domingo, 11 de enero de 2009

Gualeguaychuenses en la Frater



Hasta la década de 1910 Gualeguaychú no tuvo colegios secundarios. Por ello, la mayor parte de los pocos que accedían a ese nivel concurrían al Histórico Colegio del Uruguay. Entre los más brillantes de la época del Rector Alberto Larroque, se recuerda a Olegario V. Andrade.

En la generación siguiente -fundadora de esta entidad- se destaca Fray Mocho, aunque eran ya numerosos los copoblanos que se educaban en el Colegio. Tan era así, que en los documentos fundacionales de 1877 se registran los nombres de Emilio Marchini, José A. Casacuberta, Facundo Grané entre otros. Y aunque su nombre no está consignado en el acta de la histórica asamblea del Teatro 1 de Mayo, nadie ignora el papel de "fogonoero" que tuvo el altruista y soñador Juan F. Bidart.

En los tiempos siguientes, muchos gualeguaychuenses de prestigio pasaron por el Colegio y la Fraternidad. Entre ellos podemos recordar a Eduardo Goñi, Antonio y Rogelio Babuglia, Daniel Elías, Félix Etchegoyen, Angel Fontana, Domingo Chichizola, Pedro Jurado, Francisco P. Duboscq, Eric Otto Kunath, Juan José , Pastor E. y Adolfo Britos.

EL SIMBOLO DE LA FRATERNIDAD.

Es interesante recordar el papel de dos estudiantes gualeguaychuenses en el nacimiento de la figura que desde hace 110 años se constituyó en el emblema de la Fraternidad. Obviamente nos referimos a las dos figuras jóvenes que elevan una antorcha simbolizando magníficamente la asociación entre la juventud y el saber. Gracias a la colaboración de los Dres. Germán Duboscq, Hugo Bacigalupo y su Sra. Maria Laura Amatriain hemos podido rescatar esta interesante anécdota.

Allá por 1897, durante el Rectorado de José Benjamín Zubiaur , el Director de la Casa de Internos Cipriano de Urquiza elige a dos fraternales de Gualeguaychú, para concurrir a tomarse una fotografía con vista al símbolo en ciernes. Los alumnos eran Luis María Daneri del cuarto año y Pedro Olaechea de tercero. Seguramente que el buen ojo de Don Cipriano se posó en ellos, no sólo por su aspecto personal, sino además por su vivacidad, a juzgar por lo que luego ocurrió. Con sus mejores ropas domingueras concurrieron a la casa de fotografía del francés Lachaise. Mientras éste hacía sus aprontes, los modelos vieron un tubo de cartón que por entonces servía como envase para los rollos de negativos. También había en un cesto un poco de viruta de papel y fue entonces cuando a Luis María se le ocurrió armar con esos elementos una antorcha que elevada en la mano derecha de Pedro, ambos miraban en el momento del fogonazo de magnesio.


Así nació el símbolo de la Frater en el que Gualeguaychú estuvo presente través de dos avispados estudiantes. Luego el francés los citó para regalarles a cada uno una copia de la foto. Con el correr de los años Luis María Daneri a quien conocí ya octogenario allá por 1960, fue un brillante abogado, eximio orador, Diputado Nacional y constituyente entrerriano en 1932. El fuste intelectual de Pedro Olaechea no pudo en cambio dar sus frutos, porque murió al filo de los 40 años cuando en 1923 regresaba luego de presenciar la pelea Firpo- Dempsey en EEUU y sus restos fueron arrojados al mar.

Pasados muchos años de la histórica fotografía, Luis Maria Daneri envió una carta a su amigo Florencio López en la que relataba esta anécdota y obsequió su foto a la entidad.

La interesante misiva fue transcripta en la edición especial para el Centenario que publicó La Calle en Mayo de 1977

Todo esto significa que la vinculación actual que muchos gualeguaychuense tenemos con la Frater nos viene de vieja data.


domingo, 4 de enero de 2009

¡Yo voy a llegar por tierra a Buentos Aires!


