sábado, 30 de mayo de 2009

El Padre Borques, nuestro primer historiador.


Sabemos que hay una calle Borques. Pero no mucho más. Seguramente los vecinos que viven en ella, poco recuerdan del personaje a quién alude ese nombre.

Juan Carlos Borques, como otros grandes curas que se quedaron en Gualeguaychú para siempre –Luis N. Palma y José María Colombo- no era nativo de nuestra ciudad. Nació en Montevideo en 1858 y vino muy joven a nuestro país para educarse con los jesuitas en el Colegio Inmaculada Concepción de Santa Fe. Allí se incorporó al seminario pero aún antes de ordenarse, el Obispo Santafesino, José María Gelabert y Crespo lo envió a Córdoba. Allí conoció al Obispo de esa ciudad Fray Mamerto Esquiú, quien lo recibió y hospedó con el trato propio de un familiar.

Regresa para completar su preparación y ya ordenado –en 1882- fue destinado por tres años a la Catedral de Paraná. Luego de su paso por Goya (Corrientes) y Rosario, (Santa Fe) como teniente cura, es designado canónigo por el Obispo de Paraná, Rosendo de la Lastra y Gordillo. En 1.899 viaja a Roma con 10 obispos y fue recibido por el Papa León XIII, autor de la célebre encíclica Rerum Novarum.

Desde 1910 fue Canónigo de la iglesia de La Merced en Buenos Aires y finalmente en 1915 viene a Gualeguaychú con sus padres Juan Manuel Borques y María Sánchez. Nunca más se fue de esta ciudad y aquí descansa junto a ellos desde su fallecimiento, el 6 de Septiembre de 1931.

Algo le vio el Obispo Santafesino para enviarlo a Córdoba antes de ordenarse; algo advirtió en él, el gran religioso franciscano y autor del célebre Sermón de la Constitución (1853) para alojarlo en su diócesis. Es que el joven cura era ante todo, un gran estudioso.

En todos sus destinos pastorales incursionaba en la documentación eclesiástica y ello le alumbraba el pasado de cada comunidad. Luego recurría a otras fuentes y así, sin haberse disciplinado en historia, devino un serio investigador.

Cuando llegó a Gualeguaychú, siguió complementando su tarea sacerdotal con la averiguación de nuestro pasado. Sin quererlo, se convirtió así en nuestro primer historiador, título que con toda justicia le confirió otro gran cultor de nuestro pasado: Don Horacio Romero.

En su trato humano, Borques tenía una gran sensibilidad gustaba de la buena lectura, la poesía, la música y la naturaleza. Esto último seguramente lo determinó a adquirir una chacra en el antiguo camino al cementerio. Pero su primera residencia estuvo en la esquina de calle 25 y la que desde 1974 lleva su nombre.

Se interesaba por muchos temas y era asiduo concurrente a tertulias en las que dialogaba largamente, sea con su amigo el Dr. Emilio Marchini, Don Luis Doello Jurado -su vecino- o tantos amigos que frecuentaba.

Entre lo mucho que escribió hay una exhaustiva investigación sobre la fundación de Rosario. Hizo importantes contribuciones sobre la fundación de Gualeguaychú y rescató valiosas cartas de Fray Sebastián Malvar y Pinto, primer Obispo del Río de la Plata, en las que se preocupaba por el abandono de las capillas de nuestra zona.

Aportó también muchos datos sobre la vida de Fray Mamerto Esquiú, que volcó en su libro Reminiscencias.

Sobre nuestro pasado, hizo múltiples investigaciones: la vida del Padre Vicente Martínez (quien en 1863 inició la obra de nuestro templo mayor) y una cantidad de trabajos monográficos sobre diversos temas de la ciudad, sus instituciones y personajes que sería largo de enumerar en esta nota. La mayor parte de esas investigaciones quedó inédita y su documentación se conserva en las numerosas carpetas de su archivo.

Seguramente cuando por fin se acometa la gran tarea colectiva de recopilar, sistematizar y publicar la historia de Gualeguaychú, la valiosa colección del Padre Borques será una de las fuentes más preciadas por los investigadores.

Pero sin duda el trabajo más valioso fue volcado en su libro "Ensayo Histórico sobre el Periodismo de Gualeguaychú -1849-1870", editado en 1919. Él había tenido acceso a los pocos ejemplares que quedaban de los primeros periódicos de nuestra ciudad, a partir de El Progreso de Entre Ríos que dirigía Don Isidoro de María (uruguayo como él) desde 1849 y los que le sucedieron, durante la vida de Urquiza. Es bueno tenerlo presente, justamente a una semana de celebrarse el Día del Periodista.

Tan calificado lector no podía tener una biblioteca menor: reunió 2600 ejemplares. En 1931, después de su muerte, según su última voluntad, todos sus libros, numerosas carpetas, manuscritos y la valiosa documentación referida, fueron entregados por sus familiares al Instituto O. Magnasco después de su muerte. Pero la colección Borques tenía “una yapa” que nadie se imaginaba: entre los libros antiguos había un incunable impreso en 1489. Posiblemente esa reliquia bibliográfica equivalga al resto de la biblioteca. Fue descubierto con gran sorpresa por Camila Nievas a su regreso de Europa, cuando visitara la Biblioteca de Berlín.

Sus restos descansan en el Cementerio Norte junto a sus padres en una tumba que fue declarada histórica por Ordenanza del Honorable Concejo Deliberante a mediados de 2005.
Previamente en 1974, el H. Concejo, había impuesto su nombre a la ex calle Villaguay.

El 17 de Noviembre de 2007, la Municipalidad de Gualeguaychú y un grupo de instituciones y vecinos de la ciudad, impulsados por su gran admirador el Padre Luis Jeannot Sueyro, le tributó un homenaje junto a su tumba recién restaurada, previa reposición de la lápida recordatoria. Lástima que éramos pocos.

