sábado, 10 de septiembre de 2011

INTENDENTE POR UN DIA.

En 1991, quien esto escribe, estuvo muy cerca de ser electo Intendente de Gualeguaychú..

Sin embargo siete años después, tuvo la oportunidad de ser Intendente por una horas y hasta desempeñar el honroso cargo en el Palacio Municipal.

Se trata de una de las mejores bromas, entre las muchas que hemos organizado en Gualeguaychú.

En Febrero de 1998 visitaba Gualeguaychú un grupo de arquitectos pertenecientes a la Regional Concordia del CAPER (Colegio de Arquitectos de E. Ríos) invitados por Raúl Medrano. Habían trabado una relación de camaradería a través de encuentros anteriores en Curitiba, Colonia, y Montevideo. Venían a nuestra ciudad en franco tren de camaradería, motivados fundamentalmente por nuestro carnaval. Medrano los había invitado a Gualeguaychú, pero como para que no se la llevaran de arriba, pergeñó algunas bromas, que de paso servirían para ratificar la fama de nuestro terruño en la materia. De las varias jugadas que les preparó, la mas fuerte sin duda, era la recepción especial por parte del Intendente en el Palacio Municipal. Solo retaba conseguir un “Intendente” que reuniera las condiciones.

No le costó mucho conseguir al candidato para tan delicada misión: antes de que terminara de formular la propuesta , ya tenía mi “si” rotundo.

Fue una conversación breve en la que acordamos los puntos en cuanto a fecha lugar y algunos detalles básicos. Todo lo demás, quedó librado a la creatividad de cada uno y no hubo ni siquiera el menor atisbo de ensayo. Obviamente, se contaba con la complicidad de las mas altas autoridades municipales. Y algo mas.

La recepción se fijó para un domingo de mañana , no muy temprano, porque habían asistido al corso y el Intendente también. Esa noche los visitantes habían pasado varias peripecias que formaban parte de la cargada, como por ejemplo, enormes dificultades para acceder al palco oficial, pero de lo cual no habían tomado conciencia todavía. Creían a que a Medrano las cosas le salían mal.

El Día domingo a las 10 horas en punto estacioné el auto (que acababa de comprarle a Toto Irigoyen) en el lugar reservado para el Intendente. Por la importancia de la reunión y la cantidad de asistentes, se acordó como recinto para la misma , el salón del H. Concejo Deliberante con anuencia de su Presidente. Aprovechamos una pequeña demora de los invitados para coordinar algo, ya que todo era a la criolla, es decir muy improvisado. Una idea de último momento, fue prescindir de los lentes con doble objeto: evitar en lo posible ser reconocido y fundamentalmente reducir el riesgo de tentación, al no ver las caras de los concurrentes.

Formaba parte de la broma, que las 40 sillas se habían ubicado en un costado del amplio salón, pero el Intendente al ingresar debía encarar directamente hacia el estrado, que estaba en el centro. Esto obligó a que cada uno tuviera que trasladarse con su silla a cuestas y el Lord Mayor esperarlos a que se acomodaran, para iniciar su discurso.

No fue el único inconveniente inicial. Las primeras palabras fueron de la mas calurosa bienvenida al grupo de profesionales del querido país hermano (por el Uruguay), hasta que un comedido aclaró que en realidad eran todos de Concordia. Fue motivo del primer enojo del Intendente, que aprovechó para mostrar la garra, apostrofando severamente a su personal por la información que la daban. Luego vino un necesario afloje para no atosigar a los contertulios y evitar alguna anticipada sospecha. Hecha la aclaración, el discurso varió diametralmente, para referirse al rico pasado arquitectónico de Concordia, resaltando algunas reliquias, como el Palacio Arruabarrena y otros, mencionando abundantes datos históricos de aquella ciudad, lo que provocó el beneplácito de los oyentes, ayudando a que olvidaran los inconvenientes iniciales y a prepararlos para lo que luego se venía. El plan discursivo era que el mensaje debía comenzar a toda orquesta, para luego irse deshilachando gradualmente por medio de algunos furzios aislados y orientarse finalmente hacia lo ridículo

Luego de ese introito, el mensaje derivó a algunos comentarios de entre casa acerca de nuestra llegada al poder. No faltó una ácida crítica a ciertos aventureros que en 1991 habían armado una Unión Vecinal pero que por suerte no nos habían podido arrebatar el poder. Menos mal.

Tras una prolija enumeración de las importantes obras realizadas en nuestra gestión y otras en proyecto, la charla que hasta ahí les iba resultando interesante, tornó a temas específicamente políticos y un tópico deliberadamente introducido (por lo que se venía), los dejó un tanto perplejos. Se trataba de la confesión sincera del Intendente, acerca de sus dudas sobre al actual sistema democrático. Estas son democracias flan, que poco nos ayudan a realizar grandes obras, sonaba un tanto raro para alguien elegido por el voto popular. Los conceptos siguientes: necesitamos gobiernos fuertes para que no predominen los que se le prenden de la cola al progreso y no estas parodias de democracia que lo único que permiten es que cualquier pelagatos le quiera disputar poderes al Intendente etc., asombraban a algunos pero provocaban el asentimiento de otros muy condescendientes. A esta altura, ingresa en el salón Hector de la Fuente, desempeñando con verdadera maestría el papel de empleado olfa y timorato. Sabedor del nerviosismo contenido de su mandamás, por los inconvenientes al principio, ingresó con una parva de expedientes para la firma que no admitían urgencia, interrumpiendo así tan inspirado discurso. Con las manos temblorosas (y los papeles también) trataba de explicar la urgencia del caso, pero al verse cortado por un estentóreo grito con el que lo increpé severamente, para tratarlo luego con términos de los cuales el mas suave fue inútil , presa del pánico las manos le empezaron a temblar a tal punto que se le cayeron todos los expedientes produciendo un gran desparramo. Mientras todos se comedían a juntarlos , aproveché el bache producido para ejemplificar diciendo que esto era también consecuencia de esta democracia fofa y de las conquistas sindicales, habida cuenta de que algunos expedientes urgentes, eran para habilitación de horas extras.