Bajando el Fiat de Don David Della Chiesa

CÓMO LA VISIÓN DE UN PIONERO CAMBIÓ LA HISTORIA

Mucho se habla hoy del espíritu de lucha que caracteriza a los gualeguaychenses. No hay que olvidar que esa condición nos viene de lejos y nuestra patria chica registra valiosos antecedentes del empeño de nuestros abuelos. Hoy les contamos la increíble historia de Don David Della Chiesa a quien, un día de 1928, se le antojó llegar por tierra a Buenos Aires.


Fue uno de los tantos italianos que llegó a estas tierras en procura de trabajo y libertad. Con apenas 5 año, allá por 1880. Pero no era un inmigrante más: a los veinte años ya había construido una lancha para pasajeros en los talleres metalúrgicos Boggiano -donde trabajaba- y le puso por nombre "La Primera".

En 1905 compra - en sociedad con sus hermanos Donato y Domingo- el Hotel Comercio, que en su trayectoria casi centenaria llegó a ser uno de los más prestigiosos de la Provincia. Luego incursionó en las tareas agropecuarias, arrendando y colonizando campos en Urdinarrain, Villa Lila , Pehuajó, y al sur del departamento. En esa tarea fue un pionero: introdujo en esta zona el cultivo del arroz, trajo la primera cosechadora mecánica y ensayó plantaciones experimentales de yute, algodón y azafrán. También fue un adelantado, al introducir en esta ciudad el primer automóvil; era uno de ruedas duras, comprado en la tradicional casa Agar Cross de Bs. Aires. Seguramente que al conducir su auto, ya pensaba en las rutas que aquel invento iba a generar al expandirse.

Integrado plenamente a la vida comunitaria, participó en múltiples entidades locales y zonales: Sociedad Rural Gualeguaychú, Comisión Provincial de Turismo; de Canalización del Río Gualeguaychú, Comisión de Puentes y Caminos y Junta de Ayuda a los Pobres.

En 1926 viajó por su tierra natal -era lombardo- y otros países europeos; regresó impresionado por las carreteras que había visto y ya soñaba con hacerlas acá.
Como no era hombre de quedarse meditando, fundó en 1928 un consorcio de vecinos con el que se lanza a la construcción de la ruta a Médanos. Tenían un camioncito Ford "A" que ostentaba el letrero Gualeguaychú- Médanos. Pero su proyecto iba mucho mas allá; sólo que se lo reservaba para que no pensaran que estaba loco. De modo que cuando el camino llegó al punto final (eso creían) les anunció muy convencido a sus consocios (Elías Martinolich, José Riera, Juan Goldaracena, Eduardo Berisso y otros) que ahí la cosa no terminaba, sino que en realidad era un comienzo. Sin mediar palabra, bajó tranquilamente el cartel del camión y en su lugar, colgó con gran convicción y ante el estupor de todos, otro que decía: Gualeguaychú-Buenos Aires(¡). Algunos se miraban desconcertados; otros llegaron a dudar efectivamente de su equilibrio mental. Pero sabían que cuando Don David se metía en algo grande no era de "andar reculando" y por las dudas, terminaron sumándose a la aventura.

No fue fácil; por delante sólo se veía monte tupido, bañados y pajonales de una zona a la que Fray Mocho por algo había bautizado "el país de los matreros". La obra se inició, allá por 1929. Contaban con los fondos aportados por los vecinos, más la ayuda del Gobierno Provincial de Don Luis Etchevehere y también con el aporte del Gobierno Nacional que presidía Hipólito Irigoyen.

Sólo aquel puñado de hombres supo lo intenso de la lucha por vencer a la naturaleza indómita, que les oponía todo tipo de resistencia: terraplenes que se derruían y había que volver a levantar, puentes precarios que se llevaba la fuerte corriente de los arroyos Sagastume, Perico y Malambo; inesperados repuntes que atrasaban los trabajos. Pero a fuerza de machetazos y al golpe de las hachas, se iba abriendo trabajosamente la ruta hacia el sur. Don David avanzaba por la brecha en un zulky de ruedas muy altas con sus hombres de consulta, como el Sr. Negrette, viejo conocedor de la zona que le proporcionaba las orientaciones y el geógrafo Wibert que iba confeccionando los planos

Mas atrás, venían haciendo su trabajo máquinas motoniveladoras que muchos lugareños nunca habían visto antes. Fueron cinco años de lucha titánica con las fuerzas de la naturaleza, hasta que un día de 1933 cayeron los últimos gajos, para permitirle a Don David contemplar desde la costa el majestuoso Paraná Guazú.