Ultima residencia de Borques en la esquina de Rivadavia y San José (esq. NE)
(Ex Coca Cola. Hoy Supermercado Dia)
La primera casa que compró cuando vino en 1915, fue la de 25 y Villaguay (hoy Borques). Despues se mudó a Luis N Palma y Santiago Diaz donde lo tuvo de vecino a Luis Doello Jurado.

domingo, 24 de mayo de 2009

Amor y Primavera, Madre de Orquestas



Noventa años atrás, Gualeguaychú ya experimentaba el progreso generado por la producción del campo, con el esfuerzo común de sus hijos, criollos y adoptivos. Calles empedradas, ferrocarril, tranvía, teléfono, telégrafo, electricidad y algunos edificios de dos plantas. A las numerosas escuelas primarias se habían sumado dos establecimientos secundarios y contábamos con hospital, bibliotecas, teatro, frigorífico, molinos y otras industrias. Un grupo de vecinos, iniciaba por entonces la quijotada que nos daría después comunicación terrestre con Buenos Aires.

Numerosos clubes deportivos se habían fundado en la década del centenario y la vida social también tuvo sus cambios. Desde mucho antes existían las sociedades de bailes, creadas a ese exclusivo fin. La música había estado a cargo de sucesivos conjuntos en los cuales, los inmigrantes aportaban sus instrumentos y virtuosismo. Así se formaron las bandas del pueblo, las de las distintas colectividades o de alguna escuela, como la de Artes y Oficios.

Pero fue en la década de 1920 cuando Gualeguaychú tuvo su primera gran orquesta: Amor y Primavera. No podían haberle puesto un nombre más romántico y representativo de aquella belle epoque.

Tan en serio fue el emprendimiento de aquel grupo de músicos, que no sólo crearon el conjunto musical en sí, sino una asociación civil con todas las formalidades legales, que se llamó Sociedad Filarmónica Amor y Primavera. La palabra “filarmónica” significa “amigos de la música” y era usual la creación de este tipo de entidades. Esa denominación de la sociedad aludía, más al espíritu y objetivos de sus fundadores, que al tipo de música que ejecutaban, que por cierto, era de muy amplio repertorio. Tenía domicilio social, su sede en una casa alquilada, estatutos, comisión directiva, órgano revisor, libros de actas, balances, inventarios y reglamento.

Entre sus miembros directivos podemos mencionar a los siguientes músicos: Américo Spoturno, Ismael Rébora, Alejandro Jano Denegri, Kuroki S. Murúa, José María Bozzano, Adrián V. Ríos, Joaquín Godoy, Eduardo Fernández, Miguel Echandi y Juan Carlos Behigo, entre otros. Cada actuación se trataba y resolvía en reunión de Comisión Directiva, los días viernes; los ensayos se realizaban los martes.

El motivo del enorme prestigio alcanzado, es que cada uno de estos músicos era un virtuoso en su respectivo instrumento, es decir que juntos constituían una especie de selección. Sin perjuicio de que algunos brillaron en distintos instrumentos, como el caso de Kuroki Murúa que en esta orquesta tocaba guitarra y en las décadas siguientes fue un consagrado bandoneonista.

Interpretaban la música que gustaba en la época: valses, pasodobles, tangos y milongas, polkas, rancheras, shotís. Y un ritmo novedoso que comenzaba a imponerse: el fox trot. Amor y Primavera tenía una amplia gama de compromisos que abarcaban las veladas de las entidades recreativas de bailes como La Lira (que funcionaba en el local de la Societé Fracaise en Luis N. Palma, a media cuadra de la Plaza), La Aurora (funcionaba en el imponente local de Argentinos y Orientales en la misma calle), La Juventud (que no tenía relación con el club del mismo nombre) Sociedad Operari Italiana y otras. También en escuelas, de la ciudad y del campo, casas de familia, teatros y otros auditorios.

Pero sin duda el mayor protagonismo lo adquiría en los corsos de la época. Era el período de los palcos engalanados en la calle 25 de Mayo y coincidente con el auge de la más prestigiosa agrupación carnavalera de la época: La Comparsa de Nerón. Precisamente, ésta con Amor y Primavera eran los máximos atractivos de aquellos fastuosos carnavales.

En el carnaval de de 1927, por ejemplo, luego de acordar las condiciones con la Comisión Municipal de Corsos, la orquesta requirió el préstamo de algunos instrumentos de refuerzo para la ocasión, como un trombón que facilitó el Sr. José Sgrizzi y le fue adjudicado para su ejecución a Juan Centurión. También hubo que incorporar un flautista: Juan Antonio Rébora. En consecuencia, ese año la orquesta se integró para el carnaval con los siguientes músicos: violines, José M. Bozzano, Américo Sopturno, Juan Carlos Behigo, Ismael Rébora y Alfredo Sgrizzi. Trombón: Juan Centurión; flauta: Juan Antonio Rébora, mandolín: Eduardo Fernández; guitarras: Joaquín Godoy, Kuroki Murúa, Juan Del Valle y Salvador Rébora.

Para la ocasión contrataron el camión del Sr. Juan Antonio Uriarte¸ quien no cobró por su alquiler, a cambio de solventarle algunas reparaciones. El vehículo era engalanado para las salidas en carnaval; algunas veces lo adornaban con una lira u otro instrumento; en otras ocasiones lo carrozaban con la figura de un cisne.

Entre las escuelas que más visitaban, se recuerda a la de la Srta. Torrilla que organizaba bazares a beneficio del establecimiento. También concurrían seguido a la escuela del Barrio Franco que dirigía la Sra. Ángela G. de Gavazzo. Para esas actuaciones fijaban un precio especial: $ 60. También amenizaban casamientos, bailes en el campo, viajaban a Urdinarrain y otras localidades vecinas y actuaban en casas de familia, como p, ej., en las del Sr. Ricardo Nieto y Don Ernesto Rossi, entre otros.

