
El pensamiento y la palabra.









Ese día se habilitó en forma provisoria. Se cumplía un viejo anhelo expresado en gestiones que databan de 1917 y fue una obra hecha con fondos nacionales y provinciales, iniciada durante administraciones radicales.
Por aquel entonces en Gualeguaychú, la mayor parte de sus calles eran de tierra o empedradas. El río era la única vía de comunicación con Buenos Aires, pero en 1928 Don David Dellachiesa se abría paso en “el país de los matreros”. Es decir que ambas obras se hicieron casi juntas, sin saber que luego ambas formarían parte de la Ruta Nacional 14.
La habilitación del puente no sólo nos proporcionó comunicación con los campos de la costa del río Uruguay, sino que evitó que se perdiera la donación del parque, pues corría peligro de ser revocada, por no afectarse al uso público, como lo determinara su donante, Saturnino J. Unzué.
En la costa del mismo parque –precisamente entre el puente y el actual Club Neptunia- todavía se conservan vestigios de las instalaciones que se habilitaron al sólo efecto de las operaciones previas al montaje. Era la base de la pluma con que se bajaban las piezas que venían desde Holanda numeradas y ya en tierra, se iban ordenando cada una en su lugar. Según cuenta el memorioso don “Lote” Heredia, lo armaron como un gigantesco mecano. En el lecho del río, los buzos primero hincaron los grandes pilotes sobre los cuales apoyaron luego los cilindros y los mismos que habían bajado las piezas, construyeron un armazón con vigas de madera, a modo de puente provisorio, sobre el que luego se fue asentando el definitivo. Ver trabajar a esos centenares de operarios era el máximo atractivo para los gualeguaychuenses de entonces.
La última etapa fue la de los terraplenes de acceso, que no son los actuales: eran más cortos y empinados, por lo que costaba mucho subirlos. Es por ello que la entrada al parque estaba en esa época mucho más cercana a la cabecera Sur del puente. Visto desde la ciudad se lo divisaba en lo alto, ya que por entonces no existía la costanera ni la Av. Luis N. Palma. El terreno previo al acceso, era un gran bajo.

Cuando el Director de la obra, Ing. Jaime Banciz (Director de Puentes y Caminos de la Provincia) la habilitó, quedaron en el recuerdo las tres balsas “a maroma” que en distintos puntos cruzaban al poco utilizado Parque: La del Sr. Bonzón embarcaba en las inmediaciones de la actual Plazoleta de los Amigos; la de Miguel Izzetta, desde donde hoy están los obeliscos y la de Don Joaquín Gorosterrazú iba desde calle Andrade hasta donde hoy está la cantina del Club Náutico.
El puente era levadizo como puede constatarse por lo que quedan de sus mecanismos (contrapesos, poleas, engranajes, palancas). Por eso el piso de su vano central era de madera, para reducir el peso. En realidad, muy pocas veces fue levado. Con el paso de los años, las piezas se fueron oxidando hasta trabarse. Más adelante, sobre la madera se puso una cobertura asfáltica y para completar la inutilización del mecanismo, hace unos años se le adosó un caño de agua, que bien podría haber sido subfluvial, como el que alimenta la isla Libertad.
Todo eso se ha aguantado el pobre puente, pero además debe soportar que al cambiarse el recorrido de la Ruta Nac. 14, se quedó “guacho”de mantenimiento, porque de ahí en más todos se desentendieron de su atención y quedó muchos años sin ese servicio. Suele suceder.
Se aguantó también varias crecientes, como las de 1940, 1959, 1966, 1978 y 2007, que aunque no llegaron al nivel de su piso, ejercieron enorme presión en sus bases cilíndricas. Se fisuró el hormigón de sus accesos y se oxidó entero. El penúltimo “gesto de amor” lo recibió por parte de un grupo de vecinos que constituimos en 1985 (Intendencia de Richard Taffarel que nos ayudó mucho), la “Asociación Amigos de Gualeguaychú” entre los que recuerdo a Totó Pugliese, Juan Carlos Falcón, Mario Fischer, René Marciales y Miguel H. Pivas, entre otros.
En esa oportunidad se hicieron “24 horas para la solidaridad” y con lo recaudado se adquirió la pintura color naranja que se le aplicó, de la que hoy no quedan sino los restos.
Por si algún susto le faltaba, en Diciembre de 1990, con motivo de una chirinada de militares irresponsables, estuvo a punto de ser volado, del modo en que efectivamente se lo hizo con la cabecera Oeste del que cruza el río más al Norte como parte de la Ruta Internacional 136.
Los sucesivos nombres del puente, reflejan la situación política de cada época: se llamó “Hipólito Irigoyen” y luego “6 de Septiembre” por la revolución de 1930, irónicamente la que lo derrocó, luego “la Balsa” y finalmente desde 1987, lleva el nombre de Claudio Méndez Casariego, quien fuera dos veces Intendente de nuestra ciudad y alentara fervorosamente su concreción.
Allí aguanta el viejo puente, esperando un poco más de atención, aunque algunos salvatajes se le han hecho en estos últimos dos años.
¡Qué bueno sería arenarlo y repararlo, recuperar su mecanismo de elevación, pintarlo e iluminarlo como se ha hecho en otras partes del mundo, donde se conservan estas reliquias urbanísticas!
Y por supuesto, darle pronto un hermano más joven y robusto que lo alivie de sostener sólo tanto esfuerzo. No sea que algún día se caiga y tengamos que llorar como los santafesinos, la caída del majestuoso colgante del Colastiné.

