesiástica y ello le alumbraba el pasado de cada comunidad. Luego recurría a otras fuentes y así, sin haberse disciplinado en historia, devino un serio investigador.

Cuando llegó a Gualeguaychú, siguió complementando su tarea sacerdotal con la averiguación de nuestro pasado. Sin quererlo, se convirtió así en nuestro primer historiador, título que con toda justicia le confirió otro gran cultor de nuestro pasado: Don Horacio Romero.

En su trato humano, Borques tenía una gran sensibilidad gustaba de la buena lectura, la poesía, la música y la naturaleza. Esto último seguramente lo determinó a adquirir una chacra en el antiguo camino al cementerio. Pero su primera residencia estuvo en la esquina de calle 25 y la que desde 1974 lleva su nombre.

Se interesaba por muchos temas y era asiduo concurrente a tertulias en las que dialogaba largamente, sea con su amigo el Dr. Emilio Marchini, Don Luis Doello Jurado -su vecino- o tantos amigos que frecuentaba.

Entre lo mucho que escribió hay una exhaustiva investigación sobre la fundación de Rosario. Hizo importantes contribuciones sobre la fundación de Gualeguaychú y rescató valiosas cartas de Fray Sebastián Malvar y Pinto, primer Obispo del Río de la Plata, en las que se preocupaba por el abandono de las capillas de nuestra zona.

Aportó también muchos datos sobre la vida de Fray Mamerto Esquiú, que volcó en su libro Reminiscencias.

Sobre nuestro pasado, hizo múltiples investigaciones: la vida del Padre Vicente Martínez (quien en 1863 inició la obra de nuestro templo mayor) y una cantidad de trabajos monográficos sobre diversos temas de la ciudad, sus instituciones y personajes que sería largo de enumerar en esta nota. La mayor parte de esas investigaciones quedó inédita y su documentación se conserva en las numerosas carpetas de su archivo.

Seguramente cuando por fin se acometa la gran tarea colectiva de recopilar, sistematizar y publicar la historia de Gualeguaychú, la valiosa colección del Padre Borques será una de las fuentes más preciadas por los investigadores.

Pero sin duda el trabajo más valioso fue volcado en su libro "Ensayo Histórico sobre el Periodismo de Gualeguaychú -1849-1870", editado en 1919. Él había tenido acceso a los pocos ejemplares que quedaban de los primeros periódicos de nuestra ciudad, a partir de El Progreso de Entre Ríos que dirigía Don Isidoro de María (uruguayo como él) desde 1849 y los que le sucedieron, durante la vida de Urquiza. Es bueno tenerlo presente, justamente a una semana de celebrarse el Día del Periodista.

Tan calificado lector no podía tener una biblioteca menor: reunió 2600 ejemplares. En 1931, después de su muerte, según su última voluntad, todos sus libros, numerosas carpetas, manuscritos y la valiosa documentación referida, fueron entregados por sus familiares al Instituto O. Magnasco después de su muerte. Pero la colección Borques tenía “una yapa” que nadie se imaginaba: entre los libros antiguos había un incunable impreso en 1489. Posiblemente esa reliquia bibliográfica equivalga al resto de la biblioteca. Fue descubierto con gran sorpresa por Camila Nievas a su regreso de Europa, cuando visitara la Biblioteca de Berlín.

Sus restos descansan en el Cementerio Norte junto a sus padres en una tumba que fue declarada histórica por Ordenanza del Honorable Concejo Deliberante a mediados de 2005.
Previamente en 1974, el H. Concejo, había impuesto su nombre a la ex calle Villaguay.

El 17 de Noviembre de 2007, la Municipalidad de Gualeguaychú y un grupo de instituciones y vecinos de la ciudad, impulsados por su gran admirador el Padre Luis Jeannot Sueyro, le tributó un homenaje junto a su tumba recién restaurada, previa reposición de la lápida recordatoria. Lástima que éramos pocos.