En poco tiempo los trabajos complementarios le permitieron cumplir la promesa con que había desafiado al nuevo Presidente de la Nación: llegar a la Plaza de Mayo en su auto. Y llegó finalmente el 12 de Junio de 1933, fecha en que Don David emprendió la travesía. En la zona de Puerto Ninfas (luego Pto. Constanza) lo esperaba Don Lázaro Giusto con su lancha ya lista para cargar el pesado Fiat, sujetado fuertemente en la cubierta.

Así cruzaron hasta Zárate donde amarraron frente al viejo edificio de la Aduana. El auto fue atado con lingas y luego elevado con un guinche que lo depositó en sus escalinatas para terminar de ser subido. Con la seguridad de la meta cercana, Don David se puso en marcha nuevamente y recién se detuvo cuando llegó a la Plaza de Mayo. Se bajó con la displicencia de cualquier porteño que estaciona su automóvil. Pero él no era un porteño: era un entrerriano que había iniciado su viaje ¡en Gualeguaychú! y que al pisar la Casa Rosada pudo haber dicho como su poderoso ancestro: VENI, VIDI, VICI.

Fue recibido con todos los honores y con justa admiración por el entonces Presidente de la Nación Gral. Agustín P. Justo acompañado de los miembros de su gabinete. Ahora le tocaba a Justo cumplir la apuesta: en poco tiempo las máquinas del Ministerio Obras Públicas de la Nación completaban la obra y después la gestión del Diputado Juan Francisco Morrogh Bernard, daba concreción al nuevo servicio de balsas.

La culminación de la ruta y el viaje inaugural de Don David tuvieron amplia repercusión en los medios locales, provinciales y capitalinos. La finalización llegó con celeridad y para 1936 ya se viajaba a Buenos Aires por la nueva ruta, con lo que la duración del viaje se reducía a una cuarta parte de lo que hasta entonces insumía el trayecto por agua.

Las consecuencias se notaron casi de inmediato; a comienzos de la década siguiente una parte sensible de la producción zonal era trasladada a Buenos Aires por la nueva vía. Los primeros transportadores de pasajeros: Alfredo Castro, Ulises Luciano, Pablo Bendrich y Herman Fandrich, no sólo acercaron las distancias para nuestros copoblanos; muchos viajantes empezaban a incluirnos en sus trayectos y así nuevos hoteles empezaban a competir con el viejo y señorial Comercio. Prestigiosas embajadas artísticas llegaban a Gualeguaychú, y así, entre otros músicos de renombre, se recuerda a Nicolás Trimani y Pedrito Noda, que le dejaron a la ciudad un tributo de gratitud con el hermoso vals que lleva su nombre.

Luego vino el ripio, el puente de hierro del Paranacito, la rectificación del trayecto por puerto Brazo Largo y finalmente los grandes puentes inaugurados en 1977.

Seguramente que todo esto ya daba vueltas en los sueños juveniles de Don David, que se fue este mundo en 1944.

Los miles de pasajeros que viajan a diario no saben de él, ni desde cuando se abrió la ruta. Pero los Gualeguaychuenses lo recordaremos siempre, como aquel hombre visionario y luchador, que no descansó hasta culminar la obra que nos cambió la historia.

Sería bueno que las generaciones actuales lo recuerden siempre y cada vez que algún foráneo se admire de nuestro espíritu indómito y voluntad de lucha, les transmitan la página gloriosa que escribiera aquel heroico inmigrante.



domingo, 28 de diciembre de 2008

Breve historia de nuestro Puente


Se inauguró el 13-6-1931. La obra empezó en 1929 siendo Pte. Hipólito Irigoyen, Gbdor. Eduardo Laurencena e Intendente Bernardo Peyret. La alentaron tres intendentes: Claudio Méndez Casariego, Félix Fontana y el uruguayense Lucilo López.