Para la década del 30 la sociedad Amor y Primavera se había disuelto. Sin embargo, algunos de sus músicos continuaron actuando junto a otros colegas, en diferentes agrupaciones estables o espontáneas, algunas sin nombre. Para entonces se habían incorporado José P. S. Merello (Palito), Alfredo Angerosa, Elizondo, Cachicho Delmagro y otros. De esos continuadores surgieron las dos grandes orquestas que ocuparían la escena en las décadas siguientes: las de Kuroki Murúa y Alfredo Orlando Angerosa. Algunos de los eximios integrantes de Amor y Primavera aparecen en los años subsiguientes integrando la célebre orquesta del Maestro Luis Quaranta que incursionó en la música clásica.

Nos ocuparemos de esas otras orquestas más adelante, pero queríamos recordar hoy a la prestigiosa agrupación de los años veinte, madre y modelo de sus continuadoras.

El entonces suntuoso edificio de "Entre Argentinos y Orientales" que aún subsiste en calle Palma. En su salón de plata alta se realizaban los bailes de "La Aurora".

sábado, 16 de mayo de 2009

Don Saturnino y el Parque

Vista aérea del Parque Unuzé

A principios del siglo pasado, Saturnino Jacinto Unzué poseía una gran extensión de campo sobre el Río Uruguay, incluidas algunas islas. Quienes lo navegaban sabían que el paso por esa propiedad, insumía ¡10 horas de navegación! Comenzaban en la Isla San Lorenzo en el km. 132 -que custodiara don Demetrio Ovcherenko- y terminaban en la boca del Gualeguaychú. No eran tierras carentes de mejoras: tenían instalaciones, como la barraca que regenteara don Guillermo Schaumann y la lechería, tambo frente a la Isla Libertad.

Pero su mayor emprendimiento fue la construcción, del Puerto Unzué, en un lugar estratégico de aguas profundas sobre el km. 104. O sea, al norte del actual Puente General San Martín, frente a la Isla Abrigo. Aunque la obra no pudo terminarse, se emplazó un muro de contención, desde el cual salía un muelle de madera que avanzaba sobre el río. Hubo que hacer un balizamiento, pues el canal de navegación pasaba cerca de la costa.

Para compensar la depresión que separaba el puerto de las tierras altas, se hizo un terraplén a pala de buey y un puente sobre el Arroyo Laguna del Tigre. Ambas obras, figuran en las cartas de navegación. Esta comunicación era para unir el muelle con los galpones. El trayecto sería cubierto por zorras de carga, para lo cual se efectuó un gran acopio de durmientes.

Unzué afectó 6 hectáreas a la fabricación de ladrillos, bajo la dirección del Sr. Zoilo. Este visionario proyecto, no sólo hubiera servido a los intereses de su realizador, sino a la economía regional, durante el tiempo en que carecimos de vinculación terrestre con Buenos Aires. Aún hoy, esa posibilidad no ha dejado de tener vigencia. Sin embargo quedó trunca, porque incidieron otros intereses, a los que les resultó fácil activar la máquina de impedir de la burocracia capitalina. También Unzué poseía la barraca de Friendenberg y la balsa que manipulaba don Joaquín Gorosterrazú, cotidiana protagonista en nuestro río.

Saturnino y su esposa, Inés Dorrego, eran católicos y practicaban la caridad cristiana. Proveían la carne para el Asilo La Caridad y colaboraban con la Sociedad de Beneficencia. Muchos chicos humildes de la costa, eran bautizados con el padrinazgo de don Saturnino, quien cumplía ese rol, no precisamente como un padrino pelado.

En vida, Saturnino se ocupó del destino de sus tierras. Contrató un ingeniero inglés para dividir su campo en 6 lotes, a repartir entre sus hermanas, ya que no tenía hijos, aunque adoptó a Juanita Díaz Unzué, luego duquesa de Luynnes. Pero en verdad tenía 7 lotes porque el séptimo era don Teodoro "Lote" Heredia, uno de sus ahijados, acompañante en las recorridas camperas. Hoy, con 97 años, Lote surca a remo las aguas del río, con igual vitalidad que cuando era repartidor de la lechería.

Cantado destino, el del memorioso Lote, cuyos relatos nos ilustran sobre el Sr. Unzué. Porque de chico fue su boyero -niño ayudante- y de grande, el boyero mayor de toda la zona, ya que como empleado del Ministerio de O. Públicas, se encargaba de mantener las boyas del bajo Uruguay y el Gualeguaychú.

Al distribuir sus propiedades, en 1920, Saturnino tuvo otro un de generosidad hacia la ciudad: donó a la Municipalidad una extensión de 115 hectáreas, frente al casco urbano, para paseo público. Lo entregó alambrado, con el compromiso de la comuna, de hacer obras complementarias.

El Parque era una zona baja, con su monte de árboles silvestres, zanjones, y juncales. Mientras permaneció así, pocos vecinos cruzaban: iban los pescadores, el Negro Albariño -uno de los boxeadores que surgieron después de Firpo-Dempsey (1923) quien colgaba su puching-ball en un tala. Pero su cliente más conocido era el Padre Colombo, quien concurría con los niños de su Escuela de Artes y Oficios. Para las familias de la ciudad, ir al parque de picnic, constituía una travesía que se hacía de vez en cuando.

Después de la donación, transcurrieron 10 años sin que la Municipalidad realizara las obras prometidas. Ello ocasionó un planteo Saturnino, quien llegó a hablar de revocación. Entonces se dio una confluencia de circunstancias: por una parte, en 1931, la habilitación del puente y como consecuencia, el Intendente Bernardo Luis Peyret, prestigioso docente, ex Director de la Escuela Normal tomó la determinación de remodelar el Parque.

Grande fue la tarea, que contó con el aporte de una comisión de vecinos. Hicieron hacer terraplenes, rellenaron esteros, hubo que desmalezar, limpiar, nivelar y reforestar algunos sectores agrestes. Contó Peyret con los servicios de parquero que se quedó para siempre: don Ramón Barzola. Es justo recordar entonces a quien plantó tantos eucaliptos, tipas y otras especies. Más tarde, durante la Intendencia de Pedro Jurado, el vivero se trasladó al parque y don Ramón lo siguió atendiendo. Conocía tan bien su oficio, que no hubo exposición en la cual no ganara premios con sus plantas.