Ultima residencia de Borques en la esquina de Rivadavia y San José (esq. NE)
(Ex Coca Cola. Hoy Supermercado Dia)
La primera casa que compró cuando vino en 1915, fue la de 25 y Villaguay (hoy Borques). Despues se mudó a Luis N Palma y Santiago Diaz donde lo tuvo de vecino a Luis Doello Jurado.

domingo, 24 de mayo de 2009

Amor y Primavera, Madre de Orquestas



Noventa años atrás, Gualeguaychú ya experimentaba el progreso generado por la producción del campo, con el esfuerzo común de sus hijos, criollos y adoptivos. Calles empedradas, ferrocarril, tranvía, teléfono, telégrafo, electricidad y algunos edificios de dos plantas. A las numerosas escuelas primarias se habían sumado dos establecimientos secundarios y contábamos con hospital, bibliotecas, teatro, frigorífico, molinos y otras industrias. Un grupo de vecinos, iniciaba por entonces la quijotada que nos daría después comunicación terrestre con Buenos Aires.

Numerosos clubes deportivos se habían fundado en la década del centenario y la vida social también tuvo sus cambios. Desde mucho antes existían las sociedades de bailes, creadas a ese exclusivo fin. La música había estado a cargo de sucesivos conjuntos en los cuales, los inmigrantes aportaban sus instrumentos y virtuosismo. Así se formaron las bandas del pueblo, las de las distintas colectividades o de alguna escuela, como la de Artes y Oficios.

Pero fue en la década de 1920 cuando Gualeguaychú tuvo su primera gran orquesta: Amor y Primavera. No podían haberle puesto un nombre más romántico y representativo de aquella belle epoque.

Tan en serio fue el emprendimiento de aquel grupo de músicos, que no sólo crearon el conjunto musical en sí, sino una asociación civil con todas las formalidades legales, que se llamó Sociedad Filarmónica Amor y Primavera. La palabra “filarmónica” significa “amigos de la música” y era usual la creación de este tipo de entidades. Esa denominación de la sociedad aludía, más al espíritu y objetivos de sus fundadores, que al tipo de música que ejecutaban, que por cierto, era de muy amplio repertorio. Tenía domicilio social, su sede en una casa alquilada, estatutos, comisión directiva, órgano revisor, libros de actas, balances, inventarios y reglamento.

Entre sus miembros directivos podemos mencionar a los siguientes músicos: Américo Spoturno, Ismael Rébora, Alejandro Jano Denegri, Kuroki S. Murúa, José María Bozzano, Adrián V. Ríos, Joaquín Godoy, Eduardo Fernández, Miguel Echandi y Juan Carlos Behigo, entre otros. Cada actuación se trataba y resolvía en reunión de Comisión Directiva, los días viernes; los ensayos se realizaban los martes.

El motivo del enorme prestigio alcanzado, es que cada uno de estos músicos era un virtuoso en su respectivo instrumento, es decir que juntos constituían una especie de selección. Sin perjuicio de que algunos brillaron en distintos instrumentos, como el caso de Kuroki Murúa que en esta orquesta tocaba guitarra y en las décadas siguientes fue un consagrado bandoneonista.

Interpretaban la música que gustaba en la época: valses, pasodobles, tangos y milongas, polkas, rancheras, shotís. Y un ritmo novedoso que comenzaba a imponerse: el fox trot. Amor y Primavera tenía una amplia gama de compromisos que abarcaban las veladas de las entidades recreativas de bailes como La Lira (que funcionaba en el local de la Societé Fracaise en Luis N. Palma, a media cuadra de la Plaza), La Aurora (funcionaba en el imponente local de Argentinos y Orientales en la misma calle), La Juventud (que no tenía relación con el club del mismo nombre) Sociedad Operari Italiana y otras. También en escuelas, de la ciudad y del campo, casas de familia, teatros y otros auditorios.

Pero sin duda el mayor protagonismo lo adquiría en los corsos de la época. Era el período de los palcos engalanados en la calle 25 de Mayo y coincidente con el auge de la más prestigiosa agrupación carnavalera de la época: La Comparsa de Nerón. Precisamente, ésta con Amor y Primavera eran los máximos atractivos de aquellos fastuosos carnavales.