Digamos antes de continuar, que la presencia de algunos funcionarios en serio quienes generosamente se prestaron para la broma, contribuyó al éxito de la misma. Además del mencionado José Ingold, se encontraban presentes Oscar Luppi, Pito Pirovani y Silvia Videla, quien para actuar como concejal disconforme, tuvo que camuflarse con un peinado exótico y grandes lentes, para que no la reconocieran como quien los había ubicado finalmente en el palco oficial la noche anterior. Se encontraban también otros arquitectos como Domingo O. Carraza y Careta Alfaro. Este último ya decididamente adentrado en el periodismo a través de sus colaboraciones en una sección de El Día, oficiaba ese día de periodista gráfico, pero con una cámara tan trucha, que debía hacer el click con la boca para que sonara el disparo. Ninguno se dio cuenta.

Pero volvamos al relato, porque falta lo mejor: Cuando todo parecía encaminarse a un clima de normalidad, unos fuertes golpes en la puerta del salón y un movimiento de gente muy nerviosa que iba y venía, alteraron definitivamente el clima. Luego de varias tentativas para contener al impulsivo autor de los golpes, este logró eludir la guardia pretoriana e ingresó por otra puerta.

¡Es Carlitos! exclamó alguien reconociendo al personaje. Se trataba de un díscolo empleado de maestranza, con cargo en el sindicato y aspiraciones políticas ( ya van a ver cuando lleguemos nosotros al gobierno), quien resultaba ser la primera víctima de la negativa a firmar los expedientes anteriores. ¿No me quieren pagar las horas extras? espetó. Y abriéndose paso por entre los invitados, avanzó resueltamente hasta las narices del Intendente: si no tengo extras yo me tengo que retirar a las 12 en punto, así que me desocupan este salón ya mismo, para poder limpiarlo.

El tenerlo tan cerca percibiendo aun sin los lentes su indumentaria y equipo: ropa de fajina, escoba, un tarro de Blem, trapeador y un balde con agua, dentro del cual flotaba un tetra brick de vino tinto, me produjo el único momento de flojedad, a punto de estallar en una carcajada. La situación se pudo superar porque con presteza el funcionariado presente improvisó un equipo de emergencias, que logró sacarlo en vilo del salón. Colgado literalmente y zapateando en el aire, no se privada de gritar mientras se alejaba: claro para nosotros nunca hay plata mientras ustedes se la pasan de joda en el corso. Ni los asombrados arquitectos se salvaron de su furia: ustedes no trabajan nunca y no se les ocurre mejor cosa que reunirse un domingo para hablar al p..... En el forcejeo se le cayó el balde de agua salpicando a algunos de los presentes.

Serenados los ánimos después de semejante desborde, la situación se presentaba madura para desarrollar el siguiente paso: ¿Recuerdan lo que les decía de estas democracias bobas? Pues bien ahora que han palpado esta lamentable realidad, me voy a sincerar un poco mas con ustedes y les voy a confesar sin ambages cual es para la mí la verdadera democracia. Y ante el asombro de todos empecé a sacarme la camisa, debajo de la cual tenía una remera con la imagen ¡del Comandante Marcos! En ese clima de total desconcierto, vuelven a sonar los golpes en la puerta y se produce una nueva entrada del furibundo Carlitos, que ya no toleraba mas la espera y empieza a mojar el piso para el barrido sacando agua del balde con la mano, pero dirigiéndola deliberadamente a los pies de los presentes. En su desconcierto, los azorados arquitectos no sabían para donde mirar: si para el rebelde Carlitos que espantaba a la gente con el agua, o para el no menos furioso Intendente, que en lo alto del estrado procedía a sincerarse aun mas, quitándose la remera del Comandante, para dejar ver otra con la cara ¡de Lenin! mientras exclamaba ¡que falta nos hacés! Las reacciones eran tan dispares como la situación: algunos le daban ánimo al desesperado Lord Mayor: No se preocupe Intendente, usted con su tesón y voluntad igual saldrá adelante. Otros proponían suspender el acto y continuarlo en la plaza, para que Carlitos pudiera limpiar. No se vayan por favor exclamaba una arquitecta, ¿no ven que al pobre Medrano todo le sale mal últimamente? Pero llegó un momento en que Carlitos se impuso de tal forma, que el grupo de arquitectos era literalmente arriado como una tropa hacia la puerta a fuerza de salpicones. Entonces tuve que desechar otros ingredientes del plan y adelantar rápidamente el final:

Cuando ya estaban abandonando el salón, les pedí que prestaran atención un instante, porque tenía que decirles dos cosas, contando con la inesperada colaboración de Carlitos que en ese momento dejó de azuzarlos: La primera, es que yo no soy el Intendente, porque todo esto es una broma tipo Tinelli, que les ha organizado este negro atorrante (por Medrano). Pero mas asombro les causó la segunda: y la otra, es decirles que el verdadero Intendente de Gualeguaychú es este, a la vez que les señalaba al mismísimo Daniel Irigoyen , quien desempeñando magníficamente el papel de Carlitos, hasta un segundo antes les había revolucionado la reunión. En ese momento su gesto iracundo se convirtió en una gran sonrisa, vestido todavía con el equipo de trabajo que le había prestado Silvio Baffico : camisa de brin y pantalón arremangado, sin omitir las célebres alpargatas. Resulta difícil olvidar las expresiones de asombro y celebración a la vez de los vapuleados arquitectos al develarse la verdad. La frase de uno de ellos sintetiza magníficamente el estado espiritual de todos: Nunca me he sentido tan bien, haciendo el papel de p......