La habilitación del puente insufló vida al parque, que se convirtió en el gran paseo de Gualeguaychú. El pueblo se volcó primero al Parque Chico, que cobró impulso no sólo por las obras de urbanización, sino también por los clubes, a los que se les otorgaron solares en concesión.

Así, en 1931, el grupo que presidía el Dr. Mario García Reynoso funda el Club Náutico, una de cuyas primeras instalaciones fue la casilla antes afectada a la balsa que atendía Joaquín Gorosterrazú. A principios de 1935, un grupo de jóvenes, que practicaba deportes náuticos en la Isla Libertad, funda el Club Neptunia. La nueva entidad organiza festivales con nadadores paranaenses y santafesinos, que culminaban con brillantes demostraciones de saltos ornamentales a cargo de Julio Bibé y Alberto Buschiazzo.

A partir de 1937, Neptunia organizó carreras de autos que congregaban mucho público. En ellas, Topa Oppen, Pito Rossi, Herman Fandrich, Chelo Murature, Florencio Sturla y Corcho Pérez Chiama, protagonizaron vibrantes competencias.


Inauguración del Balneario del Club Náutico - 1931

En 1939 el Racing Club habilitó su cancha de fútbol donde también organizó festivales artísticos. Allí nació el vals A Gualeguaychú.

En 1942, durante la Intendencia de Claudio Méndez Casariego, con un monumental baile, se inaugura el Chateau Vert. Otra velada bailable inolvidable el Neptunia en diciembre del 46, con la actuación de Francisco Canaro y su cantor Roberto Rufino. Tocaba el piano un jovencito: Mariano Mores.

La Isla de la Libertad también empezó a poblarse, en base al loteo hecho por su dueño, Horacio Rébori, por 1940. Hacia los fondos de Racing, funcionó el primer Balneario Municipal, de cuyas instalaciones se conserva el característico tanque. Viniendo por la costa, se encontraba el Lusera, cerca de El Tanque y Los Sauces.

Más al Norte, calle de por medio, estaba el recreo El Tala, de los Roldán. Por las tardecitas las familias llevaban sus hijos a tomar leche al pie de la vaca. Lástima que los chicos puebleros de hoy, no puedan revivir esa maravillosa experiencia.

Los juegos infantiles entretenían a los niños; los palomares de las cercanías llenaban el cielo de alas y bellas estatuas y monumentos ornamentaron el parque. La red de parlantes instalada por Enrique Betolaza, uno de los comerciantes más progresistas que conoció Gualeguaychú, propalaba música y avisos. Por $ 0,20 podía alquilarse una charrette y dar un paseo; también había mateos y hasta ponies. Los fines de semana se sumaba otra atracción muy novedosa: cine al aire libre en el Chateau. Las películas eran proyectadas por un personaje emblemático: Carlos Aurelio -el Pato- Cepeda.

Antigua Cantina del Club Náutico

Como lo recordara Enrique Piaggio, recién en esa época, el público descubrió las bondades del río, ya que no había sido utilizado como lugar de recreación. Contribuyó mucho a ello el Lobo Pérez, a quien se recuerda como el hombre que enseñó a nadar a los gualeguaychuenses. Fue el pionero de ese deporte en nuestro medio; impartía sus clases en la punta de la Isla.

En la década del 40, ya era intensa la vida nocturna del Parque: desde las kermesses de Racing, hasta los bailes del Tanque o Los Sauces, las actuaciones de los cuartetos en El Tala y la pista de baile del Neptunia. Aquella seguidilla de tertulias, le dio al Parque Unzué una intensidad de actividades sociales y deportivas, que hasta hoy no ha recuperado.

Acceso al CNG con el Henry J de Kuki Risso

sábado, 9 de mayo de 2009

Gervasio Méndez, Poeta Desde El Dolor



Cuesta imaginar que cualquiera de nosotros, estando enfermo, escriba desde la cama. Menos aún, si se padece dolor. ¿Quién podría inspirarse en esas condiciones? Si además, la postración perdura casi treinta años y se agrava con parálisis progresiva, resulta imposible imaginar que pueda nacer la motivación artística. Si embargo, eso es lo que hizo Gervasio Méndez, en la mayor parte de su vida.

Su nombre completo era Gervasio Bibiano; había nacido en Gualeguaychú el 30 de Diciembre de 1843, en calles Urquiza y Comercio (actual Mitre) ángulo SE, luego local de la confitería De La cruz Hermanos y en el siglo siguiente, del Bar Mitre. Justamente donde hoy vive quien acá lo está recordando.

Era hijo de Ambrosia de León, nieta de Agustín José De León, uno de los primeros habitantes de Gualeguaychú. Su padre era Gervasio Méndez.

Fue poco a la escuela porque debió ayudar a su madre que no tenía recursos y por ello trabajó desde niño en algunos comercios de la ciudad: una venta de baratijas frente a la Farmacia El Globo (actual Urquiza y Perón) y también en la zapatería de Yorio. Años después, instaló en la misma zona, su propio negocio de mercería.

Era muy apuesto, o fachudo, como se dice ahora, lo suficiente para hacer suspirar a más de una chica. Y como en aquella época, el amor se conquistaba por vía de las palabras bellas y el piropo bien adornado, él contaba con la ventaja adicional de ser un buen decidor de cosas lindas.

A los dieciséis años empezó a escribir poemas y prosa. En 1863, es decir, a los veinte años, ya colaboraba- junto a Emilio Onrubia, Manuel Olazábal y Laurindo Lafuente- en el combativo diario La Democracia que dirigía Eulogio Enciso, periodista de Bs. Aires, traído como refuerzo para enfrentar a su rival El Pueblo Entrerriano, que contaba con las plumas de Olegario V. Andrade, Eugenio Gómez y Marcos Emilio Funes.