Ese día se habilitó en forma provisoria. Se cumplía un viejo anhelo expresado en gestiones que databan de 1917 y fue una obra hecha con fondos nacionales y provinciales, iniciada durante administraciones radicales.

Por aquel entonces en Gualeguaychú, la mayor parte de sus calles eran de tierra o empedradas. El río era la única vía de comunicación con Buenos Aires, pero en 1928 Don David Dellachiesa se abría paso en “el país de los matreros”. Es decir que ambas obras se hicieron casi juntas, sin saber que luego ambas formarían parte de la Ruta Nacional 14.

La habilitación del puente no sólo nos proporcionó comunicación con los campos de la costa del río Uruguay, sino que evitó que se perdiera la donación del parque, pues corría peligro de ser revocada, por no afectarse al uso público, como lo determinara su donante, Saturnino J. Unzué.

En la costa del mismo parque –precisamente entre el puente y el actual Club Neptunia- todavía se conservan vestigios de las instalaciones que se habilitaron al sólo efecto de las operaciones previas al montaje. Era la base de la pluma con que se bajaban las piezas que venían desde Holanda numeradas y ya en tierra, se iban ordenando cada una en su lugar. Según cuenta el memorioso don “Lote” Heredia, lo armaron como un gigantesco mecano. En el lecho del río, los buzos primero hincaron los grandes pilotes sobre los cuales apoyaron luego los cilindros y los mismos que habían bajado las piezas, construyeron un armazón con vigas de madera, a modo de puente provisorio, sobre el que luego se fue asentando el definitivo. Ver trabajar a esos centenares de operarios era el máximo atractivo para los gualeguaychuenses de entonces.

La última etapa fue la de los terraplenes de acceso, que no son los actuales: eran más cortos y empinados, por lo que costaba mucho subirlos. Es por ello que la entrada al parque estaba en esa época mucho más cercana a la cabecera Sur del puente. Visto desde la ciudad se lo divisaba en lo alto, ya que por entonces no existía la costanera ni la Av. Luis N. Palma. El terreno previo al acceso, era un gran bajo.



Cuando el Director de la obra, Ing. Jaime Banciz (Director de Puentes y Caminos de la Provincia) la habilitó, quedaron en el recuerdo las tres balsas “a maroma” que en distintos puntos cruzaban al poco utilizado Parque: La del Sr. Bonzón embarcaba en las inmediaciones de la actual Plazoleta de los Amigos; la de Miguel Izzetta, desde donde hoy están los obeliscos y la de Don Joaquín Gorosterrazú iba desde calle Andrade hasta donde hoy está la cantina del Club Náutico.

El puente era levadizo como puede constatarse por lo que quedan de sus mecanismos (contrapesos, poleas, engranajes, palancas). Por eso el piso de su vano central era de madera, para reducir el peso. En realidad, muy pocas veces fue levado. Con el paso de los años, las piezas se fueron oxidando hasta trabarse. Más adelante, sobre la madera se puso una cobertura asfáltica y para completar la inutilización del mecanismo, hace unos años se le adosó un caño de agua, que bien podría haber sido subfluvial, como el que alimenta la isla Libertad.

Todo eso se ha aguantado el pobre puente, pero además debe soportar que al cambiarse el recorrido de la Ruta Nac. 14, se quedó “guacho”de mantenimiento, porque de ahí en más todos se desentendieron de su atención y quedó muchos años sin ese servicio. Suele suceder.

Se aguantó también varias crecientes, como las de 1940, 1959, 1966, 1978 y 2007, que aunque no llegaron al nivel de su piso, ejercieron enorme presión en sus bases cilíndricas. Se fisuró el hormigón de sus accesos y se oxidó entero. El penúltimo “gesto de amor” lo recibió por parte de un grupo de vecinos que constituimos en 1985 (Intendencia de Richard Taffarel que nos ayudó mucho), la “Asociación Amigos de Gualeguaychú” entre los que recuerdo a Totó Pugliese, Juan Carlos Falcón, Mario Fischer, René Marciales y Miguel H. Pivas, entre otros.