Recién ahí, atando cabos, se desayunaron: todas las peripecias pasadas en la noche de corso formaban parte de lo mismo. No era que a Medrano le salían las cosas mal. Por el contrario: al muy pícaro le salieron rebién. Por una circunstancia imprevisible, nos perdimos de guardar un recuerdo fílmico de aquella jornada. El anfitrión le había encomendado muy especialmente a Mocito Sorokin uno de los visitantes, que grabara con su video los tramos centrales de la importante reunión. Pero nos llevamos un chasco al enterarnos de que casi al inicio había suspendido la filmación: Imagínense: ¿cómo iba a quedar la imagen del Intendente de Gualeguaychú si llevaba esas escenas a Concordia?

En un clima muy gratificante, el grupo se trasladó enseguida al río Gualeguaychú, para embarcarse en la lancha del Nene Bredle, en la que oficiando de guía, les hablé durante una hora (en serio) sobre la ciudad y el río.

Aquella gente amiga se llevó seguramente una impresión del Intendente de Gualeguaychú y de su gente, mejor que si los hubiera recibido en serio. Pese a que en la exitosa broma, intervinimos muchos, nos juramentamos mantenerla en reserva mientras durara el mandato de Daniel Irigoyen.

Hoy, llegado el final de su gestión, vaya esta crónica como testimonio de admiración a quien además de haber sido un gran Intendente de Gualeguaychú, nos brindó una excelente muestra de buen humor. Que no es menos importante.

A veinte años de una elección histórica

EL DIA QUE GUALEGUAYCHÚ SE LARGÓ A CORTAR


La elección del 8 de Septiembre de 1991, no fue una más y por ello muchos gualeguaychuenses maduros todavía la recuerdan. Se sabía que sería reñida, y tanto lo fue, que sólo muy avanzada la noche, pudo develarse finalmente quien sería el nuevo Intendente, entre Luis Leissa y quien esto escribe.

Todo empezó en los primeros meses de 1990, con una inquietud mía de fundar una Unión Vecinal. La idea iba madurando y a la vez generaba opiniones favorables que la hacían crecer. Tanto, que para agosto de ese año se empezaba a convertir en un clamor y muchos me reclamaban su pronta concreción.

Dado que hasta el año anterior participé en política, buscaba una manera de lanzamiento que estuviese insospechada de cualquier vinculación partidista o con algún grupo preconstituido. Hasta que la encontré: fui a LT41 y contraté con Monyo Mettler, media hora de radio, por entonces muy barata: $ 350. En ese espacio leí una carta abierta dirigida a todos los ciudadanos de Gualeguaychú, invitando a constituir una Unión Vecinal. En ese mensaje exponía algunos problemas estructurales de nuestra Municipalidad: el retaceo de sus recursos, la crecida planta de personal, las rigideces de su estatuto, la excesiva politización, el permanente internismo y hasta el clima conventillesco del mismo. Todo lo cual predisponía para introducir un nuevo modo de administrar la comuna. Dejaba a salvo las figuras de los Intendentes Richard Taffarel y Manuel Alarcón, a la vez que rendía homenaje a los grandes de ese siglo: Pedro Jurado, Claudio Méndez Casariego, Ignacio Bértora y Balucho Etchebarne.

La lectura se difundió en directo entre las 12,20 y las 13 del 11 de Septiembre de 1990. Cuando llegué a casa, tuve la primera pauta de que aquella iniciativa podía prosperar: en los minutos que insumía el regreso, ya tenía siete llamadas en el contestador, de vecinos que deseaban sumarse. A algunos no los conocía.

En los días subsiguientes era notable el nivel de adhesión, lo que se trasuntaba en la inscripción de afiliados. A principios de octubre de 1990 hice otra convocatoria por LT41: era para concretar la fundación de la nueva entidad. Invitaba una reunión para el 20 de ese mes, cuyas peculiaridades llamaron la atención: era una asamblea pública, abierta, en la Plaza San Martín y a la luz del día: 4 de la tarde.

Previamente tramité el correspondiente permiso municipal por el uso de ese espacio público, el que fue concedido por el Intendente Manuel Alarcón y el Secretario de Gobierno Emerio S. Abraham.

Habrán notado los lectores en este relato, un manejo personalista de mi parte. Efectivamente fue así y a propósito. Tuve que apechugar sólo toda esa primera etapa, para aventar toda sospecha de algún grupo previamente concertado. Recién en la asamblea surgiría la junta fundacional emanada del voto libre de los asistentes. Y como también me abstuve de intervenir para orientar esa elección, surgió de allí un grupo con un tinte algo conservador, que podría ahuyentar a los de otros sectores. Pero no fue así. Cuando terminó la asamblea, ya contábamos (de aquí en más, hablamos en plural) con ¡712 adherentes! cifra absolutamente inédita para una agrupación naciente. De ellos, 710 acudieron espontáneamente y tan sólo dos ciudadanos fueron invitados especialmente por sus méritos: Celia Borro y Julio Etchegoyen.

La Carta Orgánica allí aprobada contenía una particularidad: la absoluta incompatibilidad entre candidaturas y cargos partidarios: cada uno en lo suyo sin mezclarse los tantos.

El verano de 1991 nos impuso una pausa que se prolongó por las internas de los partidos políticos y para mediados de año, muchos nos preguntaban si no nos estábamos desinflando. Algo de eso había, hasta la Asamblea del 22 de Junio en la Escuela Rocamora, que consagró por aclamación la fórmula Gustavo Rivas- Alfredo Facello. Ahí nomás largamos la campaña con una gran caravana por la ciudad.

No teníamos un peso, y nuestra modalidad proselitista excluía toda pegatina, carteles o afiches. Lo suplimos con ingenio, se adaptó un tema musical que hacía furor por entonces: “El Petiso” de Ricky Maravilla y ello tuvo una gran repercusión en toda la ciudad. Luego se hizo La Payada Vecinal con similar éxito. Un grupo de vecinalistas construyó una tijera gigante con la promocionábamos el corte del boleta.

Hicimos mucha propaganda radial, para lo cual contratamos en LT41 unos micros de 15 minutos. Los últimos 5’ eran el curso diario de “corte y confección”: queríamos enseñarle a cortar a los gualeguaychuenses y lo logramos (aunque no fue suficiente). La creatividad publicitaria brotaba a raudales: Ricardo, un comerciante vecino de la Plaza San Martín largó su perro con el cartelito al cuello: “vote al petiso”.