De esa época data su poema suyo de amor A María, que permaneció inédito, hasta que lo transcribió el Padre J. C. Borques en su Ensayo Histórico sobre el Periodismo de Gualeguaychú.

En 1868 Gervasio Méndez, como muchos gualeguaychuenses, vive un drama que lo impresiona hondamente: la gran epidemia de cólera que ocasionó centenares de muertos. A tal punto, que para los enterramientos, debieron improvisarse fosas comunes y zanjeos en los campos y suburbios. A fin de ayudar a los familiares de los muertos y sus huérfanos, se creó la Sociedad de Salud y Socorro que presidía Bernardo Goyri e integraban Mariano Jurado, Nicolás Martínez Fonte, Juan Mac Dougall, Luis Clavarino y los curas Inocencio Rosetti y Vicente Martínez. Este último, que tuvo a su cargo la primera parte de la construcción de la Parroquia San José, organizó una gran procesión alrededor de la Plaza Independencia (actual San Martín) llamada Súplica de Piedad para pedir por los enfermos. Gervasio, que participaba, quedó profundamente conmovido al ver aquel sacerdote arrodillarse muchas veces, clamando a la Virgen del Rosario misericordia y perdón. Lo volcó en un poema, en una de cuyas estrofas decía:

Vibran señor en mi oído
El místico y dolorido
Acento de la oración
Conque a Dios le suplicabas
Y de rodillas clamabas
Misericordia y perdón!

Dos años después -1870- al conocerse acá el asesinato de Urquiza, para enfrentar a las tropas de López Jordán se funda el Batallón 15 de Abril al mando de Reynaldo Villar y allí encontramos a Gervasio Méndez junto a Inocencio Furques, Polidoro Espinosa, Eleuterio Grané, Policarpo de la Cruz, Juan Casacuberta, Ladislao Barañao, Bautista Latallada, Félix Jurado, Asencio Muñoz y Luis Luciano, entre otros. Fue el que sostuvo el Combate de la Isla en Noviembre de 1870, al que hemos referido en otra nota. Olegario V. Andrade, amigo de Gervasio, decía que aquel soldado-poeta, llevaba los versos en la cartuchera.

Poco tiempo después empieza a sentir los primeros síntomas de la grave enfermedad. Viaja a Buenos Aires en procura de mejor atención; regresa, pero en 1876 se va allá definitivamente.
Entre los que se acercan a visitarlo están: Martín Coronado, Horacio Mendizábal, Carlos Guido Spano, Rafael Obligado y por supuesto Olegario Andrade y su hija Agustina. Vivía en calle Paraná entre Charcas y Santa Fe y durante muchos años lo amparó su hermana Inés Méndez de Cufré.

Enfermo y pobre, inspiraba lástima. Eso era precisamente lo que nunca había querido y por ello lo expresó de este modo:

Pobre! dicen algunos,
Así, con cierto desprecio
Al mirar la cadena
Que paraliza mi cuerpo.
Y yo exclamo al oírlos
Con el desdén que inspira el necio
Más pobres seréis vosotros
Que tenéis paralítico el cerebro.

En Gualeguaychú, sus amigos organizan una colecta para ayudarlo. Eran iniciativas habituales, tanto para el templo, una escuela, caridad o para un poeta enfermo. Entre los organizadores estaban: Delfín Camejo, Honoré Roustán, Dolores Jurado y Modesta Jurado de Doello.

Ayudado por sus amigos, en 1878 funda -desde la cama- la revista El Álbum del Hogar y pese a su estado, crece su fama en Buenos Aires. Agustín García Merou relataba en Recuerdos Literarios, que lo encontró un día haciendo cigarros para una cigarrería de calle Florida.

A principios de 1878 lo visita Bartolito Mitre y Vedia, en nombre de la comisión popular que impulsaba la repatriación de los restos de José de San Martín. Le pide a Gervasio que escriba un poema alusivo y éste le contesta vehemente: ¡Yo no escribo versos! El joven Mitre insiste: pero su nombre no puede estar ausente..

-¿Qué debo hacer? interrumpe el poeta en actitud de ceder. Luego lo apestilla: ¿lo leerá usted? Bartolito lo leyó magistralmente el 28 de Mayo de 1878 en el viejo Teatro Colón:

¡No podía morir, cupo en la tumba
la gigantesca talla de su cuerpo.
¡Para encerrar su nombre y su memoria,
el hogar de la muerte era pequeño!

Sucesivos aplausos lo interrumpían y Mitre continuaba:

¡No cabía su espíritu grandioso
En la mansión eterna del silencio!...

Al otro día, todo Buenos Aires hablaba de Gervasio Méndez; fue una hora de felicidad, en 25 años de tormento.

Rubén Darío quiso visitarlo pero Miguel Escalada lo disuadió: no vaya, es un semicadáver...El gran nicaragüense, posteriormente describió aquel drama por comparación: Baudaleire (Charles, el poeta maldito) entristece, Heine da pena, Méndez espanta".

En 1882 cuando muere su amigo Andrade, hace su única salida. En La Recoleta sorprende a la muchedumbre, abriéndose paso en su silla de ruedas. Lleva en sus manos una corona de laureles, ganada en un importante certamen literario; la coloca sobre el féretro e inicia su emocionante despedida:

Condensada en mis lágrimas te dejo
Todo el triste poema de la muerte
Y este laurel que es símbolo de gloria
¡Arrancado a mi sien para tu frente!

Murió en Bs. Aires el 18 de Abril de 1897. En la década siguiente se impone su nombre a la escuela provincial fundada en 1908 en la Plaza de Frutos que en 1936 se traslada a su actual ubicación en la antigua casa de la familia Cepeda. Aquel mismo año 1908, por iniciativa de los concejales Pedro Olaechea y Jerónimo Vela, se impone su nombre a la antigua calle Uruguay. Sus restos fueron traídos el 23 de Mayo de 1943, con motivo del centenario de su nacimiento.