En el carnaval de de 1927, por ejemplo, luego de acordar las condiciones con la Comisión Municipal de Corsos, la orquesta requirió el préstamo de algunos instrumentos de refuerzo para la ocasión, como un trombón que facilitó el Sr. José Sgrizzi y le fue adjudicado para su ejecución a Juan Centurión. También hubo que incorporar un flautista: Juan Antonio Rébora. En consecuencia, ese año la orquesta se integró para el carnaval con los siguientes músicos: violines, José M. Bozzano, Américo Sopturno, Juan Carlos Behigo, Ismael Rébora y Alfredo Sgrizzi. Trombón: Juan Centurión; flauta: Juan Antonio Rébora, mandolín: Eduardo Fernández; guitarras: Joaquín Godoy, Kuroki Murúa, Juan Del Valle y Salvador Rébora.

Para la ocasión contrataron el camión del Sr. Juan Antonio Uriarte¸ quien no cobró por su alquiler, a cambio de solventarle algunas reparaciones. El vehículo era engalanado para las salidas en carnaval; algunas veces lo adornaban con una lira u otro instrumento; en otras ocasiones lo carrozaban con la figura de un cisne.

Entre las escuelas que más visitaban, se recuerda a la de la Srta. Torrilla que organizaba bazares a beneficio del establecimiento. También concurrían seguido a la escuela del Barrio Franco que dirigía la Sra. Ángela G. de Gavazzo. Para esas actuaciones fijaban un precio especial: $ 60. También amenizaban casamientos, bailes en el campo, viajaban a Urdinarrain y otras localidades vecinas y actuaban en casas de familia, como p, ej., en las del Sr. Ricardo Nieto y Don Ernesto Rossi, entre otros.

Para la década del 30 la sociedad Amor y Primavera se había disuelto. Sin embargo, algunos de sus músicos continuaron actuando junto a otros colegas, en diferentes agrupaciones estables o espontáneas, algunas sin nombre. Para entonces se habían incorporado José P. S. Merello (Palito), Alfredo Angerosa, Elizondo, Cachicho Delmagro y otros. De esos continuadores surgieron las dos grandes orquestas que ocuparían la escena en las décadas siguientes: las de Kuroki Murúa y Alfredo Orlando Angerosa. Algunos de los eximios integrantes de Amor y Primavera aparecen en los años subsiguientes integrando la célebre orquesta del Maestro Luis Quaranta que incursionó en la música clásica.

Nos ocuparemos de esas otras orquestas más adelante, pero queríamos recordar hoy a la prestigiosa agrupación de los años veinte, madre y modelo de sus continuadoras.

El entonces suntuoso edificio de "Entre Argentinos y Orientales" que aún subsiste en calle Palma. En su salón de plata alta se realizaban los bailes de "La Aurora".

sábado, 16 de mayo de 2009

Don Saturnino y el Parque

Vista aérea del Parque Unuzé

A principios del siglo pasado, Saturnino Jacinto Unzué poseía una gran extensión de campo sobre el Río Uruguay, incluidas algunas islas. Quienes lo navegaban sabían que el paso por esa propiedad, insumía ¡10 horas de navegación! Comenzaban en la Isla San Lorenzo en el km. 132 -que custodiara don Demetrio Ovcherenko- y terminaban en la boca del Gualeguaychú. No eran tierras carentes de mejoras: tenían instalaciones, como la barraca que regenteara don Guillermo Schaumann y la lechería, tambo frente a la Isla Libertad.

Pero su mayor emprendimiento fue la construcción, del Puerto Unzué, en un lugar estratégico de aguas profundas sobre el km. 104. O sea, al norte del actual Puente General San Martín, frente a la Isla Abrigo. Aunque la obra no pudo terminarse, se emplazó un muro de contención, desde el cual salía un muelle de madera que avanzaba sobre el río. Hubo que hacer un balizamiento, pues el canal de navegación pasaba cerca de la costa.