Tuvimos mucha presencia en el programa radial “La Galera del Mago” de Totó Pugliese, por el lejos el de mayor audiencia en el Gualeguaychú de entonces. La Sra. Giménez de Carrizo nos facilitó “la casita” una prefabricada de 25 y Costanera y allí se coordinaba la campaña que incluía amplias reuniones allí y visitas por todos los barrios.

Por lo demás, fue una campaña absolutamente limpia, en la que no sólo los candidatos no nos agredíamos, sino que nos valorábamos recíprocamente, en un clima de franca cordialidad y respeto.

A principios de agosto, ya la vecinal acaparaba muchos comentarios y su crecimiento era inocultable. Todas las encuestas nos asignaban más del 20% en intención de voto y peleábamos por el segundo lugar. El avance era imparable, pero el mayor impacto fue la publicación de la última encuesta en El Día – empezaba septiembre- en la que habíamos escalado la punta, con un 3% por encima del Partido Justicialista. El 3 de Septiembre hicimos un acto de cierre de campaña en 25 de Mayo e Italia. Sin uso de colectivos y ni un solo choripán, logramos superar las 2.000 personas.

Pero ese clima de triunfalismo tenía una limitante que no todos veían: pese a intensa campaña por el corte, éste nos iba a significar una merma de 5% en las urnas.

Por eso, 48 horas antes, en una cena del Día de la Industria, le dije reservadamente a Luis Leissa: te voy a hacer transpirar la camiseta… pero vas a ganar.

El 8 de septiembre llegaba la hora de la verdad, aunque se hizo esperar. Las primeras mesas eran ampliamente favorables a la Vecinal; luego el resultado se emparejó y recién después de las 21, con la llegada de los últimos resultados del Barrio Sur, se tuvo el resultado final: Justicialismo 13.600, Vecinal 12.800 y UCR 7.500. La diferencia con el P.J. era de 2%. La encuesta de El Día -nosotros 3% arriba- estaba bien. El 2% de diferencia en menos, también: entre ambos sumaron el 5% que perdimos por el corte.

Hoy se cumplen 20 años de aquella histórica jornada cívica. Y aunque la nota pueda contener algún sesgo, por escribirla uno de los protagonistas, creímos que valía la pena refrescar este recuerdo para los votantes de entonces y para las generaciones más jóvenes.

P.D.:

SI BIEN EN ESA ELECCIÓN ME QUEDÉ “MIRANDO LA FIAMBRERA” PUDE SIN EMBARGO, OCHO AÑOS DESPUES, DARME EL GUSTO AUNQUE SEA POR UN DIA.

LA HISTORIA DE CÓMO FUE, SE ENCUENTRA EN NOTA APARTE, TITULADA “INTENDENTE POR UN DÍA”

viernes, 22 de octubre de 2010

El Humor Gualeguaychuense a través del Tiempo

Este rasgo colectivo que se nos atribuye, tiene fundamento y antigüedad. Si buceáramos en sus orígenes, no podríamos partir de 1783, sólo por carecer de antecedentes documentales. Pero un siglo después, Fray Mocho, aunque nacido acá, como visitante ocasional nos describía: ”parecen serios y graves, pero la risa les hace cosquillas y el espíritu bromista que les anima, lo encontrará usted traducido en las insignias del comercio, que son verdaderas joyas del contrasentido y las veletas que coronan las casas. Pues hay tantas, que constituyen otra peculiaridad, llegando a hacer creer que allí es preocupación del público, saber todos los días de qué lado sopla el viento” Y ejemplificaba con ocurrentes anuncios de las casas de comercio, como aquel de “Al pobre diablo”: se venden clavos, tachuelas y otros comestibles.

Sin duda, los inmigrantes, que para entonces ya eran legión, han tenido mucho que ver con ese estilo desinhibido y ocurrente. ¿Y no es acaso el mismo Fray Mocho, un producto del humor gualeguaychuense de entonces? Así lo demuestra el bromista incorregible que fue en el Colegio de Concepción del Uruguay, antes de trascender como autor costumbrista nacional, de incomparable gracia descriptiva.

Aunque no encontramos mucho material documentado en los tiempos subsiguientes, la tradición oral registra un rico anecdotario en el que, por sus ingeniosísimas bromas, sobresalen los hermanos Goyri en los años 20 y 30. De la década del 40 se recuerdan las jocosas creaciones de los estudiantes del Colegio Nacional, en sus festivales del Teatro Gualeguaychú, liderados por Queco Rossi. Solían culminar con un “solo de violín” a cargo del peluquero “Gallareta”, a quien primero hacían ingresar triunfal montado en la engalanada yegua de Loreto, para después bajarlo con una lluvia de tomatazos.

Al filo del medio siglo, el humor gualeguaychuense se había aposentado en varios “templos” de inagotable inventiva: el “Copetín al Paso” de Mario González; el Bar Central de Calavera Orué; más lejos del centro, el de don Bernardo Lavigna o el de Tanicho Indart, en el puerto. La barra del Copetín, capitaneada por su dueño, protagonizó la llamada “broma del siglo”: proclamaron como candidato a Intendente al “Padre Torres”, un mesiánico vendedor de billetes de lotería, cuyos actos proselitistas congregaban más público que los aspirantes en serio, quienes llegaron a sentirse relegados en las preferencias del divertido electorado. En la misma época, algo parecido ocurría con las peleas de Kid Moneque, que en su frondosa imaginación confrontaba en el ring con el norteamericano Joe Luis o el Mono Gatica, cuando en realidad eran el Negro Pitingui Duarte y Carlitos Buffarini. Este marinero, dicho sea de paso, era una fuente inagotable de dichos ocurrentes. En los años 60 un conocido repartidor de diarios acaparaba las hurras del público, en memorables competencias de ciclismo.