Un año antes, Trimani y Noda incluían su nombre en el hermoso Vals a Gualeguaychú, junto a los otros vates que cimentan nuestra fama de ciudad de los poetas: Olegario V. Andrade y Luis N. Palma. Un busto suyo integra el Rincón de los Poetas, inaugurado el 20 de octubre de 1965, en la Plaza San Martín, a metros de su casa natal.

Sería interesante que los circuitos histórico-culturales proyectados en el Cementerio Norte, incluyan su tumba. Así, cada visitante que pase, pueda tomar conocimiento de la fortaleza moral de este gualeguaychuense heroico cuyo espíritu le inspiró versos inolvidables, con los cuales le puso alas a su cruel inmovilidad.

domingo, 3 de mayo de 2009

¡Felices Noventa! Sagrada Familia


A principios del siglo pasado, la ciudad crecía hacia el Oeste, más que hacia otras direcciones. Numerosas familias se radicaban en esa zona y los negocios se establecían sobre la calle 25 de Mayo, que servía como eje de la expansión.

Al fondo, el importante edificio del nuevo hospital, se destacaba sobre el nivel del caserío de la época. Las damas de la Sociedad de Beneficencia, habían costeado su construcción, que venía a ser el logro mayor, luego de una serie de obras concretadas en la larga presidencia de Doña Cornelia Villar de Seguí, una de sus fundadoras.

El año de inicio -1910- de trascendente significado histórico, inspiró el nombre de "Centenario" impuesto al nuevo Hospital, que reemplazó al anterior, llamado "de la Caridad", por la humanitaria entrega, tanto de las integrantes de la Sociedad de Beneficencia como de las Hermanas Vicentinas que allí socorrían a los enfermos, bajo la tutela espiritual de los curas capellanes.

Habían pasado seis años de la inauguración del hospital (30-8-1913) y no cesaba el constante crecimiento de la actividad, su consecuente ampliación edilicia y sobre todo el aumento poblacional de la zona que se integraba con las quintas de los alrededores, donde luego se construyeron los nuevos barrios. Muchos de los vecinos de esa zona oeste eran de origen inmigratorio, por lo que predominaban los apellidos españoles e italianos, todos fervientes católicos, que enviaban sus hijos a la escuelita de las Hermanas Vicenta y Luisa, frente al Hospital (hoy Escuela Mercedes San Martín de Balcarce). Los piadosos padres Aniceto y Juan Treserra, recorrían la creciente barriada, manteniendo contacto con su grey.

Pero los días domingos, las familias enteras debían trasladarse hasta la Parroquia San José, que era por entonces la única del pueblo. Fue en aquella época, que nació la idea de fundar una capilla que sirviera como sede a la capellanía del hospital, residencia del Capellán y a la vez, templo para la comunidad católica de toda la zona Oeste. Por entonces, era Párroco en Gualeguaychú -desde 1905- el hombre que más obras humanitarias realizó durante la primera mitad del siglo: el R. P. José María Colombo.

Cuando recibió la inquietud por parte del Capellán y algunos vecinos del Barrio Oeste, el Padre Colombo, como visionario y ejecutivo que era, se constituyó en gestor y entusiasta impulsor de la idea. En pocas semanas solucionó el problema del costo y puso la obra en marcha; el terreno, de 25 de Mayo y actual Pasteur, fue donado por los esposos Pedro Borrajo y Felipa Irazusta -Pipa- hermana de una gran Presidenta que tuviera la Sociedad de Beneficencia Doña Lola Irazusta de De Deken.

La construcción de la capilla fue costeada íntegramente por la señorita Martina Duarte, que pertenecía a una familia tradicional de nuestra ciudad, cuya residencia era la finca de 25 de Mayo y Humberto Primo (actual Italia) adquirida en 1943 por Don Isaac Manuel Álvarez. El proyecto y la ejecución de la obra estuvieron a cargo de la empresa Millet de Buenos Aires, aunque algunos trabajos los hizo el constructor local David Angelini. El diseño del edificio fue concebido en un estilo de reminiscencias góticas, de aspecto sobrio y líneas sencillas. En el interior se destacan su bello altar, construido en mármol de carrara (luego remodelado, en épocas del Padre Locatelli), las escenas del Vía Crucis y los hermosos vitrales dedicados a la Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, con escenas de su aparición ante Sor Catalina Labouré.

La inauguración tuvo lugar en la histórica jornada del 3 de Mayo de 1919; hace hoy exactamente noventa años. Ese acontecimiento significó para Gualeguaychú una jornada memorable, que bien podría compararse con la de la Iglesia San José o la llegada del primer ferrocarril, importantes sucesos de treinta años antes, que habían tenido como figura protagónica al Padre Luis N. Palma.

Para bendecir la nueva Capilla, que nacía bajo la advocación de La Sagrada Familia, concurrió a Gualeguaychú el Obispo Auxiliar de Paraná, Monseñor Nicolás Di Carlo. El acto de ese 3 de Mayo se realizó con toda solemnidad y constituyó un importante acontecimiento religioso y social para la época. A mediodía, en esa jornada inaugural, se sirvió un almuerzo en el local del Colegio de la Inmaculada, del que participaron autoridades, invitados y vecinos. Por la larde, el Obispo Di Carlo pronunció un sermón que puso de manifiesto sus extraordinarias dotes oratorias.

La nueva Capilla fue muy bien recibida por todos, ya que respondía a una real necesidad espiritual de esa zona. Desde ese momento, sus vecinos tuvieron un templo cercano al cual asistir. Hasta hoy, la concurrencia continúa desbordando el recinto.

La breve visita inaugural bastó para que la perspicacia de Monseñor Di Carlo previera que esa capilla no sería suficiente. Al punto que en la propia Acta de Creación de la Capilla, el Obispo señala la necesidad de ponerse a trabajar para dotar al barrio de una Parroquia. Y antes de emprender su regreso a Paraná, imparte instrucciones precisas al primer Capellán de La Sagrada Familia, el Padre José De Luca, para que inicie esa campaña.