En esa oportunidad se hicieron “24 horas para la solidaridad” y con lo recaudado se adquirió la pintura color naranja que se le aplicó, de la que hoy no quedan sino los restos.

Por si algún susto le faltaba, en Diciembre de 1990, con motivo de una chirinada de militares irresponsables, estuvo a punto de ser volado, del modo en que efectivamente se lo hizo con la cabecera Oeste del que cruza el río más al Norte como parte de la Ruta Internacional 136.

Los sucesivos nombres del puente, reflejan la situación política de cada época: se llamó “Hipólito Irigoyen” y luego “6 de Septiembre” por la revolución de 1930, irónicamente la que lo derrocó, luego “la Balsa” y finalmente desde 1987, lleva el nombre de Claudio Méndez Casariego, quien fuera dos veces Intendente de nuestra ciudad y alentara fervorosamente su concreción.

Allí aguanta el viejo puente, esperando un poco más de atención, aunque algunos salvatajes se le han hecho en estos últimos dos años.

¡Qué bueno sería arenarlo y repararlo, recuperar su mecanismo de elevación, pintarlo e iluminarlo como se ha hecho en otras partes del mundo, donde se conservan estas reliquias urbanísticas!

Y por supuesto, darle pronto un hermano más joven y robusto que lo alivie de sostener sólo tanto esfuerzo. No sea que algún día se caiga y tengamos que llorar como los santafesinos, la caída del majestuoso colgante del Colastiné.

¡Vamos puente nuestro todavía!.... que soñar no cuesta nada…

domingo, 21 de diciembre de 2008

El Combate de la Isla


El 18 de Noviembre de 1870 tuvo lugar allí un enfrentamiento armado que duró todo el día. Se enmarca en la revolución jordanista que se inició con el asesinato de Urquiza. Esta es la síntesis de aquel acontecimiento que le dio nombre a nuestra isla.


Gualeguaychú fue una comunidad muy identificada con el General Urquiza. Motivos no faltaban: su esposa, Dolores Costa, había nacido en esta localidad cuando todavía era una aldea. Casualmente un decreto de Urquiza de Noviembre de 1851 nos ascendió al rango de “ciudad” y lo firmó acá para darle más significación al acto gubernativo. Además, venía muy seguido por estos pagos, donde tenía tres propiedades importantes: la propia isla que le pertenecía en un 100%; la denominada “casa del cura” por habérsela comprado al Padre Manuel Erausquin y que aún se conserva dentro del Regimiento de Tanques 12 y las más suntuosa: la generosa mansión que hizo construir en terrenos de su suegro Don Cayetano Costa, en el solar que actualmente ocupa el nuevo Banco Bersa, 25 de Mayo y España. Ayudó mucho a Gualeguaychú en toda forma: él inició la colecta para la construcción del Teatro “1° de Mayo" -frente a la Plaza San Martín- en la década de 1850. El 30 de Mayo de 1863 junto a su esposa, colocó la piedra fundamental de la parroquia San José. Gran parte de la gestación del Ejército Grande fue planificada y orquestada en numerosas reuniones secretas que se realizaban en el rancho que tenía en la isla. Ayudó particularmente a la educación en esta localidad y cada vez que nos visitaba era objeto de grandes apoteosis populares: Gualeguaychú quería mucho a Urquiza y le demostraba su gratitud.

Por todo ello, no debe extrañar que la noticia de su asesinato, ocurrido el 11 de Abril de 1870, no sólo causara aquí una profunda conmoción, sino que determinó el rápido alinaeamiento del lado opuesto al triunfante Ricardo López Jordán, quien sin embargo, contaba con adhesiones en la mayor parte de la Provincia.

Tan rápida fue la reacción de la comunidad gualeguaychuense, que a los cuatro días del asesinato (y a tres de conocerse la noticia) se constituyó un cuerpo armado de ciudadanos dispuestos a tomar parte en la lucha para enfrentar la revolución que había asesinado al gobernador. Y adoptando como nombre la fecha de su constitución, se llamó “Batallón 15 de Abril”.