Y aún en ambientes más formales, como las casas de estudio, el humor siempre se hacía su lugarcito. En 1958, los alumnos de tercer año de la ENOVA hicieron una magistral imitación de todos sus profesores, sin excluir la adusta Directora y el temible Vice. No era para menos: los desopilantes textos en verso de Elvira Cepeda de Bugnone, sustentaban aquel magnífico trabajo actoral que todavía recordamos.

Algunos profesores de la época eran verdaderos Maestros en su materia, pero también lo eran en el humor. Don Rodolfo García, con su potente vozarrón y sin esbozar sonrisa, nos disparaba contundentes sarcasmos que nos hacían estallar de risa y eso hacía que sus enjundiosas clases resultaran una fiesta para el espíritu. Sin quererlo, aquel gran profesor nos imprimía a los alumnos, su chispa ocurrente. Cabe preguntarnos hoy si uno de sus discípulos dilectos, el talentoso Pedro Luis Barcia, no tendrá en su histrionismo desbordante algo de esa marca de origen gualeguaychuense.

En tiempos más recientes, otros dos docentes, Jacobo Vaena y el Negro Vignola, parodiaban a Míster Chasman y Chirolita, con sorprendente maestría.

En sus años iniciales, el Desfile de Carrozas Estudiantiles trasuntaba esta condición y tanto abundaban las creaciones humorísticas, que existía una categoría especial para ellas.

Luego, en la Universidad de La Plata de los años 60, recogimos jugosas anécdotas que todavía resonaban en algunas facultades, y que habían sido protagonizadas por ex estudiantes gualeguaychuenses como Roque Bértora, Carlucho Rivero y otros. Y presenciamos personalmente anécdotas que hicieron historia, entre ellas, un célebre examen en el aula Magna de la Facultad de Derecho. El prestigioso y circunspecto Profesor Julio Cueto Rúa estallaba de risa ante cada intervención de un alumno gualeguaychuense que hablaba con aire tan doctoral, que por momentos, en esa mesa no se sabía quién era quién. Claro, el singular examinado era el legendario Polo Orué. Pese a los esfuerzos de la cátedra, no pudo ser aprobado ese día. Similar anecdotario dejó Tito Morrogh Bernard en su dilatado paso por la UBA.

La vena histriónica gualeguaychuense también fluía y se nutría en numerosos comercios de entonces. Los hermanos Crespo, en el Bazar Alemán, no precisaban ensayo para hacer caer a sus víctimas ocasionales, casi siempre clientes, que finalmente terminaban sintiéndose parte de la trama.

Enfrente, en el Café Argentino, el mozo Eduardo Piedrabuena era una fuente permanente de ocurrencias y cargadas. Muy cerca, los gallegos Pomés eran capaces de armar en el acto una conversación para “hacer entrar” al recién llegado.

De la misma época provienen otros aportes notables, como los cuentos de Don Justo de la Cruz, cuya gracia radicaba en sus exageradas mentiras.

Pero si algo ha caracterizado a los gualeguaychuenses, es la agudeza para los sobrenombres; y la fuente principal estaba en el frigorífico. En las escuelas, aún hoy asombra el ingenio de los alumnos para bautizar a sus compañeros; suelen acertar magistralmente, sobre todo, cuando el estilete apunta a algún rasgo físico.

El día de los inocentes había que estar en guardia aunque para los bromistas de profesión, cualquier fecha venía bien. La memoria colectiva aún recuerda el día en que Camito Moussou “le hizo sacar la lotería” a Pedro Mazella. Otro de temer, era Julio Sánchez: un día me convocó al Hotel París para presentarme un conspicuo “dirigente político”. Tras unos minutos de conversación se le vio la pata a la zota: el hombre no ensillaba con todas las caronas. Pero como no se podía desperdiciar semejante filón, en pocas horas le organizamos un “acto de proclamación” multitudinario.

Y aquí surge una condición lugareña típica: para organizar cosas así, sólo bastaba con golpear las manos y en un rato aparecían voluntarios de todas las edades. Uno de ellos fue Peruco Suilar, un genio en la materia.

Desde la música, tuvimos aportes inolvidables: Abelardo Rivas solía disfrazarse para divertir a su público; Pepe Ramos, acomodador del cine y gran cantor de tangos, decía las ocurrencias más graciosas sin siquiera sonreír. Pero el máximo exponente ha sido sin duda Miguel Ángel Chacón, cuya virtud comenzaba en reírse de sí mismo. Y con una velocidad mental insuperable, Guecho colocaba sus café-concert a la altura de los mejores espectáculos del rubro.

Cuando a fines de los 70 resurgió nuestro carnaval, inmediatamente irrumpieron en el corso las versiones satíricas de la fiesta. La comparsa Los Gordos y la Guardería Los Angelitos eran por entonces productos genuinamente gualeguaychuenses.

Y hasta en los ámbitos más recoletos, como el de la Justicia, el humor también se abría paso. Muchos colegas de la Provincia nos recuerdan como un foro con buena onda. Hace 30 años, quien esto escribe, editaba acá el “Chismerama Forense del que no se salvaban ni los jueces y más de una vez lo mandaban pedir de la Casa de Gobierno o del Superior Tribunal para matizar su árida rutina.

Milo Buschiazzo, un eximio Fiscal, dejó escritas piezas memorables como el cuento “El Pavo de Navidad” publicado en El Argentino e inspirado en el regalo que le hiciera Guaro Borrajo a Cato Coll Grané. Palito Merello, eficiente Secretario, siempre se hacía un lugar para el humor y alguna vez llegó a “fabricar” un expediente para cargar a un colega, con la complicidad del resto.

Hasta el Palacio Municipal ha sido entre nosotros, escenario de bromas insólitas. Hace unos años me tocó “el honor” de recibir a 40 Arquitectos visitantes y darles la bienvenida como “Intendente”. En esa farsa se anotaron no sólo funcionarios y concejales sino hasta el Intendente verdadero, Daniel Irigoyen. Aquellos profesionales, luego del desengaño, quedaron admirados y finalmente coincidieron que algo así, “sólo era posible en Gualeguaychú”.