Cinco años después, el 22 de Diciembre de 1924, se dispone desde el Obispado, la creación de la nueva Parroquia para el barrio Oeste: eso ocurrió el 1° de Enero de 1925. Como todavía no se tenía el edificio, Monseñor Abel Bazán y Bustos, determinó que la nueva Parroquia, funcionara provisoriamente en el edificio de la capilla La Sagrada Familia. Diez años de trabajo demandó la construcción del nuevo templo, cuyas dimensiones, en aquella época, eran una verdadera avanzada para la zona. Por fin, en 1934, la cristiandad del barrio Oeste vive su jornada más trascendente, al inaugurar el nuevo templo de Nuestra Señora de los Dolores y Santa Teresita, que quedó a cargo del Párroco José Schachtel.

Desde entonces, tiene allí su asiento la Parroquia creada en 1925. Y el templo de La Sagrada Familia volvió a su originaria condición de Capilla. Luego del Padre José De Luca, que se desempeñó desde la inauguración hasta 1929, fueron capellanes: el Padre José Schachtel hasta 1934; Juan Treserra, Andrés David, Marcos Panozzo, Mario Vela, Luis Rechner, Juan Carlos Locatelli y en estos últimos dos años, el Padre Horacio Carlés, por cuya sencillez y firmeza espiritual, la feligresía del barrio Oeste, lo considera un digno sucesor de aquellos admirables capellanes.

sábado, 2 de mayo de 2009

Pedro Jurado: Periodista e Intendente ejemplar

En Agosto de 1980, con motivo del centenario del nacimiento de Don Pedro, se impuso su nombre a la vieja escuela de Piaggio en Gualeyán. En esa oportunidad, el autor, (cuya madre Lía E. Piaggio, fue maestra allí) pronunció un discurso por la comisión de homenaje, que integraban entre otros, Pablo J. Daneri y Luis Jeannot Sueyro. En esta nota, basada en aquel mensaje, destaca la admirable rectitud del gran periodista e Intendente y el contenido de avanzada de su administración, sobre todo en aspectos sociales, que poco se recuerdan.


La Constitucion de 1933 devolvió a los entrerrianos el derecho - perdido por 30 años- de elegir a sus intendentes, que se designaban en Paraná. Aquellos comicios despertaron natural entusiasmo por la libertad reconquistada. En la provincia pujaban Juan Fco. Morrogh Bernard y Eduardo Tibiletti y en Gualeguaychú, dos periodistas. Uno ya consumado, Don Pedro Jurado, conservador, director de El Censor, fundado por su padre en 1902 y el otro -en ciernes- era el joven abogado radical Pedro R. Bachini, años después, prestigioso director de El Argentino. Se definió a última hora, con los resultados de Gualeyán: había ganado la fórmula Pedro Jurado- Francisco P. Duboscq.

El Censor: Pesó seguramente el respeto ganado en las páginas del diario que Don Pedro dirigía desde 1911 y figuraba entre los señeros de la provincia. Ese vespertino era un diario partidista, cosa común por entonces; sin embargo, su ascendiente entre los lectores era induscutido. No sólo por la calidad de la impresión, las fotografías y su amplísima informacion -aún internacional- sino por el nivel de escribas habituales: Policarpo De la Cruz, Raúl Tomás Frei y como colaboradora, CamilaNievas.

Sus páginas reflejaban generosas, toda inquietud en apoyo a instituciones y obras de bien; fue motor del desarrollo, vehículo de cultura y fuente responsable de información. Coherente con su nombre, El Censor era implacable con los factores de atraso, los funcionarios incompetentes y todo aquello que obstruyera el progreso de Gualeguaychú. Su estilo fue inalterable: palabra clara y concisa; las ideas y opiniones, expresadas en un marco de respeto pero con la fuerza y convicción que les imponía una pluma inteligente e inquieta. Por ello, no es extraño que el electorado local premiara a quien había demostrado interés por el manejo correcto de la cosa pública, conocimiento de las necesidades y vocación de servir.

Finanzas complicadas: Al asumir la Intendencia, Don Pedro anunció que en adelante él se olvidaba que tenía un partido y gobernaría con dedicación igualitaria para todos. Así lo hizo, prescindiendo del color político de sus administrados. Actitud de real valor frente al vicio de la politiquería que concibe a los funcionarios como mandatarios del partido y no del pueblo. Para poder avanzar, debía primero sanear las finanzas municipales cuya deuda sideral hubiera asustado a cualquiera. Pero don Pedro no se amilanaba ante los problemas complejos; es más: se lucía sacando de la manga soluciones acertadas.

Lanzó un empréstito de $400.000 en bonos garantizados por la Municipalidad, que rápidamente se colocaron entre los vecinos. Incontrastable demostración de fe pública en la seriedad de esa operación. Los bonos se rescataban o pagaban intereses con puntualidad y al poco tiempo superaron su valor nominal. Con ello saneó la deuda y se pudieron realizar las obras previstas.

También se dictó una ordenanza de contabilidad municipal que por su nivel técnico, aún hoy podría tomarse como modelo. A través de los balances mensuales que se publicaban en los periódicos -gratis en El Censor como todos los avisos municipales- la opinión pública iba siguiendo la evolución de las finanzas. Se pagaron primero las deudas que más lo preocupaban: los sueldos de los obreros y empleados, que al asumir, oscilaban ¡entre 6 y 17 meses de atraso! cosa común por entonces. Afianzó el concepto de autoridad, con el ejemplo de su rectitud y el ascendiente de su firme personalidad.