Estaba integrado por el entonces Comandante del Departamento, Reynaldo Villar (suegro de Francisco Seguí) como Jefe, Leopoldo Espinosa como Subjefe y como oficiales: Inocencio Fourques, Rómulo Delgado, Policarpo De la Cruz, Gervasio Méndez, Juan A. Casacuberta, Bautista Batallada, Yari Casanova, Marcos Aguilar, Olivio Acosta, Juan Antonio Carrera, Félix Jurado, José Luis Aranda, Pedro Rodríguez, Eleuterio Grané, Luis Luciano, Eduardo y Ladislao Barañao, Asencio Muñoz y Manuel Cepeda. Todos vecinos de prestigio y pertenecientes a familias tradicionales de Gualeguaychú; algunos de ellos de gran fortuna, que se decidieron a luchar contra la revolución.

Domingo Faustino Sarmiento que era Presidente desde 1868, finalmente se había reconciliado con Urquiza luego de largos desencuentros. En 1851 él también había participado de las reuniones en el rancho de la isla y allí recibió su designación como boletinero del Ejercito Grande (y según la malas lenguas, algunos ataques de “Purvis” el aguerrido perro de Urquiza). Luego de Caseros el sanjuanino se había convertido en un feroz opositor de Urquiza Presidente y finalmente cuando a él le tocó serlo, llegó el demorado reencuentro.

Fue de tal espectacularidad el recibimiento que el gobernador entrerriano le hizo en su Palacio San José, que llegó a decir ¡ahora sí que me siento Presidente!

Enterado Sarmiento del asesinato y la designación como gobernador de López Jordán por parte de la Legislatura, envía de inmediato una fuerza federal a cargo del Gral. Emilio Mitre (hermano de Bartolomé) que llega por agua a Gualeguaychú al frente de un Ejército de Observación con 500 hombres y aquí se aposenta. Intensas gestiones de vecinos de la ciudad y representantes de la Legislatura, como el talense Onésimo Leguizamón (quien luego fue Ministro de Educación de Roca) y otros, procuraron evitar el enfrentamiento pero la furia de Sarmiento y la firmeza de López Jordán lo impidieron.

El choque se produjo cuando las fuerzas jordanistas llegaron por tierra desde el oeste comandadas por el Coronel Robustiano Vera y finalmente tomaron la ciudad.

Ante esa situación y sin otra alternativa, las fuerzas nacionales y el Batallón 15 de Abril se refugiaron desde la mañana en la isla, a la cual por entonces se podía acceder a caballo, ya que a la altura de la actual calle 3 de Caballería, había un banco de piedra y el islote “Ubajay” que se mantuvo hasta 1912. Las fuerzas provinciales las sometieron a un fuego graneado desde la Aduana y el puerto; y el ataque fue resistido hasta las últimas horas del día hasta que los de la isla se quedaron sin municiones.

Fue entonces cuando cerca de las 21 hs. abandonaron la posición embarcando en el vapor del Sr. Agustín Gianello curiosamente llamado “Garibaldi”, frente al actual Camino de la Costa, para dirigirse hacia el Río Uruguay. Cabe acotar que la huida era segura, porque por entonces no existía el puente y no había forma de interceptarlos por tierra.

A mediados de esa década todo volvió a la normalidad y la llegada de los inmigrantes cambió la fisonomía de la ciudad. En recuerdo de esa gesta heroica, la isla -que se había llamado "del Puerto" o "de Fraga"- pasó mucho después a llamarse "de la Libertad". Varios años habían pasado y la jornada permanecía fresca en el recuerdo. En 1920 se festejó dignamente el cincuentenario con los que aún quedaban vivos. El último en morir -en 1945- fue Inocencio Furques, uno de los grandes periodistas que recuerda Gualeguaychú. Que será motivo de otra nota.



Cómo nació el vals a Gualeguaychú


Si bien no tiene nada que ver con la célebre película, lo que aquí se relata ocurrió en el “Verano del 42”. Mientras en otras partes del mundo los pueblos eran devastados por la guerra, acá en Gualeguaychú -bella y hermosa- nacía la canción que hoy constituye nuestro “himno lugareño”.