Y así es: no sabemos si este modo de ser nos prolonga la vida. Pero sin duda, la vivimos mejor.

Ojalá que en el próximo siglo esta honrosa tradición tenga asegurada su continuidad. Y si alguien nos anuncia que se ha interrumpido, por favor, que no pase de ser una broma.


sábado, 10 de julio de 2010

Perdón, Doctor Emilio Marchini

Por haberlo olvidado.

El hombre del reloj, quedó lejos en el tiempo.

El 9 de julio cumplió cien años el reloj de nuestra Catedral. Con ese motivo, alguien recordó que Emilio Marchini presidía en 1910 la comisión que -mediante una colecta popular- lo compró para regalarlo a la ciudad, en el Centenario de la Patria. Es ingrato comprobar que las generaciones actuales, poco saben de uno de nuestros hombres públicos más trascendentes.

Nació en 1859 en un hogar de inmigrantes italianos: Luis Marchini y Catalina Gotusso. Con sacrificio, ellos pudieron enviarlo al Histórico Colegio de C. del Uruguay, único en la región. Allí trabó amistad con alumnos de ésta y otras provincias. Cuando en 1877 el gobierno de Avellaneda les suspendió las becas, aquellos internos, sin darse por vencidos, crearon una entidad: La Fraternidad que tuvo a Marchini entre sus fundadores, junto a Francisco Barroetaveña, José Benjamín Zubiaur, Cipriano Ruiz Moreno, Luis Peyret, J. A. Casacuberta, Facundo Grané y Juan Bidart entre otros. Para recaudar fondos con los que ayudar a los ex becarios, crearon una compañía teatral, que en un carretón recorrió los pueblos cercanos. Uno de aquellos noveles actores era Emilio Marchini, a quien apodaban “el gringo”. El resto del elenco habla de las potencialidades del legendario grupo: Fray Mocho, Martiniano Leguizamón (allí compuso su primera obra: “Los apuros de un sábado”) y Pedro y Martín Coronado. En esa carreta viajaba la simiente de la futura escena nacional. Marchini egresó en 1878 y para costearse la carrera de abogacía en Bs. As., tuvo que conseguir un empleo.

De regreso, ya abogado y con apenas 25 años, fue electo Diputado Provincial en 1884. Así inició una larga y prolífera carrera como hombre público. De aquella Legislatura surgieron leyes que encauzaron el progreso: caminos, ferrocarriles, puertos, escuelas, edificios públicos y en general, el fomento de la agricultura, la ganadería y el comercio. Terminado el mandato, Marchini se dedica a su profesión y pronto se destacó como el abogado más identificado con los comerciantes, por su ardorosa defensa frente a la presión fiscal de los gobiernos. En 1892 fue Presidente del Consejo Escolar y él mismo tomaba los exámenes, que eran públicos.

En 1894 es designado Juez en lo Civil de Gchú; fue un magistrado probo y ecuánime. Vuelve a la profesión, y en 1899 ejerció una influencia decisiva en la fundación del Centro de Defensa Comercial e Industrial, a través de un brillante discurso que pronunciara en el Edificio “Entre Argentinos y Orientales”. En 1900 fue elegido Intendente Municipal. Luego fue miembro de la Convención Constituyente de 1902. Participó intensamente en la vida comunitaria de nuestra ciudad, justo en la década del Centenario, tan fecunda en realizaciones de gobierno e instituciones sociales. Fue Presidente del Club Recreo en 1899, de la Sociedad Rural desde 1903, de la Sociedad Italiana Unione e Benevolenza y de la Biblioteca Sarmiento, desde 1905. Aunque no puede resumirse todo en esta nota, como directivo de esas entidades, dejó la impronta de su visión y empuje.

Se reincorpora a la vida pública como Senador Provincial; presidió ese Cuerpo en 1907 y 1908 y luego fue Ministro de Hacienda de Faustino Parera. En 1910 fue electo Vicegobernador de la Provincia, integrando la fórmula con Prócoro Crespo, cargo que ocupó hasta 1914.

La intensa vida pública no le impidió cultivar la lectura, lo que hizo de aquel hijo de inmigrantes, un hombre de sólida ilustración. En sus ratos libres, compartía momentos de diálogo con dos grandes amigos del barrio: el Padre Juan Carlos Borques y Don Luis Doello Jurado. Es de imaginarse el vuelo intelectual de aquellas pláticas. Fue un eximio conferencista y entre sus buenas piezas oratorias se recuerda el discurso que pronunció en la colocación de la Piedra Fundacional del Hospital Centenario (1910).

En 1916 fue electo Diputado Nacional. Los diarios de sesiones reflejan sus proyectos y discursos sobre vastísimos asuntos. En materia de Educación Pública, nos asombra su dominio sobre el tema. Ese año se debatió el proyecto sobre reforma educativa de Carlos Saavedra Lamas. Ya no estaba Don Osvaldo como ministro para defender la enseñanza técnica, al igual que en 1899. Sin embargo, el entrerriano Emilio Marchini lo suplía con tal nivel de identificación, versación y calidad oratoria, que al leerlos hoy, en algunos tramos nos parece que hablara el propio Magnasco. En aquella época, muchos legisladores nacionales eran también grandes educadores y Entre Ríos aportó una verdadera pléyade de éstos. Baste recordar a Alberto Larroque, José María Torres, Alejandro Carbó, Leopoldo Melo, Ernesto Bavio y Manuel Antequera. Ello explica en parte, por qué Argentina pudo concretar el más ciclópeo esfuerzo educativo de Sudamérica. Veamos lo que decía Marchini en aquel memorable debate: “quiero para mi Patria, la instrucción obligatoria, gratuita y laica, que aunque ya está vigente, sea eterna. Una ley de enseñanza primaria, secundaria y práctica, que armonice las distintas tendencias sociales. Quiero renta escolar propia y autonomía para la Educación Pública, quiero la educación primaria e industrial en todas sus manifestaciones; primas y recompensas para los estudiantes, especialmente los de trabajos manuales, carpintería, herrería y fundición mecánica” –citando a Zubiaur- y más adelante agregaba: “es necesario que el P. Ejecutivo se preocupe de dirigir las energías de nuestra juventud hacia otros rumbos que no sean los colegios nacionales o las escuelas normales” He ahí Magnasco hablando por boca de su continuador, que lo era también de una línea que había arrancado con Belgrano y seguía con Alberdi y Sarmiento. Era una noble y enaltecedora gesta política: los hombres de mayor cultura, luchando por la enseñanza práctica para sacar a los pueblos de la pobreza y marcarles el rumbo del desarrollo. No ha de extrañar entonces que en 1920, él le sugiriera a Camila Nievas imponer el nombre de Magnasco a la entidad que con Luisa Bugnone fundara en 1898.