Para compensar la depresión que separaba el puerto de las tierras altas, se hizo un terraplén a pala de buey y un puente sobre el Arroyo Laguna del Tigre. Ambas obras, figuran en las cartas de navegación. Esta comunicación era para unir el muelle con los galpones. El trayecto sería cubierto por zorras de carga, para lo cual se efectuó un gran acopio de durmientes.

Unzué afectó 6 hectáreas a la fabricación de ladrillos, bajo la dirección del Sr. Zoilo. Este visionario proyecto, no sólo hubiera servido a los intereses de su realizador, sino a la economía regional, durante el tiempo en que carecimos de vinculación terrestre con Buenos Aires. Aún hoy, esa posibilidad no ha dejado de tener vigencia. Sin embargo quedó trunca, porque incidieron otros intereses, a los que les resultó fácil activar la máquina de impedir de la burocracia capitalina. También Unzué poseía la barraca de Friendenberg y la balsa que manipulaba don Joaquín Gorosterrazú, cotidiana protagonista en nuestro río.

Saturnino y su esposa, Inés Dorrego, eran católicos y practicaban la caridad cristiana. Proveían la carne para el Asilo La Caridad y colaboraban con la Sociedad de Beneficencia. Muchos chicos humildes de la costa, eran bautizados con el padrinazgo de don Saturnino, quien cumplía ese rol, no precisamente como un padrino pelado.

En vida, Saturnino se ocupó del destino de sus tierras. Contrató un ingeniero inglés para dividir su campo en 6 lotes, a repartir entre sus hermanas, ya que no tenía hijos, aunque adoptó a Juanita Díaz Unzué, luego duquesa de Luynnes. Pero en verdad tenía 7 lotes porque el séptimo era don Teodoro "Lote" Heredia, uno de sus ahijados, acompañante en las recorridas camperas. Hoy, con 97 años, Lote surca a remo las aguas del río, con igual vitalidad que cuando era repartidor de la lechería.

Cantado destino, el del memorioso Lote, cuyos relatos nos ilustran sobre el Sr. Unzué. Porque de chico fue su boyero -niño ayudante- y de grande, el boyero mayor de toda la zona, ya que como empleado del Ministerio de O. Públicas, se encargaba de mantener las boyas del bajo Uruguay y el Gualeguaychú.

Al distribuir sus propiedades, en 1920, Saturnino tuvo otro un de generosidad hacia la ciudad: donó a la Municipalidad una extensión de 115 hectáreas, frente al casco urbano, para paseo público. Lo entregó alambrado, con el compromiso de la comuna, de hacer obras complementarias.

El Parque era una zona baja, con su monte de árboles silvestres, zanjones, y juncales. Mientras permaneció así, pocos vecinos cruzaban: iban los pescadores, el Negro Albariño -uno de los boxeadores que surgieron después de Firpo-Dempsey (1923) quien colgaba su puching-ball en un tala. Pero su cliente más conocido era el Padre Colombo, quien concurría con los niños de su Escuela de Artes y Oficios. Para las familias de la ciudad, ir al parque de picnic, constituía una travesía que se hacía de vez en cuando.

Después de la donación, transcurrieron 10 años sin que la Municipalidad realizara las obras prometidas. Ello ocasionó un planteo Saturnino, quien llegó a hablar de revocación. Entonces se dio una confluencia de circunstancias: por una parte, en 1931, la habilitación del puente y como consecuencia, el Intendente Bernardo Luis Peyret, prestigioso docente, ex Director de la Escuela Normal tomó la determinación de remodelar el Parque.

Grande fue la tarea, que contó con el aporte de una comisión de vecinos. Hicieron hacer terraplenes, rellenaron esteros, hubo que desmalezar, limpiar, nivelar y reforestar algunos sectores agrestes. Contó Peyret con los servicios de parquero que se quedó para siempre: don Ramón Barzola. Es justo recordar entonces a quien plantó tantos eucaliptos, tipas y otras especies. Más tarde, durante la Intendencia de Pedro Jurado, el vivero se trasladó al parque y don Ramón lo siguió atendiendo. Conocía tan bien su oficio, que no hubo exposición en la cual no ganara premios con sus plantas.