La ciudad se transforma:

En poco tiempo, la ciudad se transformaba; no hubo barrio que no experimentara avances. Los paseos públicos fueron realzados, las plazas ornamentadas con jardinería, iluminación, veredas, monumentos, estatuas y árboles. En 1937 compró una manzana en el barrio Oeste para crear la Plaza Belgrano en la que implantó especies arbóreas típicas del Gualeyán, que le había dado el triunfo. En 1938 remodeló, iluminó y embaldosó la Plaza San Martín, hasta entonces de tierra. Para implementar su política de espacios públicos, creó el vivero municipal, de donde saldrían miles de ejemplares para plazas, escuelas y clubes. En una muestra regional, obtuvo un primer premio.

Don Pedro amaba la flora, los espacios verdes y los paisajes lugareños. Sabía de sus bondades, tanto para la ornamentación como para la vida sana.

Salubridad: Puso énfasis en la salubridad: estableció la primera oficina química municipal, no sin resistencia del Gobierno de la Provincia, al que debió convencer con una razón incontrastable: de nada servía tener un solo laboratorio en Paraná. Enviando los alimentos a analizar, se perdía un tiempo precioso, con riesgo de una intoxicación masiva. Para mejor prevenir, estableció el primer servicio bromatológico del interior de la Provincia. Compró la casa de la familia Irazusta (actual ISPED) e instaló allí la Asistencia Pública, dotándola de equipamiento para atención médica, curaciones, pequeñas cirugías y servicio de ambulancias. Todo era gratuito para quienes lo necesitaran. Esa gratuidad alcanzó también al servicio de farmacia, que llegó a despachar 3.000 recetas por mes, lo que evidencia su sentido solidario cuando aún no había obras sociales. En el marco de la Asistencia Pública, creó una Escuela de Enfermería.

Por la niñez: Por su iniciativa también se creó el Dispensario de Lactantes para socorrer a la niñez desvalida. Desde entonces y hasta su muerte, el generoso Patico Daneri fue Director de esa noble entidad, que llegó a suministrar 40.000 litros anuales de leche, 250.000 mamaderas, rayos ultravioletas, ropa y atención médica a las madres. Los resultados de esta obra se verificaron prontamente: en 1935, la mortalidad en los primeros años de vida era de 232 chicos cada mil; en 1939 esa tasa había descendido a menos de 100.

No sólo eso hizo Don Pedro por la niñez de su pueblo: creó en el Parque un sector de juegos infantiles y otro en el Club Juventud Unida. Para Navidad, realizaba festivales en el parque, donde se repartían juguetes a niños pobres. Ya entonces soñaba con una escuela-granja para su formación, obra que se hizo realidad 30 años después por iniciativa de Micho Grané.

Por el deporte: El deporte de Gualeguaychú mereció la atención de Don Pedro. Las instituciones deportivas recibieron su apoyo, ya fuera a través de las páginas de El Censor o de la Municipalidad. Y uno de los deportes favorecidos fue el básquet, llegado aquí en 1933. Don Pedro brindó las páginas de El Censor para difundirlo y colaboró en la construcción de la primera cancha en Juventud Unida, con piso de polvo de ladrillo. Reconocía al deporte como actividad sana, de gran valor social, procurando que todos lo practicaran y a esto lo demostró con obras. Por ello, en 1943, de cara a su reelección -alternada- los deportistas locales adhirieron públicamente a su candidatura: ligas, asociaciones, clubes y deportistas individuales lo auspiciaron, interpretando que era quien más los había apoyado.

Pavimento: Otra obra fundamental fue la pavimentación de cien cuadras. Para concretarla, Don Pedro debió vencer innumerables escollos. En el C. Deliberante enfrentó a una férrea oposición, que superó con sus armas habituales: corrección y solidez en sus argumentos, expresados en concisas palabras. Concluida la obra, algunas denuncias ponían en duda su honestidad, por la calidad y costo del pavimento. Y como su conducta no admitía un atisbo de duda, él mismo exigió una investigación, aún cuando ya había dejado la función.

Ante su insistencia, se nombró una comisión técnica cuyo dictamen determinó que todo se había realizado en forma correcta. No sólo eso: la calidad del pavimento y sus materiales superaban las especificaciones técnicas. Y lo corrobora su duración en las calles céntricas (Urquiza, San Martín, Bolívar y Andrade), que a más de setenta años de construidos, sometidos a perforaciones, conexiones y abuso en el peso de vehículos, son los que mejor se han mantenido.

Otros Proyectos: El soñaba, con el nuevo edificio del Mercado, un banco municipal de préstamos, el camino al Cementerio del Norte, la parquización del Barrio Franco, la nivelación, entubamiento y regulación de desagües en la calle Clavarino, una plaza de ejercicios físicos, una industria local fuerte, turismo, hotelería, recreación infantil, deporte y cultura. Y también se preocupaba Don Pedro por la construcción de casas para los obreros municipales. No concebía que un obrero casado y con cargas de familia ganara igual que uno soltero. Quería aplicarlo en su gobierno, adelantándose en muchos años a la posterior conquista de los trabajadores argentinos. También fue el creador de la Caja Municipal de Jubilaciones y Pensiones, en 1938.

La valoración de la familia, su sensibilidad para con los hogares humildes que visitaba con frecuencia, no surgían de una especulación electoralista -mal endémico del país- sino de un sentimiento sincero que demostró con obras. Luego de la segunda intendencia de Claudio Méndez Casariego, Don Pedro fue reelecto en 1943. No llegó a hacerse cargo por a la revolución de Junio de ese año.

El final: El 31 de Diciembre de 1945, por las circunstancias políticas que el país vivía, debió cerrar definitivamente sus páginas El Censor, que después de medio siglo, arriaba sus banderas, como reza su último editorial. Al escribirlo, seguramente alguna fisura amenazaba al viejo roble.

Sin embargo, ese último editorial mantuvo su proverbial nivel de sabiduría y prudencia: las mismas virtudes que a lo largo de su vida le dictaron una respuesta helénica para cada agravio. Su espíritu había sido templado con estoicismo y fortalecido en la adversidad.
Murió el 22 de Febrero de 1951. Después de haber honrado como pocos al periodismo y la función pública. De él nos ha quedado su herencia moral: la que hace perpetuas a las grandes figuras republicanas.