Otras intervenciones suyas nos muestran al legislador sensible ante los temas sociales, como cuando presenta un proyecto para terminar con el abuso de pagar a los peones rurales con vales, en las propias pulperías.

Como jurisconsulto, era estudioso de las leyes y un reformista de avanzada. Ya en su tesis doctoral de 1884 proponía la derogación del viejo art. 342 del Código Civil, que impedía a los hijos adulterinos, incestuosos o sacrílegos, investigar su paternidad. Lo que recién vino a concretarse en 1985 ¡un siglo después! En una conferencia sobre Derecho Penal, propiciaba la reforma del antiguo Código, por anacrónico (se derogó en 1922). Su análisis no se agotaba en la letra de la Ley: contemplaba el dolor humano, la miseria, la decadencia física del obrero y las necesidades extremas que finalmente llevan a delinquir. Reclamaba que las cárceles funcionaran como establecimientos terapéuticos. Muchas de las inquietudes expuestas por él, integran hoy el moderno Derecho Penal.

Dos problemas de Gualeguaychú fueron objeto de su preocupación como legislador nacional: La ampliación de la Escuela Normal, cuyo edificio originariamente no había sido construido para ese destino y el puerto, cuya primera remodelación importante en 1904, fue posible gracias a su apoyo legislativo.

Todo esto y mucho más nos dejó Emilio Marchini. Murió en 1926 y desde entonces, el hombre que entregó el reloj, quedó olvidado en el tiempo. Ya lo estaba en 1959 al cumplirse un siglo de su nacimiento, cuando María Felisa Obispo Murature, escribió la biografía de la que hemos tomado muchos datos. Hoy nadie se acuerda de él; no existe en Internet, ni una calle lleva su nombre. Un olvido deja de ser injusto, si no es definitivo. Sería interesante que entre las numerosas instituciones –públicas y privadas- que se nutrieron de sus aportes, reeditaran y completaran esa obra biográfica.

Mientras tanto, Dr. Marchini: le pedimos perdón por nuestro olvido. Cuando pronto vuelva a funcionar el viejo reloj que Ud. entregó, talvez el mismo nos marque la hora de la justicia que le debemos.

Cargos que ocupó:

Miembro fundador de La Fraternidad, 1877

Diputado Provincial, 1885-1891

Presidente del Consejo Escolar, 1892-1893

Juez Civil y Comercial desde 1894

Intendente Municipal, 1900-1901

Convencional Constituyente, 1902

Senador Provincial, 1907-1908

Ministro de Hacienda, 1908-1910

Vicegobernador de E. Ríos, 1910-1914

Diputado Nacional, 1916-1918

Presidente de: Club Social Recreo Argentino, Sociedad Rural, Sociedad Italiana Unione e Benevolenza, Biblioteca Sarmiento, miembro fundador del Centro de Defensa Comercial e Industrial, Presidente de la Comisión Pro Reloj de la Parroquia San José.

Descendencia:

De su matrimonio con Zulema Furlong, nació Emilia Joaquina, “Vita”. De la unión de ella con Arturo Teodoro Oppen es Arturo Emilio, “Tuly”

domingo, 8 de noviembre de 2009

Recuerdos del Martín Fierro y una docente de ley

María Felisa Obispo Murature (Filucha)


No ha sido fácil para quien escribe en esta sección, la decisión de incluir -como excepción- algunos recuerdos personales. No obstante, considerando que podrían resultar de interés y que muchos del Gualeguaychú de antaño los conocen, nos hemos animado al siguiente relato.

Esto ocurrió hace más de 50 años. El 29 de Junio de 1958 yo recién cumplía 13 años, todavía no me había puesto los pantalones largos. Ese día -San Juan y San Pedro- tirando cuetes desde lo alto de las ruinas del Teatro 1° de Mayo, me caí de 7 metros y me quebré una pierna. Debí pasar en cama varios días antes de que Roberto Altuna pudiera enyesarme. Entre otras visitas, recibí una, cuya influencia posterior en mi vida no imaginé por entonces. Era María Felisa Obispo Murature, mujer cultísima, escritora y docente de raza para todas las edades, mano derecha de Camila Nievas, hasta poco antes, Vicedirectora de la escuela en que empezaba mi secundaria: la Normal Olegario V. Andrade. Entre su tono delicado y a la vez sentencioso, con su voz pausada frente a la mía, chillona y tímida, se estableció el siguiente diálogo:

“-Mira Gustavo, te traje este ejemplar del Martín Fierro. Dentro de unos días, cuando vuelva a visitarte, quisiera que me recites el menos, diez estrofas…

-Pero Filucha, usted me pide algo imposible…cuando me aprenda una, me olvido de la otra…

-No hijo, eso es lo que tu crees; ya verás que cada nueva estrofa te costará menos y seguro que vas a poder: la memoria se hace con ejercicio.”

A los pocos días me visitó de nuevo y pude recitarle las 72 estrofas de la pelea con el indio pampa.

Desde entonces ejercité la memoria. También leí y releí completo el Martín Fierro del que recitaba largos tramos pero nunca en público, porque era muy tímido. Por entonces.