La habilitación del puente insufló vida al parque, que se convirtió en el gran paseo de Gualeguaychú. El pueblo se volcó primero al Parque Chico, que cobró impulso no sólo por las obras de urbanización, sino también por los clubes, a los que se les otorgaron solares en concesión.

Así, en 1931, el grupo que presidía el Dr. Mario García Reynoso funda el Club Náutico, una de cuyas primeras instalaciones fue la casilla antes afectada a la balsa que atendía Joaquín Gorosterrazú. A principios de 1935, un grupo de jóvenes, que practicaba deportes náuticos en la Isla Libertad, funda el Club Neptunia. La nueva entidad organiza festivales con nadadores paranaenses y santafesinos, que culminaban con brillantes demostraciones de saltos ornamentales a cargo de Julio Bibé y Alberto Buschiazzo.

A partir de 1937, Neptunia organizó carreras de autos que congregaban mucho público. En ellas, Topa Oppen, Pito Rossi, Herman Fandrich, Chelo Murature, Florencio Sturla y Corcho Pérez Chiama, protagonizaron vibrantes competencias.


Inauguración del Balneario del Club Náutico - 1931

En 1939 el Racing Club habilitó su cancha de fútbol donde también organizó festivales artísticos. Allí nació el vals A Gualeguaychú.

En 1942, durante la Intendencia de Claudio Méndez Casariego, con un monumental baile, se inaugura el Chateau Vert. Otra velada bailable inolvidable el Neptunia en diciembre del 46, con la actuación de Francisco Canaro y su cantor Roberto Rufino. Tocaba el piano un jovencito: Mariano Mores.

La Isla de la Libertad también empezó a poblarse, en base al loteo hecho por su dueño, Horacio Rébori, por 1940. Hacia los fondos de Racing, funcionó el primer Balneario Municipal, de cuyas instalaciones se conserva el característico tanque. Viniendo por la costa, se encontraba el Lusera, cerca de El Tanque y Los Sauces.

Más al Norte, calle de por medio, estaba el recreo El Tala, de los Roldán. Por las tardecitas las familias llevaban sus hijos a tomar leche al pie de la vaca. Lástima que los chicos puebleros de hoy, no puedan revivir esa maravillosa experiencia.

Los juegos infantiles entretenían a los niños; los palomares de las cercanías llenaban el cielo de alas y bellas estatuas y monumentos ornamentaron el parque. La red de parlantes instalada por Enrique Betolaza, uno de los comerciantes más progresistas que conoció Gualeguaychú, propalaba música y avisos. Por $ 0,20 podía alquilarse una charrette y dar un paseo; también había mateos y hasta ponies. Los fines de semana se sumaba otra atracción muy novedosa: cine al aire libre en el Chateau. Las películas eran proyectadas por un personaje emblemático: Carlos Aurelio -el Pato- Cepeda.

Antigua Cantina del Club Náutico

Como lo recordara Enrique Piaggio, recién en esa época, el público descubrió las bondades del río, ya que no había sido utilizado como lugar de recreación. Contribuyó mucho a ello el Lobo Pérez, a quien se recuerda como el hombre que enseñó a nadar a los gualeguaychuenses. Fue el pionero de ese deporte en nuestro medio; impartía sus clases en la punta de la Isla.

En la década del 40, ya era intensa la vida nocturna del Parque: desde las kermesses de Racing, hasta los bailes del Tanque o Los Sauces, las actuaciones de los cuartetos en El Tala y la pista de baile del Neptunia. Aquella seguidilla de tertulias, le dio al Parque Unzué una intensidad de actividades sociales y deportivas, que hasta hoy no ha recuperado.

Acceso al CNG con el Henry J de Kuki Risso