Gualeguaychú fue una comunidad muy identificada con el General Urquiza. Motivos no faltaban: su esposa, Dolores Costa, había nacido en esta localidad cuando todavía era una aldea. Casualmente un decreto de Urquiza de Noviembre de 1851 nos ascendió al rango de “ciudad” y lo firmó acá para darle más significación al acto gubernativo. Además, venía muy seguido por estos pagos, donde tenía tres propiedades importantes: la propia isla que le pertenecía en un 100%; la denominada “casa del cura” por habérsela comprado al Padre Manuel Erausquin y que aún se conserva dentro del Regimiento de Tanques 12 y las más suntuosa: la generosa mansión que hizo construir en terrenos de su suegro Don Cayetano Costa, en el solar que actualmente ocupa el nuevo Banco Bersa, 25 de Mayo y España. Ayudó mucho a Gualeguaychú en toda forma: él inició la colecta para la construcción del Teatro “1° de Mayo" -frente a la Plaza San Martín- en la década de 1850. El 30 de Mayo de 1863 junto a su esposa, colocó la piedra fundamental de la parroquia San José. Gran parte de la gestación del Ejército Grande fue planificada y orquestada en numerosas reuniones secretas que se realizaban en el rancho que tenía en la isla. Ayudó particularmente a la educación en esta localidad y cada vez que nos visitaba era objeto de grandes apoteosis populares: Gualeguaychú quería mucho a Urquiza y le demostraba su gratitud.
Por todo ello, no debe extrañar que la noticia de su asesinato, ocurrido el 11 de Abril de 1870, no sólo causara aquí una profunda conmoción, sino que determinó el rápido alinaeamiento del lado opuesto al triunfante Ricardo López Jordán, quien sin embargo, contaba con adhesiones en la mayor parte de la Provincia.
Tan rápida fue la reacción de la comunidad gualeguaychuense, que a los cuatro días del asesinato (y a tres de conocerse la noticia) se constituyó un cuerpo armado de ciudadanos dispuestos a tomar parte en la lucha para enfrentar la revolución que había asesinado al gobernador. Y adoptando como nombre la fecha de su constitución, se llamó “Batallón 15 de Abril”.
Estaba integrado por el entonces Comandante del Departamento, Reynaldo Villar (suegro de Francisco Seguí) como Jefe, Leopoldo Espinosa como Subjefe y como oficiales: Inocencio Fourques, Rómulo Delgado, Policarpo De la Cruz, Gervasio Méndez, Juan A. Casacuberta, Bautista Batallada, Yari Casanova, Marcos Aguilar, Olivio Acosta, Juan Antonio Carrera, Félix Jurado, José Luis Aranda, Pedro Rodríguez, Eleuterio Grané, Luis Luciano, Eduardo y Ladislao Barañao, Asencio Muñoz y Manuel Cepeda. Todos vecinos de prestigio y pertenecientes a familias tradicionales de Gualeguaychú; algunos de ellos de gran fortuna, que se decidieron a luchar contra la revolución.
Domingo Faustino Sarmiento que era Presidente desde 1868, finalmente se había reconciliado con Urquiza luego de largos desencuentros. En 1851 él también había participado de las reuniones en el rancho de la isla y allí recibió su designación como boletinero del Ejercito Grande (y según la malas lenguas, algunos ataques de “Purvis” el aguerrido perro de Urquiza). Luego de Caseros el sanjuanino se había convertido en un feroz opositor de Urquiza Presidente y finalmente cuando a él le tocó serlo, llegó el demorado reencuentro.
Fue de tal espectacularidad el recibimiento que el gobernador entrerriano le hizo en su Palacio San José, que llegó a decir ¡ahora sí que me siento Presidente!
Enterado Sarmiento del asesinato y la designación como gobernador de López Jordán por parte de la Legislatura, envía de inmediato una fuerza federal a cargo del Gral. Emilio Mitre (hermano de Bartolomé) que llega por agua a Gualeguaychú al frente de un Ejército de Observación con 500 hombres y aquí se aposenta. Intensas gestiones de vecinos de la ciudad y representantes de la Legislatura, como el talense Onésimo Leguizamón (quien luego fue Ministro de Educación de Roca) y otros, procuraron evitar el enfrentamiento pero la furia de Sarmiento y la firmeza de López Jordán lo impidieron.
El choque se produjo cuando las fuerzas jordanistas llegaron por tierra desde el oeste comandadas por el Coronel Robustiano Vera y finalmente tomaron la ciudad.
Ante esa situación y sin otra alternativa, las fuerzas nacionales y el Batallón 15 de Abril se refugiaron desde la mañana en la isla, a la cual por entonces se podía acceder a caballo, ya que a la altura de la actual calle 3 de Caballería, había un banco de piedra y el islote “Ubajay” que se mantuvo hasta 1912. Las fuerzas provinciales las sometieron a un fuego graneado desde la Aduana y el puerto; y el ataque fue resistido hasta las últimas horas del día hasta que los de la isla se quedaron sin municiones.
Fue entonces cuando cerca de las 21 hs. abandonaron la posición embarcando en el vapor del Sr. Agustín Gianello curiosamente llamado “Garibaldi”, frente al actual Camino de la Costa, para dirigirse hacia el Río Uruguay. Cabe acotar que la huida era segura, porque por entonces no existía el puente y no había forma de interceptarlos por tierra.
A mediados de esa década todo volvió a la normalidad y la llegada de los inmigrantes cambió la fisonomía de la ciudad. En recuerdo de esa gesta heroica, la isla -que se había llamado "del Puerto" o "de Fraga"- pasó mucho después a llamarse "de la Libertad". Varios años habían pasado y la jornada permanecía fresca en el recuerdo. En 1920 se festejó dignamente el cincuentenario con los que aún quedaban vivos. El último en morir -en 1945- fue Inocencio Furques, uno de los grandes periodistas que recuerda Gualeguaychú. Que será motivo de otra nota.