No era de mucho salir, pero una noche de verano me fui hasta los obeliscos, donde se hacía un gran festival organizado por la primera Comisión Municipal de Turismo que tuvo Gualeguaychú durante la gran intendencia de Ignacio H. Bértora. La presidía Héctor Eleuterio GranéMicho- motor de muchas inquietudes comunitarias. En esos festivales actuaba como bastonero Marco Aurelio Rodríguez Otero, hombre dispuesto para colaborar en toda iniciativa de bien público. Se realizaban los sábados y el programa incluía la participación de instituciones de bien público. Éstas, en la edición siguiente, debían cumplir la prenda respectiva que allí públicamente se les asignaba. Si la cumplían, ganaban un jugoso premio.

Todo iba tranquilo hasta que anunciaron lo que debía cumplir el Instituto Tutelar de Menores, que dirigía Don Manuel Alarcón, vecino respetabilísimo, amigo de mi padre. Debía presentar “un memorioso que nos deleite con las estrofas del Martín Fierro”. En ese momento nació el conflicto: por un lado mi timidez y el imaginarme de golpe frente a tan inmenso público; por el otro, el deseo de colaborar… que finalmente se impuso. Al lunes siguiente fui al Tutelar y al no encontrar a Don Manuel, hablé con Pablo Selene y Cándido J. Manzanares, a cargo del taller, con quienes luego de presentarme, se estableció este diálogo:

- ¿Y para qué lo buscas a Don Manuel?

- Bueno, yo venía porque ustedes necesitan un memorioso que este sábado les recite el Martín Fierro…

- Ah qué bien, lo andábamos buscando ¿y a quién nos conseguiste?

- Y..soy yo…

- Glup…

Luego supe que mi padre habló con Don Manuel y al sábado siguiente ya estaba listo para actuar. Recuerdo que otra institución tenía como prenda, presentarlo a Peruco Suilar y que nos hiciera reír con uno de sus cuentos, en lo que era insuperable. Otros, debían esquilar una oveja.

Cuando me presentaron en escena, estaba muy asustado. Pero como el recitado lo tenía bien aprendido, allí nomás me largué. Al principio, la gente se reía por mi voz de pito. Luego empezaron a prestar atención y se hizo un respetuoso silencio que me dio más aliento. Cuando habían transcurrido unos 15 o 20 minutos, noté que Marco Aurelio me tiraba suavemente del saco, pero estaba tan embalado, que no le llevaba el apunte y seguía; la gente empezaba a aplaudir y yo quería llegar al final. Pero se hizo muy largo y debí interrumpirlo. Una gran ovación me despidió del escenario y al otro día era en todo Gualeguaychú, el chico del Martín Fierro. Ayudó a ello que por entonces nuestra ciudad era más familiar y silenciosa: la amplificación de las bocinas había llegado a casi todos los barrios.

Esa prueba me ayudó a vencer la timidez. A tal punto, que al poco tiempo conducíamos juntos, con el mismo Marco Aurelio, otros festivales en el puerto, destinados recaudar fondos para los corsos de la calle 25.

Seguí leyendo el poema criollo y sobre José Hernández. A los 18 años, fue el tema de mi primera charla, en un sitio no habitual: la Confitería París, de los hermanos Heinrich. Recitaba ésa y otras partes del Martín Fierro en cuanta peña había, del campo y la ciudad. Luego incursioné en otros poemas y autores criollos. No era una predilección aislada: el Martín Fierro, Santos Vega, Anastasio el Pollo y don Segundo Sombra, eran personajes conocidos y admirados por lo jóvenes. Cuando dábamos serenatas, en el repertorio había un lugar amplio para el recitado gauchesco y la música folklórica. Los conjuntos clásicos, como Los Chalchaleros y Los Fronterizos, se repartían nuestras preferencias, mientras surgían valores jóvenes como Jaime Torres, el Chango Nieto, Suma Paz, Julia Elena Dávalos y Zamba Quipildor, entre muchos otros.

Una noche de 1964, el país entero se paralizó para escuchar por primera vez, una emisión radial en estereofonía: era la presentación de la Misa Criolla. En una pensión de calle 49, en La Plata, nos juntamos un grupo de estudiantes gualeguaychuenses con dos radios, para seguir la histórica transmisión. En aquellos años gloriosos, en que la Escuela de Horticultura y Juventud Unida organizaban el Abrazo Celeste y Blanco, el pueblo entero concurría y se quedaba hasta bien entrada la madrugada. Su conductor Marco Aurelio, también.

Después, hace un cuarto de siglo me incorporé a Ceycfolk, Centro de Estudios y Cultivo del Folklore conducido por la incansable Mamita Rivero. Para cada 10 de Noviembre, ella me ordenaba dar una charla, fuere sobre José Hernández, Claudio Martínez Paiva, Rafael Obligado, Martiniano Leguizamón o Florencio Molina Campos, a quien dedicaremos la próxima nota, por cumplirse este mes, 50 años de su muerte.

Nuestra educación incluía muchos contenidos sobre Joaquín V. González, Ezequiel Martínez Estrada y Leopoldo Lugones. Entonces, cada uno de nosotros podía repetir con Lugones, el final de sus Odas Seculares: “feliz quien como yo ha bebido Patria, en la miel de su selva y de su roca…”

Todo eso terminó. Un día vinieron lo chicles globeros, después la cultura yeah yeah; se cambiaron las guitarras por los flipers, los bombos y cajas por los walk-man y los héroes criollos por los pokeman…y entre todos, a la argentinidad la bajaron a palos. Ahora hasta el Martín Fierro está en tela de juicio para algunos intelectuales y hasta la palabra gurí, estamos olvidando los entrerrianos.

Lo aceptamos; cada tiempo con sus protagonistas y sus valores. Pero yo me quedo con aquello.

Ah…y muchas gracias Filucha por todo lo que recibí en aquellos diez minutos y lo mucho que hizo por nuestra generación.

Hoy tengo los años que usted tenía cuando me visitó y cercano a jubilarme. Cuando me retiren del todo, espero reencontrarla, darle un beso ¡y recitarle de un tirón las 72 estrofas!