Por aquellos tiempos Gualeguaychú dejaba atrás la fisonomía de aldea y se iban concretando sus pretensiones de ciudad. En unos pocos años, tuvo sus calles céntricas pavimentadas, la red de obras sanitarias, nuevas plazas y paseos, el puerto remodelado, con acceso por las flamantes Avenidas del Valle y Costanera.

La habilitación del puente en 1931, dio vida al Parque Unzué y los clubes que nacieron junto al río. Desde 1936, la ciudad tuvo comunicación terrestre con Buenos Aires, gracias a la quijotada de Don David Della Chiesa, aunque todavía el puerto seguía concentrando la mayor parte del tráfico y movimiento de pasajeros.

La guerra mundial acaparaba las conversaciones, que giraban sobre los avances del ejército alemán o el desastre de Pearl Harbour. Se festejaban las actuaciones en el fútbol nacional, de nuestro Alberto Zozaya (a) Padilla, para compensar en parte las quejas por el fraude patriótico, la escasez de cubiertas, la sequía o los estragos de las últimas mangas de langosta.

Gualeguaychú era como una niña quinceañera, que se sabe linda y atractiva pero no le basta: necesita un galán que se lo diga y del modo mas lisonjero. Nada hacía imaginar que el ansiado galanteo, vendría pronto de la mismísima Buenos Aires, en forma de “ofrenda musical”.

Por entonces, el público había descubierto el Parque Unzué que se puso de moda y congregaba multitudes a toda hora para diversas actividades. De tarde, el Neptunia realizaba importantes festivales náuticos que generalmente culminaban con los vistosos saltos ornamentales de Julio Bibé y Alberto Buschiazzo. Los domingos el pueblo entero se congregaba allí para presenciar los duelos automovilísticos que protagonizaban Herman Fandrich, “Chelo” Murature, “Topa” Open, “Pito” Rossi, Florencio Sturla y “Corcho” Pérez Chiama.

De los acontecimientos nocturnos, cabe recordar las veladas que organizaba el citado Club, trayendo prestigiosas orquestas de Buenos Aires y los más populares del Recreo Lusera, con sus célebres bailes “teneme el nene”.

Una de las jornadas más lucidas en el nuevo parque, había sido la inauguración, en 1939, de la cancha del Racing Club -hoy concedida a Central Entrerriano- con la presentación de la primera división de fútbol del Club Racing de Avellaneda, que acababa de adquirir al recordado Zozaya.

La pujante entidad había instalado en su predio canchas de tenis y basquet, una vistosa fuente y un frontón de paleta, que vino a convertirse en escenario de lo que hoy recordamos.

En ese frontón, dos conocidos artistas que venían de Buenos Aires, organizaban kermesses y otros espectáculos de fin de semana. Eran Nicolás A. Trimani y Pedro H. Noda. El primero era un guitarrista y poeta popular uruguayo. Fue autor de valses, tangos, y algunas canciones escolares. El segundo, un prestigioso guitarrista y cantor, que en la década anterior integró un célebre dúo con Agustín Magaldi. Habían llegado a Gualeguaychú por una vinculación comercial de Trimani con Carlos Lambruschini, cantinero del Racing Club.

Aquellas kermesses bailables, pronto alcanzaron gran éxito, tanto en lo social como en lo económico. El prestigioso dúo, subcontrataba en Buenos Aires números artísticos de jerarquía: cantantes, orquestas, cuerpos de bailes españoles y además organizaban concursos entre cantores locales. Con ese nutrido programa lograron llevar numerosas familias al parque en las noches sabatinas, lo que les dejaba muy buenos dividendos.

Aquellas rendidoras jornadas llenaban de satisfacción a los directivos de Racing, entre los cuales se recuerda a su Presidente, Don José M. Nuñez (dueño de Casa Nuñez en calle 25) y a Quico Vallejo, Lalo Iglesias, Juan J. Buschiazzo, Oscar Lapalma, Pedro Fernández Ohyamburu, Alfredo Barcia, Pedro Delcanto, Edmundo De Salazar, Leonardo Damasco y Raúl Bourilhón entre otros.

Muchos de ellos colaboraban activamente, como por ejemplo, Lalo Iglesias y Rafael Regazzi, quienes actuaban como controles en la cantina. No era ajeno a todo esto, el cuidador de las instalaciones y eximio deportista Mateo Martínez (a) "Serorena", mas conocido por su apodo Boca Criolla.

Tal fue el éxito de aquellas jornadas en el verano de l942, que un día, viajando a bordo del vapor Luna, el dúo Trimani-Noda decide plasmar su gratitud a la ciudad que con tanta generosidad los había recibido. El primero escribió la letra y el otro la música, del hermoso vals que desde entonces se constituyó en la canción-emblema de Gualeguaychú.

Se discute en qué momento y lugar terminaron de componerlo, pero lo cierto es que en una de las visitas domingueras a Quico Vallejo -de quien se habían hecho muy amigos- le obsequiaron a su señora, Carmen de Sande, una rosca de reyes de la confitería "Apolo" –de los Lambruschini- en cuya envoltura escribieron las estrofas del vals.

La letra de Trimani -escrita en primera persona del singular- confirmaba nuestra fama de ciudad de los poetas y se constituía en "Ofrenda musical de Buenos Aires..."

Pero aquellos artistas, más inspirados que prevenidos (hoy no ocurriría) no tuvieron la previsión de registrar su creación. Algunos años después la inscribió otra persona, lo que generó algunas discusiones. Legalmente entonces pertenece a quien la registró y como abogado, el autor de esta nota no puede dejar de reconocerlo. Pero como investigador de aquella realidad y con el aporte testimonial de la mayor parte de las personas aquí citadas, no tiene ninguna duda sobre quiénes son los verdaderos autores de ese regalo musical nuestro. Que es un modo de hacerles justicia.

Los gualeguaychuenses mantuvieron y el vals durante medio siglo como una tradición muy propia. Sin partitura, la música se transmitía a las nuevas generaciones y la letra estaba en la memoria colectiva. Américo Salazar cuya prestancia como cantor perdura en el recuerdo, ayudó a difundirlo en los primeros tiempos, cantándolo por todos los escenarios de Gualeguaychú y alrededores.

Pero recién en 1980 la canción local empezó a conocerse en el resto del país, cuando la grabaron los Hermanos Cuesta. Luego volvió al olvido, hasta que hace diez años Soledad Pastorutti le devolvió popularidad. Le había llegado en forma oral y por una casualidad: cerca de su casa en Arequito, vivía la familia Bulay oriunda de Gualeguaychú y así lo redescubrió.

Cuando en 1998 el autor de esta nota presentó en el Instituto Magnasco el libro “Vivir en Gualeguaychú”, se distribuyó en el ingreso la letra del vals, que fue entonado por el público con la emoción de un himno lugareño. Hoy día son muchos los artistas que llevan esa antorcha, aunque para mi gusto, nadie como Claudia Figueroa.





Con ansias de cantar llegué hasta aquí

Trayendo un madrigal en mi laúd,

Y desde que llegué, palpita en mí

Como una bendición, Gualeguaychú.

Sabía que esplendente como el sol

Se alzaba esta ciudad bella y hermosa,

Paraíso terrenal, tierra gloriosa

Que besa el Paraná y el Uruguay.

Cuna de oro de Olegario V. Andrade

Pueblo grande del genial Luis N. Palma,

Que cantara el inmortal Gervasio Méndez

Mil canciones que en el cielo están grabadas.

Estas flores del alma de mi lira

Van cayendo como pétalos de azahares,

Es la ofrenda musical que Buenos Aires

Dedicara para vos, Gualeguaychú.

Yo he sido designado embajador

Y debo cumplimiento a esta misión,

Hacer de tu poesía y de tu amor

Un culto a tu sagrada tradición.

Volcando admiración y gratitud

En una sucesión de luz divina,

Y en nombre de las musas argentinas

Te ofrezco el corazón, Gualeguaychú.

Letra : Nicolás Trimani
Música : Pedro Noda